El tesoro es el Reino

Es bueno tener memoria para darle continuidad a la Palabra de cada domingo y no perder la referencia que nos viene de atrás. La semana pasado Jesús nos advertía de las consecuencias de dejarnos arrastrar por la codicia y acumulación de bienes materiales. Hoy sigue con ese mismo línea y da un paso más radical al plantearnos que la mejor manera de no caer en la trampa de la perversa codicia es sacudirnos, liberarnos, del apego a los bienes materiales porque si esos bienes son para nosotros <<el tesoro de la vida>> y en ellos ponemos nuestro corazón, erramos el camino.

Nuestro corazón ha sido hecho para amar lo que en verdad merece la ser amado, no para amar lo que justamente nos impide llegar a ese amor del bueno. Por ello, el aferramiento a los bienes materiales, como si en ellos se nos fuera la vida, va en la dirección contraria a la que nos plantea Jesús en este pasaje.

Podríamos aquí traer a colación unos cuantos pensamientos agustinianos que nos vienen como anillo al dedo. El Santo de Hipona dice, por ejemplo: “ayuda a aquel con quien caminas para que llegues has aquel con quien deseas quedarte para siempre”. Veamos este otro: “haz un seguro de transporte para tus bienes a fin de que no se te pierdan en el viaje. Entrégalos aquí como limosna en la ventanilla del pobre y los recogerás allí con interesesen la caja fuerte del rico”.

Y en otro de sus pensamientos nos dice: “Las posesiones superfluas de los ricos son las necesidades de los pobres. Por eso, almacenar cosas superfluas es una forma de robar”. Es decir, retener lo que no necesitamos y tenemos hasta en abundancia, aunque no se parezca a lo que entendemos como robo, lo es porque dejamos al pobre sin lo que necesita y le pertenece. Y en línea con este: “Por ti aprendimos que es ajeno lo que creímos nuestro y nuestro lo que alguna vez creímos ajeno”. Y también dice que “uno es tanto más pobre cuantas más cosas quiere abrazar”.

Desprendernos de aquello que retenemos sin necesitarlo y donarlo como solidaridad y por misericordia a los pobres es la mejor manera de dar buen uso a nuestros bienes y será, también, la mejor manera de ir atesorando en el cielo bienes en el cielo, allí donde la polilla no puede hacer estragos porque no pierden valor y están a buen recaudo.

Veámoslo de otra manera: el peligro no está en los bienes en sí mismos, sino en las personas. Cuando esos bienes ocupan el centro de nuestro corazón ya pierden valor y nosotros también nos desvalorizamos porque nos deshumanizamos.

Por eso Jesús, en este evangelio, nos llama a estar vigilantes y atentos, a tener ceñida la cintura y las lámparas encendidas para no dejarnos confundir. Estar vigilantes es hacer lo que hace el criado que está permanentemente listo para recibir al amo cuando llega. Y es también hacer lo que hace el amo, que viendo la lealtad de su criado lo pone al frente de sus bienes porque confía en él. Así es Dios con quienes están permanentemente atentos y vigilantes y no se dejan sorprender.

Quienes pretendemos vivir nuestra fe siguiendo los pasos de Jesús debemos mantener esa actitud vigilante que nos pide el Maestro. Si nos mantenemos ojo avizor estaremos listos para encontrarnos con Jesús cuando él venga y también estaremos prestos para detectar su presencia cuando él pasa a nuestro lado en el hermano a quien puedo auxiliar con los bienes que puedo compartir. A veces pasa como un simple susurro; si no estamos bien atentos difícilmente nos percataremos de que ha pasado junto a nosotros.

No es solo el atractivo del dinero o de los bienes materiales el que nos impide vivir acorde con el mensaje que Jesús nos pide en este evangelio. Nuestro aferramiento a otros bienes como el afán de control y dominación sobre otras personas para sentirnos dueños de sus vidas es también de lo que debemos privarnos. Aferrarnos a los bienes de este mundo, sean los que sean y cuantos sean, nos lleva a la pérdida de lo más esencial a nosotros que es el sentido de la libertad y nos hace esclavos al pretender tener más y más bienes.

La manera más humana de atesorar bienes en la <<ventanilla del rico>>, que no pueden ser roídos por la polilla es, compartir, no retener y acumular.

La codicia es una trampa

Peligrosa trampa la codicia

Si algo debimos aprender de la crisis económica y financiera global en la que el mundo cayó en el dos mil ocho que no dejó títere con cabeza y nos metió de lleno en una recesión mundial, es que la avaricia es una trampa en toda regla para la vida de la gente. Algunos, llevados por un voraz e irracional deseo de acaparamiento e insensato afán de enriquecimiento, han multiplicado por varios dígitos sus ganancias.

