Fatiga, desánimo, enfado

Esta pandemia, que ya lleva un año entre nosotros nos está llevando por la <<calle de la amargura>>. Una calle hecha viacrucis con más de una estación y que ya está afectando la salud mental de muchas personas, incluso de muchos que hasta el día de hoy aún estamos libres del contagio.

Leo hoy, sábado 23 de enero, en la edición del periódico La Vanguardia que “suben los ingresos por salud mental que tiene la covid como estresor”. Es decir que este virus se ha mentido tan dentro de todos que nos que está quitando la tranquilidad y el sosiego que necesitamos para vivir una vida medianamente humana y digna.

En un acertado artículo la periodista de este medio catalán que responde al nombre de Cristina Sen, describe la ruta de esta <<vía dolorosa>> que está siendo el covid, al que todos daban por ser historia a estas alturas del calendario del 2021.

Califica el momento actual de “crisis nacional de salud mental que puede acarrear graves consecuencias en el ámbito social y sanitario en los próximos años”. Y esto, según señala la periodista, lo rubrica la Asociación Americana de Psicología (APA) en su nuevo informe Estrés en América. Una reflexión extensible a todo el mundo y que dibuja el impacto psicológico en la sociedad tras once meses de pandemia. “La población está pasando de la fatiga, al desánimo y al enfado”. Esta parece ser la ruta por la que nos está llevando la Covi 19. 

Del cansancio inicial, por los confinamientos en nuestras casas, y lo territoriales que nos han impedido mantener la cercanía con nuestros seres queridos, que nos ha generado una enorme fatiga, hemos caído en el desánimo y desaliento. Para tratar de evitar que cundiera el pánico hemos hablado mucho de responder al momento con resiliencia, es decir, desarrollando una gran capacidad para adaptarnos al momento respondiendo, no con resignación, sino de manera proactiva, es decir, tratando de buscarle la vuelta a esta vida tan traicionera que no está tocando vivir.

Este empeño nos ha hecho creativos, pero no ha servido de mucho para que la realidad revierta. Y, tal vez por eso, a donde la fatiga y el desánimo nos han llevado al enfado, a la rebeldía, que, como algunos advierten, parece empezar a despuntar de manera preocupante mirando hacia los meses venideros. “Se fragua, así, dice Sent, un malestar social por una acumulación de síntomas a lo largo de este tiempo. El miedo y la ansiedad hace tiempo que están presentes, pero lo que ahora se observa, es el aumento del enfado que en algunos casos puede derivar en enfrentamientos”. 

Y apostilla diciendo: “si se echa la vista atrás, los primeros meses la pandemia se veía como una amenaza enmarcada en un horizonte de temporalidad, pero el fin no ha llegado ni se atisba cercano”. Como decía al inicio de estas líneas, para estas fechas del calendario todos dábamos por seguro que ya habríamos vencido el virus, que ya la recuperación económica se estaría produciendo y nuestro PIB recuperándose. Nada más lejos de la realidad; nuestro producto bruto, no sé si el interno y el externo, parece volverse más bruto cada día.

Trato de mantener altos los ánimos de la gente en mi comunidad parroquial, un colectivo en el que prevalecen las personas mayores y ancianas, pero so sé si lo estoy consiguiendo. Mi lema, que ojalá fuera como una vacuna, tiene el nombre de este blog: <<lo mejor está por llegar>>. En algunos de los momentos de meditación y oración con los que trato de vacunarme reflexiono aquellas palabras del apóstol San Pablo a los creyentes de la comunidad de Corinto en las que les advierte que el tesoro de la vida lo llevamos en vasijas de barro, frágiles, vulnerables cuya resistencia viene de Dios y no de nosotros. 

“Por todas partes nos aprietan, pero no nos ahogan; estamos apurados, pero no desesperados, somos perseguidos, pero no desamparados, derribados, pero no aniquilados” (2Cor 4,19)

Sí, la covid nos aprieta, nos mete miedo, nos persigue sin clemencia y hasta nos derriba, pero no nos aniquila, aunque a algunos, a muchos, a demasiados, se está llevando por delante pareciendo que hace de la muerte una orgía.

Soltar lastre

Quien le marca a Jesús el calendario y la agenda es Juan. Arrestado por Herodes, y en su cárcel, Jesús sabe que le ha llegado la hora, que ya no puede retrasar más el inicio de lo que vino a hacer por expresa voluntad del Padre. Silenciada la voz del profeta, Jesús se da cuenta que ya es su hora, que el reino de Dios está cerca y “se ha cumplido el plazo”.

Da continuidad a la misión de Juan y sigue su obra retomando su mismo apremio a la y cambio de vida. Inicia este cambio de vida cambiando de lugar de residencia, se va a Galilea. Adentrarse en Galilea es mucho más que cambiar el escenario.