Lo vimos y lo sufrimos en esos años atrás y lo estamos sufriendo con ocasión de la pandemia. A ello se ha sumado desde hace ya casi seis meses por motivo de la guerra de Putin contra Ucrania las consecuencias que a todos nos están afectando. 

En estos días hemos visto en la prensa que, mientras la gente de la calle se empobrece y pierde poder adquisitivo por la inflación y subida de los precios, no pocas empresas e instituciones bancarias están ganando mucho dinero.

Vivimos en la incertidumbre que generan los conflictos bélicos, económicos y medioambientales. Esta situación ha llevado a reactivar de manera acelerada la carrera armamentista en el mundo que pone en peligro la vida de millones de personas y del planeta entero.

De esto nos habla la Palabra de este domingo. La primera lectura y el evangelio de hoy coinciden en denunciar el carácter engañoso de la riqueza. Cuando la vida la miramos desde ese lado, se nos dice en la primera lectura tomada del libro del Eclesiástico, resulta que todo es pura vanidad y que, después de todo, al salir de este mundo nadie se lleva nada y todo lo que acumulamos queda para quienes no lo han trabajado, y tal vez no lo hayan merecido. A este respecto el Papa Francisco con su fino sentido del humor ha dicho que <<la mortajas no tienen bolsillos>>, o sea que nadie se lleva de aquí al otro lado de la vida nada de lo que acumuló al partir de este mundo. 

En el evangelio a Jesús una persona le pide que interceda ante su hermano para que le comparta la herencia. Jesús dice que él no tiene vela en ese entierro y pone al descubierto que ambos hermanos, actúan movidos por la codicia, uno reteniendo para si lo que el otro considera le pertenece.

Jesús no entra en el juego pero habla clarito. Dice: “guardaos de toda clase de codicia” porque, en definitiva, la vida no depende de los bienes.

Y la única manera de librarnos de la tentación de la codicia es vivir la vida, no atesorando bienes y cosas para uno mismo, sino para Dios y su reino, porque, enriqueciéndonos de manera avariciosa, nos hacemos ricos a los ojos del mundo, pero miserables a los ojos de Dios. Para Jesús el riesgo que corre el que vive disfrutando de sus riquezas es olvidar que también hijo de Dios es el que no tiene suficientes bienes para vivir con dignidad. Y nos lo dijo claramente en otra ocasión cuando señaló que “no podéis servir a Dios y al dinero”.

Pablo nos da en la segunda lectura una clave para entender bien la Palabra de este domingo y aplicarla a nuestra manera de vivir como seguidores que pretendemos ser de Jesús. Si en verdad pensamos que con Cristo hemos resucitado, busquemos “los bienes de arriba”… y demos muerte a todo lo terreno que persiste en nosotros.

Lo que está pasando hoy en el mundo favorece la codicia y voracidad de muchos. Esa voracidad nace de un hambre insaciable por acumular bienes. Al hacer Jesús la advertencia sobre los peligros de la codicia no nos está poniendo en guardia contra el disfrute de los bienes y de las riquezas que tengamos, sean muchas o pocas. Lo importante es que sean suficientes, es decir que nos permitan vivir con dignidad y que les demos buen uso. Si son muchos, el mejor uso que podamos darles será compartir con los que tienen sus arcas casi vacías y no pueden llegar a fin de mes. Aquí es bueno recordar de nuevo un pensamiento agustiniano que viene como anillo al dedo. Dice el santo de Hipona: <<en realidad sólo tiene dinero el que sabe usarlo. El que no sabe usarlo, más que tener dinero, es tenido por él. Más que poseer, es poseído>>

Es decir, que la codicia nos esclaviza, nos quita la libertad y, en definitiva, nos impide ser felices. ¿De qué y para qué sirve entonces ser codiciosos?

Una vez más hay que decirlo, si nos contentamos con lo necesario, no habría en el mundo tantas diferencias y seríamos más humanos.

Martas o Marías

No se trata de ser martas o marías, es cuestión de equilibrio, que tiempo debe haber para todo

El evangelio de este domingo da continuidad al de la pasada semana que nos narraba la parábola del buen samaritano. En realidad, ambos textos se iluminan mutuamente.

La parábola del buen samaritano es una invitación una a la acción en favor de las personas que están necesitadas. Hoy, por la situación que se está viviendo en el mundo, son tales las urgencias que no nos costará trabajo entender la exquisita solidaridad y compasión del buen samaritano y la penosa indiferencia de los otros dos funcionarios del templo, un sacerdote y un lebita, que dieron un rodeo para no aproximarse a ese prójimo que estaba ya medio muerto. 

La conclusión que pone Jesús para cerrar el pasaje: “ve y haz tú lo mismo”, es una invitación a todos nosotros para que no demos rodeos, diciendo que no es asunto nuestro, como hicieron el sacerdote y el lebita, cuando vemos a alguien apaleado por la vida. Debemos ponernos sin dilación manos a la obra para auxiliar a esos apaleados y que están casi sin vida a la vera del camino.

La iluminación que nos ofrece Jesús en el pasaje de este domingo es que la mejor, la única manera de prepararnos y estar en condición de auxiliar a alguien es sentarnos primero, como María, a los pies del Maestro y escuchar su Palabra, acoger su enseñanza para tener una mayor lucidez a la hora de ver cómo podemos ayudar a los que la vida apalea sin misericordia.

El buen samaritano del pasado domingo no es la Marta de éste, que se afana por darle a Jesús la mejor y más exquisita de las atenciones, como hemos visto en la primera lectura que hicieron Abraham y Sara con los tres hombres que vieron acercarse a su tienda. Aunque el texto de Lucas no dice nada en concreto sobre el número de gente que entró en la casa de los amigos que Jesús tenía en Betania, lo más probable es que su afán entre los pucheros no sería otro que atender a tanta gente.  

Esta casa de Betania a Jesús le era particularmente muy querida. En ella vivían sus amigos Lázaro, que no aparece en la escena, Marta y María.

Marta, la hermana mayor, se afana nerviosamente para dar buena atención a Jesús y sus acompañantes seguramente preparando una buena mesa como señal de buena acogida al amigo. María, la hermana pequeña, en cambio, se sienta a los pies del visitante para escucharle, como se sentaban los discípulos a sus pies para aprender.

Tradicionalmente este texto se ha interpretado en la Iglesia como una especie de discusión entre dos formas de vivir la fe. De una manera contemplativa, centrada en la reflexión, oración y tiempos de silencio, y de una manera activa más centrada en el trabajo y en los afanes.

La diferencia entre Marta y María es que, para Jesús no es necesario afanarse mucho, que basta con poco para atender bien al necesitado y ser hospitalarios. A Jesús con poco le bastaba. Por eso le dice con cariño que su hermana, que no es una holgazana, ha escogido la mejor parte.

Es cuestión de encontrar el equilibrio. Nada debería impedirnos perdernos de lo mejor, que es abrir tiempo y espacio para sentarnos a los pies del Maestro que nos ofrece su Palabra y escucha nuestra oración.

Creo que nos parecemos más a Marta y tenemos menos de María en nuestra forma de vivir la espiritualidad, al menos yo. No tenemos tiempo para cosas que sí deberíamos atender como la comunicación con la familia, el diálogo con nuestros hijos. Andamos de prisa, el trabajo nos tiene dominados y no abrimos espacio para esas cosas que también son esenciales, cosas como el descanso, el sosiego, la contemplación, la oración, la meditación de la palabra de Dios con calma.

Tenemos que aprender a gestionar nuestro tiempo de manera que podamos encontrar el equilibrio entre el afán diario y el descanso. Si somos sólo Martas y no Marías, entonces no somos felices. De esto se trata: equilibrio entre activismo y contemplación.

Recordemos la primera tentación que Jesús enfrentó en aquella cuarentena de Dios que pasó en el desierto cuando el diablo le propone que convierta las piedras en pan y sacie el hambre que tiene tras los días de ayuno que lleva. La Respuesta de Jesús fue que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

QUE EL MUNDO SEA BUENO ES LA PRIMERA URGENCIA

Deja que entierre primero a mi padre

Terminadas las fiestas litúrgicas que cerramos el domingo pasado con la celebración del Corpus, después de termina toda la cincuentena pascual y la fiesta de la Santísima Trinidad, retornamos a lo que llamamos Tiempo Ordinario. Por esta ruta caminaremos los próximos meses hasta que, allá por el 27 de noviembre, iniciemos la preparación a las fiestas de Navidad con el tiempo de adviento. 

La palabra en este domingo nos plantea un tema que es muy importante y sobre el que nosotros nos debemos cuestionar constantemente: ¿en que consiste ser seguidor de Jesús? Y también: ¿sabiendo qué es ser seguidor de Jesús, estamos dispuestos a todo lo que eso supone?

En principio debemos tener claro que el seguimiento a Jesús debe ser la respuesta a una llamada, una vocación. Vemos en la primera lectura que Dios le encarga a Elías que unja, como sucesor suyo a Eliseo. Es Dios quien llama y escoge a Eliseo. No le dice: busca uno que te sustituya. No, le dice busca a Eliseo, “hijo de Safat, natural de Abel-Mejolá” y úngelo.