Me imagino asustado a Jesús. Comparte con su primo la convicción de que este mundo debe cambiar para que Dios pueda reinar en el corazón de las personas. No pueden seguir las cosas como están. Pero cambiar todo de arriba abajo no será fácil ni sencillo.

Es como si dijera: y ¿por dónde empiezo? Mirando hacia delante el horizonte de su vida seguramente pensó que lo tendría complicado porque, como dirá más tarde: “la mies abundante y los trabajadores pocos” (Lc 10,2). Por eso, consciente de que sólo no puede con todo, comienza por llamar a algunos a acompañarle y les comparte los retos a los que se enfrenta, que no es lo mismo pescar peces que hombres.

Yo en el papel de Jesús no estoy seguro de que hubiera llamado a gente como Simón y Andrés, o Santiago y Juan. Una multinacional no se monta con pescadores que cada mañana se suben a la barca a surcar las aguas del lago. Algo debió ver Jesús en los ojos de estos cuatro primeros discípulos a los que convoca a estar con él. No es una invitación hecha a la usanza de toda invitación, sino una convocación más tajante, un imperativo: “venid conmigo”.

Y algo también debieron ver en Jesús estos cuatro galileos que dejando inmediatamente las redes a las que tenían su vida aferrada, lo siguieron. Simón y Andrés y los hijos de Zabedeo, acostumbrados, y tal vez ya cansados de esa rutina diaria poco ilusionante de pasar las horas remendando las redes, dejan la barca, las redes, los jornaleros con los que faenaban y hasta su propio padre y se van tras Jesús.

Tal vez a esto se refería cuando hablaba de conversión, de cambio de vida. El primer signo de conversión de Simón y Andrés, de Santiago y Juan fue dejar la barca, la vida de pescadores, las redes que les tenían hasta entonces amarrados y, liberados de todo ese lastre, siguen a Jesús. Convertirse conlleva una vuelta a Dios y un cambio de conducta, o, tal vez mejor, un cambio de conducta para poder volver a Dios. Realmente no hay otra manera de dejar a Dios reinar en nosotros si no es cambiando las cosas y su orden, las conductas. 

Jesús pone igualmente en nosotros su mirada; piensa que podemos ser también nosotros pescadores de hombres que le ayuden a cambiar este mundo, a mejorarlo para que sea un mundo mejor de lo que es. También nosotros debemos soltar el lastre que arrastramos y las redes a las que tenemos amarrada la vida. Eso es conversión cambiar de conducta para volver Dios.

A esto nos llama Jesús en este tiempo de pandemia. Si volvemos a Dios cambiando nuestra conducta y le dejamos reinar, la humanidad progresará en justicia, fraternidad, unidad, dignidad y paz y habrá merecido la pena el esfuerzo del cambio; habremos acertado dejando las redes y siguiendo lo pasos de Galileo.

El encuentro con Jesús nos cambia la vida

Terminada ya la Navidad con la celebración de la fiesta del bautismo de Jesús, nos adentramos en eso que llamamos Tiempo Ordinario, una forma de decir que es un tiempo en el que no pasa nada extraordinario, nada fuera de lo común en la vida de nuestras comunidades y de la Iglesia. Me gusta a mí este tiempo precisamente por eso, porque no hay sobresaltos, porque nos permite hacer una lectura más o menos continuada del evangelio de Jesús que nos facilita conocerlo mejor para seguirlo más de cerca.

En este domingo ya la liturgia se viste de verde esperanza y nos propone el primer encuentro que dos discípulos de Juan tienen con Jesús, a quien el profeta señala como el Cordero de Dios.

Juan se fija en Jesús que pasa por ahí, pone en él su mirada, y para que sus dos discípulos se enteren, lo identifica como el Cordero de Dios. Sigue el profeta haciendo su trabajo de prepararle a Jesús el camino. Sabe que es a quien apunta con el dedo y lo llama Cordero de Dios a quien sus discípulos deben seguir. No les dice: <<mirad, ese que va por ahí, es mi primo>>. Al señalarlo como el Cordero de Dios, Juan sorprende a sus discípulos que, sin duda, y de inmediato, piensan que se debe tratar de un ser excepcional que merece la pena conocer.

Dejan a su maestro, que les ha cambiado la vida y se van tras este otro que también se la cambiará, y de manera más determinante aún. Jesús, al ver que le siguen, se vuelve y les pregunta ¿qué buscáis? Estas dos palabras en forma de pregunta son curiosamente las dos primeras palabras de Jesús que recoge el evangelio.

Le llaman rabí y le dicen que lo quieren conocer, que quieren saber cómo es su vida, qué piensa, con qué ojos mira lo que hay a su alrededor.  No le piden su apartado postal, ni su correo electrónico, ni tampoco su currículo. Quieren saber qué tiene de distinto a su maestro y por qué le llama Cordero de Dios. Necesitan saber a quien de los dos merece la pena seguir.