En este llamado que Dios hace a Eliseo hay un detalle que es muy ilustrativo. Eliseo está labrando la tierra con sus bueyes. Por su lado pasa Elías y simplemente le “echó encima el manto”. Eliseo entendió que su vida cambiaba radicalmente a partir de entonces y sacrificó los animales y repartió la carne a su gente, quemó los aperos y se fue tras Elías.

Me viene a la mente la reacción de los primeros discípulos a los que Jesús llamó. Dejando de inmediato las redes “lo siguieron”.

Pero, no parece que esto de seguir a Jesús sea tan fácil. Es normal que quienes se sienten llamados, aquellos a quienes Jesús, como hizo Elías con Eliseo, les deja caer su manto sobre los hombros, le pongan condiciones para el seguimiento. 

Jesús ha tomado una decisión importante: subir a Jerusalén. Lo hace en un momento clave de su vida; siente que le llega “el tiempo de ser llevado al cielo”. Iniciar ese viaje no era ir de paseo a la ciudad capital. Bien sabía que esa subida conllevaba riesgos porque Jerusalén es “la ciudad que mata a los profetas”. Y desde el principio sufre en carne propia el rechazo al ver cómo en territorio de Samaria no es acogido, ni siquiera para pasar una noche. Fue rechazado porque se dirigía a Jerusalén, y ya sabemos que samaritanos y judíos no se llevaban bien; en realidad se odiaban. Apacigua Jesús la ira de los hijos del trueno, Santiago y Juan, que querían que sobre esa aldea cayeran rayos y centellas y siguió su camino.

Mientras caminan, uno se le acerca y se ofrece a seguirle. Jesús le advierte que ir tras él es estar dispuesto a no tener nada, ni siquiera dónde reclinar la cabeza en la noche.

En el segundo caso es Jesús quien toma la iniciativa e invita a otro a seguirle. Parece dispuesto a ir tras él, pero le pide un poco de tiempo, hasta que su padre muera y lo pueda enterrar. La respuesta de Jesús parece insensible y hasta inhumana. Es lógico que, si la muerte de su padre estaba cercana le pidiera un poco de tiempo antes de emprender el seguimiento.

De todos modos, la advertencia de Jesús es clara: quien quiera seguirle debe optar por él sin medias tintas y ponerle primero que todo, primero incluso que la propia familia, que para un judío era algo sagrado. 

Dedicarse a anunciar el Reino de Dios está por encima de todo. Mirando la realidad del mundo hoy, tan amenazado y con tanta incertidumbre, la urgencia de dejarle a Dios reinar en nuestro corazón, en el corazón de todos los hombres y mujeres de la tierra, es tan perentoria que no admite demora ni tiempo de espera.

Lo mismo ocurre con el último. También este es quien se ofrece a Jesús. Tan sólo le pide que le deje despedirse de su familia. La respuesta de Jesús es bien clara. Le dice que seguirle a él y comprometerse con el anuncio del Reino de Dios es mirar siempre hacia adelante. “El que pone la mano en el arado”, el que da el paso de trabajar por el Reino, por un mundo mejor, no puede mirar atrás y pensar en milongas ni en nostalgias.

Claro, el que pone la mano en arado y echa pa´lante, a donde se dirige es a Jerusalén, como Jesús, a la ciudad que mata a los profetas. Ese es el riesgo.

BENDECIR

«Después los sacó hacia Betania y, levantando los ojos, los bendijo

Aunque debió ser el pasado jueves, como siempre lo fue hasta hace unos años, este domingo celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor. De todos modos, celebrar en domingo una fiesta que se debe celebrar en jueves no es tan relevante.

Si contamos cuarenta días a partir de la resurrección, siempre caerá en jueves el acontecimiento de la subida de Jesús a los cielos una vez concluida su misión entre nosotros, aunque la atrasemos al domingo siguiente.

De todos modos, tampoco se trata de cuarenta días calendarios. El 40 tiene en la Biblia un significado que nos habla de plenitud: el diluvio duró 40 días y 40 noches; la marcha de los israelitas por el desierto, 40 años; el ayuno de Jesús en el desierto después de recibir el bautismo de Juan, también dicen los evangelistas que duró 40 días.

Jesús, tras resucitar, debió permanecer en la tierra el tiempo suficiente hasta que sus discípulos quedaran listos para ponerse manos a la obra y empezar a realizar la misión de llevar por todos los rincones del mundo la Buena Noticia que él les había compartido, y que fue la misión que les encomendó. Seguramente fueron bastantes días más que esos cuarenta.