Jesús les invita a estar con él un rato para que lo vean con sus propios ojos y decidan en consecuencia. Este encuentro con Jesús debió causar tal impacto en Andrés y su compañero que ya no retornarían donde su maestro. No fue mucho el tiempo que estuvieron, sólo hasta las cuatro de la tarde, pero al parecer fue suficiente para que se dieran cuenta que estaban ante alguien verdaderamente excepcional que era más que un rabí, y hasta más que el Cordero de Dios, era el mismísimo Mesías esperado por siglos.

Y quien ha vivido esa experiencia no se la puede callar. Andrés se encuentra con su hermano Simón, le comparte la experiencia de su encuentro con Jesús, a quien llama ya el Mesías, y lo lleva hasta él para que también vea de quién se trata. Es la ruta de la fe.

Este encuentro alteró también la vida de Simón, a quien Jesús cambió su nombre por el de Cefas. De los que acabarían siendo sus discípulos, fue a Simón al único que Jesús le cambió el nombre, una forma de anunciarle que le tenía reservadas importantes tareas en su proyecto de instaurar el Reinado de Dios en el mundo para que fuera mejor.

Este domingo la Palabra nos invita a preguntarnos: ¿qué buscamos? ¿Estamos dispuestos a encontrarnos con ese Cordero Dios, ver cómo vive y si decidimos seguir su rastro?

Una cosa parece clara: si ni Andrés ni su compañero hubieran tenido ese encuentro personal con Jesús se hubieran entusiasmado tanto que cambiaron a Juan por Jesús y se hicieron sus seguidores.

El encuentro con Jesús cambia la vida de Andrés y su compañero, también la de Pedro. ¿Cambia la nuestra? Hoy podemos contar por millones el número de personas que se declaran cristianos, pero no han experimentado un auténtico y verdadero encuentro personal con Jesús que les haya entusiasmado lo suficiente para sentir que sus vidas cambiaron. 

Sin ese encuentro personal y persuasivo es difícil seguir de cerca a Jesús, si a caso de lejos. Y de lejos es imposible encontrar en el Mesías algo interesante que seduzca y nos cambie la vida.

Renovar nuestro bautismo

El domingo que sigue a la fiesta de la Epifanía, celebramos, manteniendo todavía vivo el clima de navidad, la fiesta del Bautismo del Señor de manos de Juan, el profeta que tenía la misión de habilitar el camino al Mesías preparando al pueblo para recibirlo.

Más de uno se preguntará si Jesús necesitaría bautizarse. A mi no se me ocurren mas que dos posibles repuestas que tengan su lógica.

Jesús se puso en la fila de los que querían recibir el bautismo de Juan, no porque necesitara limpiarse de eso que llamamos <<pecado de origen>>, que es como el adn con el que todos aterrizamos en este mundo. Habiendo irrumpido entre nosotros saliendo del vientre de María, que vino con un adn distinto al de todos, al ser preservada de semejanza mancha, no pudo traspasar a su hijo ese pecado.

Jesús se pondría en la fila porque, como aquellos que se desplazaron al Jordán siguiendo el llamado de Juan para un cambio de forma de vivir, una conversión profunda, compartía las ideas del profeta. Educado en el hogar de Nazaret por María y José en unos valores que tenían otra pinta distinta a la que abundaba en su tiempo y en su pueblo, también para él las cosas tenían que cambiar porque no le gustaba a Dios como marchaba el mundo que creó bueno.

Y una segunda razón podría ser que Jesús, aunque todavía no tenía claras sus ideas sobre qué haría en su vida, no es aventurado pensar que su propósito en la fila podría ser también hacerse uno más de los que estaban guardando su turno.

Este día en el que celebramos la fiesta del Bautismo del Señor es una buena ocasión para tomar conciencia de la grandeza de este sacramento y renovar el compromiso que, en nuestro nombre hicieron nuestros padres y padrinos cuando nos acercaron al jordán de nuestros pueblos.

Reitero que Jesús recibió el bautismo de Juan porque compartía las enseñanzas del Bautista que reclamaba un cambio en la forma de vivir, una conversión. El bautismo era la forma de comprometerse con ese nuevo estilo de vida. Además, el bautismo que nosotros recibimos no es el bautismo de Juan sino el bautismo en el Espíritu Santo, que es el bautismo de Jesús, como lo advertía el propio profeta.

Muchas veces en la vida lo pasamos mal, sufrimos mucho, tenemos muchos problemas y dificultades. Rezamos y clamamos a Dios para que venga en nuestro auxilio y parece que Dios no nos escucha. Nos da la sensación de que el cielo está cerrado para nosotros.

En el bautismo de Jesús el cielo se abrió. Y se abrió para escuchar un mensaje muy bueno, muy esperanzador. Dios le dijo a Jesús que era su Hijo amado. Eso mismo ocurre cuando nosotros recibimos el sacramento del bautismo. El cielo se abre y desde lo alto se oye la misma que dice que somos sus hijos amados. Esta es nuestra mayor grandeza.

El bautismo cambió la vida a Jesús. Ese Espíritu que descendió sobre él lo empujó para que iniciara la misión que Dios le tenía preparada: la de redimirnos, y lo llevó al desierto.

También a nosotros nos toca hacer lo que hizo Jesús después de su bautismo; es decir, dejarnos conducir en la vida por el mismo Espíritu que recibimos en nuestro bautismo. A él ese Espíritu le condujo al desierto donde pasó cuarenta días en reflexión y oración tratando de aclararse sobre su futuro.

En algún sitio leí que al Papa Juan Pablo II, hoy en los altares, un periodista, intuyendo que, para el pontífice el día más renombrado de su vida sería aquel 16 de octubre de 1978, en el que fue elegido Papa, le hizo una pregunta en esa línea. El sucesor de Pedro le contestó que el día que consideraba más importante de su vida no fue el día que sus colegas cardenales le eligieron para ponerse al frente de la Iglesia; el día más importante de su vida fue el día en que recibió el sacramento del bautismo en su Wadowice natal, en Polonia. El 20 de junio de 1920 el pequeño Karol Wojtyla recibió el sacramento del Bautismo; recién hizo un siglo de ello.

No sé si nosotros estamos en esa onda; me temo que no, comenzando por mí mismo. Seguro que a tanto no llegamos.

¿Qué o a quién adoramos?

Aunque el tiempo litúrgico de navidad lo podamos alargar algo más allá del 6 de enero, fiesta de la Epifanía del Señor, su manifestación al mundo entero, a todos los pueblos de la tierra representados por los tres sabios llegados del oriente conducidos por una estrella hasta la gruta de Belén, en este día cerramos hasta el año que viene este espacio litúrgico, celebrado en condiciones de pandemia. Aunque no hemos podido celebrar la navidad como otros años, hemos relajado imprudente y temerariamente las restricciones marcadas por las autoridades y se han disparado peligrosamente los contagios dando vida ya a la tercera, o no sé si cuarta, ola de esta pandemia del covid 19

No son los populares Melchor, Gaspar y Baltasar, que ni eran reyes, ni eran magos, los personajes centrales de esta fiesta. Es Jesús, el niño nacido en Belén quien debiera centrar nuestras miradas y nuestra atención. Estos sabios no conocían las Escrituras, eran paganos, pero sí entendían el lenguaje de las estrellas y siguieron la ruta que les marcó esa que les condujo a Belén.

El cielo tiene su magia. Sigue una estrella quien está en búsqueda de algo, o de alguien. Estos tres personajes no buscan cualquier cosa, buscan la Verdad y se dejan guiar por el misterio que no entienden a dónde les conduce, una estrella. La señal de que encontraron lo que buscaban es que la estrella que les puso en camino se detuvo ante el pesebre y en ese niño la reconocieron y, de inmediato, lo adoraron.

Pero no son ellos los personajes centrales de lo que en este día celebramos. Es el Niño, que se manifiesta al mundo como el salvador de todos los pueblos de la tierra, representados en estos personajes que llegan hasta él y le adoran reconociéndole como rey, y le regalan oro, como Dios, y ponen incienso a sus pies, y mirra, haciendo ver que ese que es Rey de todos y Dios de todos es también un humano, como todos. Es él el centro de la fiesta. 

Bueno fuera que a este día de hoy en vez de seguir llamándolo el día de los Reyes Magos nos refiramos a él como el gran día de la manifestación a todos los pueblos de la tierra del niño nacido en Belén, como el día de la Epifanía, que significa manifestación. Tendría sentido cambiarle el nombre a esta fiesta, con el permiso de los niños, claro.

Hoy tenemos que hacernos una pregunta nosotros, que no somos melchores, ni gaspares, ni baltasares, pero sí estamos suficientemente paganizados como ellos, y puede que hasta más que ellos. Y deberíamos ponernos en búsqueda de algo, o de alguien, que dé nuevo sentido a nuestras vidas dejándonos guiar por una estrella que, puede que no ilumine nuestra noche, pero sí que brilla desde lo alto y la lejanía.

Y la pregunta sería: ¿qué o a quién adoramos? ¿Ante quién nos arrodillamos? ¿Qué o a quien reconocemos hoy como rey, como dios hasta el punto de que le presentamos nuestros regalos sacrificiales? El mero hecho de llamarnos y considerarnos cristianos no significa que ya adoramos al Niño porque puede que no pongamos a sus pies nuestro reconocimiento de su persona como Rey, Dios y humano.

Para llegar hasta él y adorarlo como estos sabios extranjeros tenemos que seguir la estela de la estrella, que a veces sentimos que se esconde, pero que vuelve a aparecer.

Adorar, decía el 6 de enero del pasado año el Papa Francisco, es poner al Señor en el centro (de nuestras vidas) para no estar más centrados en nosotros mismos. Es poner cada cosa en su lugar, dejando el primer puesto a Dios. Adorar es poner los planes de Dios antes que mi tiempo, que mis derechos”.