Retornando al cielo y sentándose a la derecha del Padre es como Jesús culmina la tarea que lo abajó del cielo a la tierra, una tarea bien cumplida. Pero no es sólo la misión cumplida por Jesús, no. La Ascensión del Señor es también para nosotros una fiesta que nos habla mucho de esperanza. El cielo, de no haber sido porque Jesús resucitó y subió al cielo, permanecería cerrado y no tendríamos pasaporte ni salvoconducto para entrar a él. Jesús lo abrió de par en par para que también nosotros podamos ocupar la morada que nos dijo tenemos reservada para que estemos con Él toda la eternidad, sentados a la derecha del Padre.

Ver así las cosas cambia mucho la perspectiva. Nuestra vida, que es para siempre, es decir, que ni siquiera se acabará cuando finalicen nuestros días en el peregrinaje de este mundo, la vamos a vivir a plenitud, no durante 40 días, ni cuarenta años, ni cuarenta nada; no, la vamos a vivir eternamente, para siempre. Yo no sé ustedes, amables lectores, pero yo no quisiera vivir eternamente la vida peregrinando en este mundo sorteando pandemias y cada dos por tres tener que vacunarme del covid o de la <<viruela del mono>>. Yo quiero vivir la vida plena en el cielo y ocupar la suite que Jesús me tendrá preparada. Y, como Jesús es gente de palabra, la cumple.

Pero, en lo que ese día llega, que tampoco hay prisa porque llegue, tenemos que poner los pies y la mirada en la tierra, no quedarnos bociabiertos mirando al cielo. Debemos dar continuidad con nuestro trabajo a la misión que inició Jesús al humanizarse y descender del cielo. Esa misión es la que encomendó a sus discípulos. También Pedro y los demás están ya ocupando su sitio; nosotros aquí seguimos en la tierra y a nosotros nos toca recibir el testigo en esta carrera de relevos. Debemos poner todo nuestro empeño en que la acción misionera siga su curso.

Esta es ahora nuestra tarea. No es una tarea que no podamos llevar a cabo. Para ello nos prometió Jesús la fuerza de lo alto, la venida del Espíritu Santo, que celebraremos el próximo domingo. Con esa fuerza seremos los testigos de Jesús en el mundo.

Y, como nos cuenta Lucas en el evangelio, antes de irse el ultimo signo o regalo que Jesús hizo a sus discípulos fue bendecirlos. A Jesús le gustaba mucho bendecir, lo hacía con los niños, bendecía a los enfermos.

Salvo los abuelos, pienso que hace tiempo que hemos olvida bendecir a quienes están a nuestro lado. Los telediarios nos muestran a diario cómo, por ejemplo, los políticos, se insultan hasta de malas maneras y con poca educación. Pareciera que hoy maldecimos y denigramos más que bendecimos. Los seguidores de Jesús deberíamos ser <<bendecidores>>. Acoger con ternura, con una sonrisa, con cariño. Evitar las malas formas en nuestra relación con los demás es una forma de bendecir y quedar bendecidos.

Es lo que nos pide Pablo en la carta a los Romanos: “bendecid, y no maldigáis” (Rm 12,14). Para quien bendice la puerta para escalar a las alturas la encontrará abierta.

Jesús nos hace tres regalos antes de irse

Sexto Domingo de Pascua

Jesús sigue preparando a sus discípulos para que afronten de la mejor manera posible su partida. Es consciente de que esos hombres, frágiles, débiles y vulnerables en la fe van a tener en frente situaciones complejas. Sabe que en su ausencia sentirán un vacío grande que les sumirá en el desaliento, miedo y turbación. No van a saber qué hacer si no está su lado dándoles seguridad y garantías.

Hoy Jesús les comparte, a modo de consejos finales, las que también son sus inquietudes. Tres son los deseos de Jesús. El primero, que no olviden las cosas que les ha estado enseñando en los tres años que compartió con ellos por las aldeas de Galilea. Al menos, no olvidar lo esencial. Esa será la única garantía de perseverar en la unidad como grupo y también la mejor forma de mantenerse unidos a él.

El segundo deseo de Jesús, porque también era una de sus preocupaciones, es que no se sientan solos y abandonados en ningún momento porque tendrán siempre su compañía. Por eso, les promete el Espíritu Santo, que será quien haga, a partir de su partida el papel que hizo él como su maestro.

Este Espíritu les ayudará a comprender lo que aún ellos no pueden entender porque les supera su capacidad. Con el tiempo, irán viendo con claridad y lo oculto se irá descubriendo.

Tarea del Espíritu será también ayudar a conservar la memoria, a no olvidar. Olvidar, bien lo sabemos de sobra, es quedar expuestos a repetir nuestros errores y fallos. Decimos muchas veces que el olvido hace que el ser humano repita sus errores históricos, una y otra vez.