Si lo reconocemos en nuestras vidas como Rey, como Dios y como alguien igual a nosotros, nuestra vida cambiará, como cambió la de estos sabios que dice el texto que se volvieron a su tierra tomando un camino distinto del que los llevó hasta Belén, desoyendo la petición de Herodes.

Por eso, seguir la ruta de nuestra vida por otro camino es rechazar “aquello que no debemos adorar, el dios dinero, el dios del consumo, el dios del placer, el dios del éxito, nuestro yo erigido en DiosLa adoración es un gesto de amor que cambia la vida…”

2021, Año de San José

Este año, que, al escribir estas líneas, transita ya en el tercero de los días de su calendario, el Papa Francisco lo ha declarado en la Iglesia el año de San José. En una Carta Apostólica, titulada “Patris Corde”, que en español sería <<con corazón de padre>>, el Francisco dice que desea conmemorar los  150 años de la declaración del santo como patrono de la Iglesia Universal.

Este año dedicado a San José se extenderá hasta el 8 de diciembre de 2021. En el decreto el Papa señala que se podrá alcanzar la indulgencia plenaria especial en los días 19 de marzo y 1 de mayo, es decir, aquellos que tradicionalmente se dedican a la memoria de San José.

Sí, hace 150 años, San José fue declarado Patrono de la Iglesia Católica, fue un 8 de diciembre de 1870 y lo declaró el Beato Pío IX.

En su declaración de este año siglo y medio después,  Francisco describe a San José como un padre amoroso, tierno, valiente, creativo y discreto. Mirarnos, como quien se pone delante de un espejo, en San José en este año, que se ha iniciado en muchos lugares del mundo, entre ellos Europa, con repuntes de contagios en la pandemia, la figura del esposo de María pone ante nuestros ojos “la importancia de la gente común, de las personas cuya vida está lejos del protagonismo, ejercen la paciencia y comparten la esperanza cada día, sembrando la corresponsabilidad”, algo que pasa hoy muy desapercibido. 

De San José, el Papa resalta, y propone a nuestra consideración valores que se manifiestan de manera clara enla persona de este hombre bueno y justo: amabilidad, ternura y obediencia. 

Sam José es un modelo de “padre en la acogida”. “Acogió a María sin poner condiciones previas” rechazando la tentación de usar contra ella la violencia de genero que hoy está en boca de tanta gente y de nuestros telediarios.

También destaca su valentía al atreverse a hacer hasta lo que hubiera parecido imposible por salvar la vida del niño que estuvo en tantos peligros desde que el pérfido Herodes ordenó la matanza de los niños para no sentir amenazado su trono, teniendo que huir a Egipto para salvarlo. Ya desde temprano, María, José y el niño fue una familia de emigrantes. Tal vez hoy vendrían en patera a nuestras costas desde los territorios de la amenaza.

También destaca Francisco que “Jesús vio la ternura de Dios en José: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor siente ternura por quienes lo temen» (Sal 103,13). María y José hicieron bien el trabajo de crianza con ese niño, por eso crecía en sabiduría y gracia a los ojos de Dios y de las personas que vivían en Nazaret y los conocían.

Sorprende que un personaje como San José que, a penas aparece en el evangelio en contadas ocasiones, y en los momentos de la infancia del Niño, reúna tantas enseñanzas para nosotros que también estamos llamados a ser santos. 

Aprovechemos este año dedicado a la figura de este santo silencioso y discreto que hizo lo que tenía que hacer simplemente porque eso era lo que tenía que hacer, y aprovechémoslo tratando de parecernos a él, si no en el nivel de santidad, que nos deja muy lejos de nuestro alcance, si en el de vivir con serenidad la condición social en que vivió que es tan similar a la de la mayoría de nosotros.

Por eso, a lo largo del año, y cuando la pandemia nos lo permita, en la parroquia organizaremos encuentros para profundizar en el conocimiento de esta gran figura eclesial que para todos nosotros es un auténtico modelo de santidad que debemos imitar.

Al 2020 le queda un telediario

A este año, que en la mente de muchos quedará como una pesadilla, le queda un telediario. Y ¡qué ganas tenemos de que se vaya de una vez! y nos deje ya en paz.

El de hoy es un día bisagra. Tenía que ser bisiesto, caramba.

Dos sentimientos deben centrar nuestra atención en estas últimas horas del 2020: Gracias y Perdón.

Tenemos que dar gracias por que Dios ha estado con nosotros, ha sido nuestro compañero de viaje, hemos llegado hasta este 31 de diciembre porque Él ha sido bondadoso con nosotros. Además de la gratitud, para cerrar en paz el año deberemos pedir perdón y humildemente arrodillarnos ante Dios reconociendo nuestra pequeñez, nuestra debilidad, confiados, eso sí, en que Él es un Dios misericordioso y compasivo que está siempre dispuesto a perdonarnos. Me gusta la idea que una vez leía no sé en qué libro de que Dios es desmemoriado, bueno, desmemoriado, por lo menos para lo malo de nosotros porque no lleva cuenta de nuestro mal.

Y bueno sería también que en sus manos pongamos el 2021 que está a punto de iniciarse.

Yo, al menos le pediré que no se canse de ser así, que no se canse de acompañarnos para que el próximo 31 de diciembre podamos darle de nuevo gracias, aunque también tendremos que pedirle perdón. Gracias porque siguió siendo nuestro compañero de viaje, gracias porque que ya la pesadilla del covid19 amainó y porque una nueva normalidad nos ha permitido recorrer los caminos de la esperanza desde enero hasta diciembre.

Mirando hacia atrás el tiempo parece que se pasa volando y mirando hacia delante se nos hace largo. Sí, en un año hay tiempo para todo. 

Como leemos en el libro del Eclesiástico, hay “un tiempo para nacer y un tiempo para morir; un tiempo para plantar, y un tiempo para arrancar lo plantado, un tiempo para matar y un tiempo para curar; un tiempo para destruir y un tiempo para edificar, un tiempo para llorar y un tiempo para reír…”

Y es que, como dice San Agustín el tiempo es un regalo un presente. Habla del <<presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes y presente de las cosas futuras>>.

Sería bueno que dediquemos algunos minutos de este último día del año a revivir lo que nos ha pasado en estos meses durante este año de la pandemia. 

Sí, un año da tiempo para mucho, y este 2020, año de la pandemia ha sido, repito, como una pesadilla, pero una pesadilla en la que también han ocurrido acontecimientos y situaciones que debemos revivir y agradecer. Recordar es revivir, es volver a pasar por el corazón lo acontecido, lo bueno y lo que nos ha producido dolor. Lo bueno lo revivimos con nostalgia y lo doloroso lo revivimos con la tranquilidad y la paz que nos da ver que la herida va cicatrizando.

A Dios le han dado tanta alegría nuestras cosas buenas que las ha aceptado como ofrenda agradable. Ha estado tan feliz con nosotros que cuando hemos hecho algo malo pareciera que miró para otro lado y no añadió nuestro pecado al archivo que dicen, no sé, que tenemos en el cielo. Después de todo, Dios no tiene disco duro y no necesita de muchos gigas para saber de nosotros.

Cierro mi última reflexión de este año-pesadilla con unos párrafos de una oración, que ya es clásica, sobre el tiempo. Reza: “Señor, Dios, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro. Al terminar este año quiero darte gracias por todo aquello que recibí de Ti.

Gracias por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol, por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser.

Te ofrezco cuanto hice en este año, el trabajo que pude realizar y las cosas que pasaron por mis manos y lo que con ellas pude construir.

Te presento a las personas que a lo largo de estos meses amé, las amistades nuevas y los antiguos amores, los más cercanos a mí y los que estén más lejos, los que me dieron su mano y aquellos a los que pude ayudar, con los que compartí la vida, el trabajo, el dolor y la alegría.

Pero también, Señor hoy quiero pedirte perdón, perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por la palabra inútil y el amor desperdiciado. Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho, y perdón por vivir sin entusiasmo”.

Feliz y venturoso año nuevo, que no continúe esta pesadilla con la que despedimos el 2020 al que le queda un telediario, uno, ni uno más.

Vigilancia, Conversión, Alegría y esperanza

Prendemos este domingo la cuarta vela de la corona de adviento, a la que daremos el nombre de esperanza. Semana, tras semana, estas velas nos han iluminado el camino para salir al encuentro del que viene a nuestro corazón a tocar nuestra puerta para ver si le dejamos entrar y le damos posada.

La primera vela nos pedía vigilancia, estar despiertos y tener los ojos bien abiertos para ver con nitidez el camino que nos lleva a la conversión, ese cambio de vida que endereza nuestros caminos y allana la ruta al que viene a nosotros. Vigilancia y conversión nos han llenado de alegría porque es mejor, mucho mejor, vivir una vida corregida, que una vida resignada y las tres confluyen en la cuarta que hoy encendemos que llamamos esperanza, tan necesaria y urgente siempre, pero, me atrevo a decir, que especialmente urgente y necesaria en este momento de pandemia.

Y nadie como María nos puede enseñar qué es y en qué consiste la esperanza que necesitamos. Ella es, junto con Isaías, y Juan, el gran personaje de adviento. Esa sencilla y humilde muchacha Nazaret, que tenía novio, pero que todavía no estaba casada, recibió la sorpresiva visita del ángel Gabriel con una desconcertante propuesta de Dios.

Su primera reacción a lo que le dice semejante emisario divino es de turbación, de desconcierto y seguramente hasta de miedo. Turbada, desconcertada y hasta temerosa, esta muchacha no sale de su asombro y no logra entender nada.