Todo esto sucederá dentro de unos días cuando celebremos la fiesta de Pentecostés. No es fácil la tarea del Espíritu Santo. Él hace su trabajo y nosotros debemos hacer el nuestro, que no es otro que dejarnos conducir por él. Nos lleva por caminos buenos, que a veces serán ásperos y duros, y llenos de obstáculos, pero son caminos seguros.

Esto es lo que le toca; no es pequeña misión. Debe sostener nuestro recuerdo para no olvidar nunca lo esencial, nos tiene conducir por los tortuosos caminos de la vida y ver si logramos salvar los tropiezos en las piedras de siempre.

Y todo esto lo tiene que hacer por siempre porque es él nueva forma de presencia de Jesús entre nosotros y en el mundo.

El próximo domingo celebraremos la fiesta de la Ascensión del Señor y dentro de dos Pentecostés. Antes de irse les deja su paz, una paz auténtica, no como la paz del mundo que de paz tiene poco, y de esperanza nada.

Y por si alguien tiene alguna duda, concluye el pasaje prometiendo que volverá a nosotros. Esta debe ser nuestra certeza, Jesús no nos deja solos, sigue con nosotros en la persona del Espíritu Santo y volverá.

¿Quién dijo miedo?

HACER NUEVO EL MANDAMIENTO QUE YA VENÍA DE ANTES

Avanzamos en el camino de la Pascua y nos adentramos ya en la quinta semana de este tiempo en el que debemos mantener viva la luz de Jesús en nuestras vidas, representada en el cirio pascual. Hoy la Palabra nos dice que no podemos dejar que envejezca lo nuevo que a surgido en nosotros.

No es nuevo porque Jesús lo promulga por primera vez. Es nuevo porque nuevo tenemos que hacer cada día su complimiento

En la primera lectura vemos la febril actividad misionera de Pablo y Bernabé. Visitan muchas comunidades ya constituidas y animan a los creyentes a perseverar en la fe porque las pruebas por las que inexorablemente ay que pasar no son pocas, ni tampoco sencillas.

En cada una de estas visitas Pablo y Bernabé comparten con los hermanos de la comunidad la experiencia de la fe y cuentan cómo Dios ha abiertos esas puertas también a los que no pertenecían al pueblo judío, a los gentiles.

Jesús en el evangelio, prepara su despedida y recoge un mandamiento que llama nuevo, pero que en realidad, viene ya desde antiguo, lo que quiere dejarles como lo esencial de ser su seguidor, algo que no deben olvidar jamás. A este respecto dice San Agustín comentando este nuevo mandamiento que Jesús da a sus discípulos: <<El Señor Jesús pone de manifiesto que lo que da a sus discípulos es un nuevo mandamiento, que se amen unos a otros: Os doy, dice, un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. ¿Pero acaso este mandamiento no se encontraba ya en la ley antigua, en la que estaba escrito: Amarás a tu prójimo como a ti mismo? ¿Por qué lo llama entonces nuevo el Señor, si está tan claro que era antiguo? ¿No será que es nuevo porque nos viste del hombre nuevo después de despojarnos del antiguo?>>.

También la segunda lectura, del libro del Apocalipsis, nos habla de <<un cielo  nuevo y una tierra nueva porque el primer cielo ya la primera tierra ya an pasado>>. El mar de antes ya no existe. Puede que nos pase que esos cielos y tierra nuevos se hacen viejos porque nos descuidamos y dejamos a un lado vivir nuestra vida con la alegría de la pascua. Y, por eso mismo, necesitamos renovarnos constantemente para dar vida nueva a lo se va tornando viejo en nosotros.

Volvamos al evangelio, que tiene, como he dicho, un sabor a despedida de Jesús de sus amigos y compañeros de fatigas en los últimos tres años. Les dice que le queda ya poco tiempo de estar con ellos. Se deben preparar y acostumbrarse a su ausencia física y desarrollar destrezas y habilidades con las que lo sientan cercano. El último domingo de este mes de mayo celebraremos la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos.

En el mandamiento nuevo, que como hemos visto por lo que dice San Agustín, sólo es nuevo si nosotros renovamos nuestro amor haciéndolo nuevo cada día, Jesús recoge lo que en esencia es el resumen, la síntesis de todas sus enseñanzas.

Hacer un cielo nuevo y una nueva tierra, amar con un nuevo corazón para ser nuevamente felices es lo que necesitamos para que la vida de la pascua sea nueva en nosotros. La rutina y el acostumbramiento es el principal obstáculo para vivir cada día con la alegría de experimentar que soy nuevo porque Dios me ha regalado de nuevo la vida, nueva es mi familia porque todos han amanecido con latidos en el corazón después del descanso nocturno. Nuevo es el amor hacia la esposa o el esposo, hacia los hilos y los padres, nuevo el amor hacia los hermanos y los amigos y compañeros de trabajo, nuevo el amor hacia los hermanos con quienes compartimos la fe.