Pero ni la turbación, ni el miedo ni el desconcierto le hacen desconfiar de Dios que, después de todo, es el que ha organizado este lío. Por eso queda a su entera disponibilidad a su plan y le dice que sí, que acepta.

A partir de ese momento esta muchacha, que no convive todavía con su prometido, queda embarazada y en su seno se aloja ya, por obra el Espíritu Santo, el mismo Dios que ha decidido abajarse hasta nosotros para caminar en nuestra compañía y ayudarnos a enderezar este mundo tan deshumanizado.

A mi el sí de María siempre me ha dado a entender que Dios tomó una buena decisión al escoger a María para que le ayudara con su plan de encarnarse entre nosotros. Porque María pudo decir que no al ángel y Dios, que siempre respeta la libertad de quienes ha creado a su imagen y semejanza, hubiera tenido que rediseñar su proyecto. Imagino que cuando Dios envió a Nazaret a Gabriel quedó con los dedos cruzados en espera de decisión final de María.

Embarazada ya, esta mujer, es para nosotros modelo de esperanza porque supo esperar con calma que todo lo que le dijo Dios se cumpliría. No entendía nada de lo que Dios se traía entre manos, pero confía en Él; Él sabrá, diría en sus adentros, lo que se propone y lo que hace. Por eso podemos decir que la espera de María se sostiene en la esperanza.

Si lo que le ha dicho el ángel es lo que Dios quiere, todo será para bien, aunque a ella le traerá no pocas dificultades, comenzando por la de ser madre soltera. De hecho, el anciano Simeón ya le advirtió que ese muchacho sería fuente permanente de problemas y conflictos.

Y tampoco José lo tuvo fácil que quiso hacerse a un lado en la vida de María. Menos mal que también Dios envió a un ángel a decirle que no se preocupara que el embarazo de su novia era cosa del Espíritu Santo, no de otro hombre. Y, menos mal que José también dijo sí al ángel y desistió de repudiar en secreto a María y hacerse cargo de ella y de quien llevaba en su vientre.

Qué difícil debe ser mantener viva la esperanza cuando no entiendes nada de lo que pasa. María la mantuvo. Lo que no entendía lo guardaba silenciosamente en su corazón porque confiaba en el que le pidió el favor de ser una madre especial y por eso salió airosa de tantos sufrimientos al ver, años después, su hijo cuestionado, criticado y crucificado.

Cuando todo aconteció pudo darse cuenta de que Dios no se equivocó al escogerla y tampoco ella al decir sí. Los hechos se lo demostraron.

Conversión

Entramos ya en la segunda de las cuatro semanas que conforman este tiempo de adviento en el que nos preparamos para salir al encuentro del que viene a nosotros pidiendo posada en nuestro corazón.

El nombre que le pusimos días atrás a la primera vela de nuestra corona de adviento fue <<vigilancia>>. A la que prendemos en este segundo domingo la llamaremos <<conversión>>. Las dos deberán estar prendidas e iluminando nuestro horizonte en estas jornadas porque necesitamos estar vigilantes, bien despiertos y atentos para ver con precisión qué cambios tenemos que introducir en nuestra vida de manera que al que viene a darnos vida nueva le dejemos hacer su trabajo en nosotros.

La Palabra, de la mano del profeta Isaías y de Juan el Bautista, lógicamente, y como no puede ser de otra manera, refiere a ese que esperamos y al que hasta le cantamos que venga pronto y que no tarde, al Mesías esperado. 

Isaías le habla, tratando de levantar su ánimo, a un pueblo que lleva ya 50 años en el exilio, fuera de su tierra, desterrado en Babilonia. Sin duda, todo exilio, todo destierro es una experiencia terrible de inhumanidad y el deseo de retorno a la patria para recuperar la libertad es imperioso.

A ese pueblo Isaías le de una noticia de esperanza. Le habla al corazón para llevarle consuelo y le dice que su crimen de infidelidad ya ha sido pagado y el retorno a casa está cercano. Pero eso no será así no mas, tiene una contraprestación. 

Vendrá un libertador al que hay que prepararle el camino para que llegue y pueda caminar con su pueblo. Será necesario allanar una calzada, elevar lo valles y abajar los montes y colinas, enderezar lo torcido. Vamos, hacer un autopista en el desierto.

Lo mismo, vemos en el evangelio, dice Juan el Bautista. Inconforme con lo que ven sus ojos, se va al desierto a preparar un nuevo camino para el pueblo. Si eso era de lo que veía necesidad por qué en lugar de irse al desierto, que allí no hay gente, no predicó en las ciudades, en Jerusalén, por ejemplo, que allí sí la había.