Y esto así debería ser porque así nos amó y nos ama Jesús, un amor sin condición ni contrapartidas. En realidad, la propuesta que Jesús hace de un mandamiento nuevo tiene su razón de ser en que nos pide amarnos unos a otros <<como él nos ha amado>>. Sí, eso es lo nuevo de este mandamiento de siempre, amar como sólo él nos amó porque nadie nos a amado como Él.

Sólo nos preguntarán si hemos amado

<<Simón, Hijo de Juan, ¿me amas más que estos?. Señor, tú sabes que te quiero. Pues apacienta mis ovejas

Entramos ya en el tercera semana de la cincuentena pascual. El Aleluya que cantamos, las flores del altar, el cirio pascual encendido, sin agotarse todavía, el rito de la aspersión con el agua bendita, son signos de que el crucificado que resucitó venció a la muerte y ha dado la victoria a la vida. Es la alegría de la Pascua que no podemos apagar ni dejar de disfrutar.

En el evangelio de este tercer domingo de pascua, que coincide con el inicio del mes de mayo, mes en la Iglesia dedicado a María, y día del trabajo en el que las calles de nuestras ciudades se llenarán de manifestantes reclamando una vida más digna y unos salarios más justos, el evangelio una escena que tiene claramente diferenciadas dos partes en que Jesús resucitado se encuentra con sus discípulos, aunque no con todos. Aparecerse sorpresivamente es la forma de decirles que está vivo y bien vivo.

La primera parte de la escena nos habla de una noche de pesca que organiza Pedro con seis de sus colegas. Era de noche y no recogieron nada. Cuando la luz del día despuntaba al amanecer y la noche empezaba a morir, un misterioso personaje que resultó ser Jesús y a quien ellos no reconocen al principio, les cambia totalmente la jornada. En nuestras vidas a la oscuridad estéril de la noche le sigue también el amanecer de un nuevo día más luminosos y esperanzador.

La clave de lo que ocurre está en que ese extraño personaje que se encuentran en la orilla les dice que tiren las redes al otro lado de la barca. Y la pesca es enorme, 153 peces de los grandes. También nosotros, cuando hacemos lo que Jesús nos sugiere en su evangelio, acertamos en la vida y pescamos en abundancia: alegría, satisfacción, paz, felicidad…

Puestos a comer algo del pescado recogido y pan acaban reconociendo, como pasó a Celeofás y su compañero que dejaron el grupo y se regresaron a su vida de antes, a su vida vieja en Emaús, al partir el pan. Ese gesto, que fue más que un gesto, a todos trajo a la memoria lo vivido unas días antes en el cenáculo aquella tarde en que les lavó los pies.

La segunda escena es el diálogo entre Jesús y Pedro. Después de comer el maestro pregunta a Simón Pedro: <<Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?>>. Pedro contesta: <<Sí, Señor, tú sabes que te quiero>>. <<Apacienta mis ovejas>>. Y así hasta tres veces.

A la tercera se llena de tristeza porque esas tres preguntas le recuerdan las tres veces que negó a su Maestro en el pretorio . Siente que Jesús le está reprochando su deslealtad. Le falta aún al pescador conocer mejor a Jesús y saber que no es reprochador ni revanchista.

Más bien pareciera que lo que Jesús les está diciendo es algo así: <<mira Pedro, aunque me hayas negado tres veces, yo no reniego de ti, te renuevo mi amistad y mi confianza y te encomiendo la misión de cuidar y atender mis ovejas, que son tus hermanos>>.

Para Jesús los que cuenta es el amor. Y eso lo debía saber Pedro que dio muchas veces muestras de que ama a Jesús y por él lo dejó todo. Dice el pasaje que cuando Juan le dice que ese extraño personaje de la orilla es Jesús, cubrió su desnudez con su túnica y se echó al agua. Sabemos que en otra ocasión hizo, pero casi se hunde porque le entró miedo.

A nosotros la reválida de nuestra vida será sobre el amor, sobre si hemos amado o no. De eso se trata. No si hemos, como Pedro, fallado a Jesús en tres o muchísimas más veces. Si hemos amado la nota de nuestro examen será alta.

Recuerdo que, en una ocasión, en una misa dominical del otro lado del océano, comentando este pasaje dije algo más o menos así: <<miren, si no quieren venir a misa no vengan, pero <<por Dios no dejen de amar>>. Supe que algunas personas volvieron a sus casas comentando que el curo dijo en la misa que ya no era necesario ir los domingos a la iglesia, que lo que en verdad importaba era amar.