El desierto al que le siguió mucha gente, hasta el propio Jesús, y el Jordán donde bautizaba a los que acogían la llamada a la conversión, tienen un gran significado. Es en esos dos escenarios simbólicos donde se rehace el nuevo pueblo de Israel. Para Juan el retorno a la tierra pasa por acoger a ese del que habla y que es tan importante y tan Señor, que no puede ni agacharse para soltarle la correa de la sandalia.

Y concluye diciendo que su bautismo no es comparable al que imparte a sus seguidores. “Yo os he bautizado con agua, señala, pero él os bautizará con Espíritu Santo. ¿Cuál es la diferencia entre el bautismo de Juan y el que dará Jesús? Se me ocurre que nos ayudará a encontrar una respuesta la experiencia que todos estamos viviendo tratando de cuidarnos  del covid 19. No basta que nos lavemos las manos con agua, tenemos que hacerlo con gel hidroalcohólico. El agua no mata el virus.

Sí, conversión es la palabra clave que nos va a acompañar a lo largo de toda esta segunda semana de adviento. Porque tenemos que introducir cambios en nuestra vida. Pero, para precisar qué cambios, deberemos irnos al desierto. Ir al desierto es hacer un poco de silencio alrededor de nuestra vida para que logremos ver con nitidez qué cosas tenemos que sacar de nuestra estancia para prepararle al que viene una, si no rica morada, si al menos, limpia y digna. Es lo que hizo Jesús después de recibir el bautismo de Juan. Se fue al desierto para poner en orden sus ideas.

En nuestro desierto encontraremos la manera de allanarle a Dios el camino para llegarse hasta nosotros. Y si hay que rellenar valles y rebajar colinas y montañas, tendremos que hacerle una autopista a Dios para que no se pierda en el camino..

¿No será que Dios no encuentra acceso a nosotros por más que quiera venir? ¿Le tenemos taponadas las entradas? Tal vez no tiene GPS.Si no vamos al desierto desistimos de la conversión, cerramos nuestros oídos a los llamados al cambio. Si Dios quiere venir a nuestro encuentro no le pongamos obstáculos en el camino.

Vigilad

Iniciamos este domingo la andadura de adviento, una ruta que nos durará cuatro semanas. Jornada a jornada, con una oración más intensa y un esfuerzo de conversión y de cambio de vida, deberemos llegar a la Navidad, a nuestro particular belén, aunque la pandemia se nos quiera cruzar en el camino. Para ello, debemos aprovechar este tiempo sin distraernos, ni dormirnos para que cuando toque a nuestra puerta el que quiere nacer en nuestro corazón de nuevo le dejemos pasar y hacerle sitio para que ocupe el centro de nuestra vida.

A la primera vela que prendemos en la corona de adviento la vamos a llamar <<vigilancia>>. Es en lo que insiste Jesús desde el principio del pasaje de Marcos que en este primer domingo se proclama: “Estén atentos y despiertos, porque no conocen ni el día ni la hora”. Y también dice que estemos prevenidos, y lo dice por dos veces, y que no nos quedemos dormidos.

Las primeras generaciones de seguidores de Jesús estaban realmente obsesionadas e ilusionada con el inminente retorno de Jesús. Creían que el resucitado que subió a los cielos cuarenta días después de salir del sepulcro, estaba por volver. La cosa se puso complicada cuando vieron que el tiempo pasaba y pasaba y ese regreso no se producía. 

Esta demora les desalentó y se les empezó a esfumar el ardor y entusiasmo inicial. Esta fue la <<nueva normalidad>> para ellos. Por eso el evangelista Marcos pone la vigilancia como palabra clave para afrontar la situación. 

¿No nos pasa un poco, o más bien mucho, a nosotros eso mismo dos mil años después de aquello? Hoy no nos apremia el retorno de Jesús. Ya sabemos que en el tiempo no va a ser inminente porque todavía tenemos mucha tarea por delante para arreglar este mundo que lo tenemos tan dañado y maltratado. Dios no tiene prisa, su paciencia, dice el apóstol Pedro, es nuestra salvación (2 Pedro 3,15). Pero esto no debemos mirarlo como licencia para una tranquilidad pasiva, de brazos caídos, un aletargamiento como quien duerme permanentemente.

La llamada a la vigilancia, a no despistarnos ni a dormirnos hoy es más necesaria que nunca porque son tan sutiles los mecanismos de nuestra sociedad para adormecer nuestra mirada a la realidad, para ocultar y arrebatarnos la verdad si estamos despistados o mirando para otro lado, poniendo los ojos en los escaparates de los comercios que nos hablan de otra navidad que nada tiene que ver con la de la fe, que si caemos en esta trampa se retrasa ese retorno de Jesús que debemos anhelar y nos urge.

No dejemos que en nosotros se apague la vela de la fe y nos quedemos en el medio de una nada llamada indiferencia y mediocridad. Tengamos los ojos bien abiertos y no nos dejemos engatusar por esa otra navidad, con minúsculas, que ya en alguna de las calles de Madrid reproduce la imagen del covid19 en las luces que adornan la noche.