Bueno, yo no dije exactamente eso, o no quise decirlo. Lo que quise decir es que amar es en verdad lo que importa y lo que Dios espera de nosotros. Seremos examinados y juzgados, no por las veces que hemos asistido o fallado en las mismas dominicales, sino por lo mucho o poco que hayamos amado.
Todo esto ya lo dije San Juan De la Cruz, cuando escribió aquello de que <<al atardecer de la vida me examinarán del amor>> Y San Agustín, que también señaló que quien ama puede hacer lo que quiera porque, si ama, todo lo que haga lo hará bien.

CREER ES CONFIAR

«Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado,
y no seas incrédulo sino creyente»

Cada año, el domingo que sigue a la fiesta de la resurrección el evangelio nos presenta este episodio que transcurre en el intervalo de ocho días y en el que se nos narran dos apariciones de Jesús resucitado a los apóstoles, en domingo ambas. En la primera de ellas Tomás no está con el grupo y cuando le cuentan sus compañeros el encuentro que han tenido con el Maestro, él no se lo cree. 

Ambas apariciones de Jesús acontecen de noche, por lo menos la primera, y se nos dice que los discípulos estaban en una casa con las puertas cerradas porque tenían miedo, miedo de que los judíos hicieran con ellos lo que hicieron con Jesús.

¡De noche y con miedo, tremenda situación! Cuantas veces en nuestra vida parece que la oscuridad lo cubre todo y nos invade el miedo, la incertidumbre y el temor. 

Pero Jesús irrumpe en nuestra vida, atraviesa los muros de nuestras puertas cerradas, se coloca en el centro de nuestro corazón y nos dice, como dijo a discípulos: <<la paz esté contigo>>. Y entonces, si en verdad le dejamos sitio en nuestro corazón, nuestro miedo se torna en alegría. También el Espíritu les 

Tomás, a quien apodaban el Mellizo, no estaba en ese momento en la casa. Se había separado del grupo. Tal vez, desencantado por la muerte del hombre en quien había puesto todas sus esperanzas, como les pasó a los dos discípulos de Emaús, dejó a sus compañeros con los que llevaba tres años conviviendo, y se volvió a su vida de entes de seguir los pasos de Jesús.

Pero algo le ardía por dentro y pensaría algo así: ¿y si es verdad lo que me han dicho? El caso es que retornó al grupo y a los ocho días, otra vez el día primero de la semana, Jesús traspasó la puerta que mantenían cerrada porque seguían con miedo. Su saludo es el mismo de la semana anterior: la paz esté con vosotros. 

Quien tiene miedo y empieza a sentir paz comienza a vencer ese miedo y a experimentar la alegría y recuperar la ilusión tal vez perdida, y también la esperanza. Se dirige a Tomás, no para reprocharle nada, sino porque lo quiere tanto que le da pena que no participe de la fe y de la alegría que sienten sus compañeros.

Jesús quiere que los corazones de sus discípulos, también el de Tomás, se llenen de su paz. Sabe que a esa paz le acompañará la alegría, la ilusión, el coraje. Porque de todo ello van a necesitar para el cumplimiento de la misión que les tiene reservada, la de anunciar el evangelio para que la gente sea más feliz y el mundo se haga mejor cada día.

Eso mismo que Jesús quiso para sus discípulos cargados de miedo es su deseo para nosotros. No quiere que el miedo nos paralice, nos encierre en nosotros mismos, se apodere de nosotros y nos impida vivir con alegría. También Jesús atraviesa la puerta cerrada de nuestra vida para darnos su paz.

Pero, para que ese mundo sea mejor cada día, tenemos que meter nuestras manos en las cicatrices de los que están cubiertos de heridas y aliviar su dolor. Es lo que mucha agente está haciendo en estos momentos al reaccionar de manera solidaria con los desplazados de su tierra por la guerra que ha convertido Ucrania en un campo de batalla, que sobrepasan ya los cinco millones de personas. Acudir en ayuda de esta gente es meter la mano en el costado de Jesús y palpar las señales de los clavos que lo tuvieron sujeto a la cruz en la que dio la vida por nosotros.

Tomás ha pasado a la historía como el hombre de fe difícil. Nos parecemos mucho a este mello. No debemos olvidar que creer es confiar. Confiar en que el crucificado volvió a la vida y venció a la muerte. Poniendo en Jesús nuestra confianza siempre encontraremos la manera de superar nuestros miedos y tener abiertas las puertas de nuestro corazón a la paz que ofrece Jesús y que da a nuestra vida la alegría de la Pascua. Confesemos también nosotros: <<Señor mío y Dios mío>>

A tiro de una semana

Hagamos que esta sSemana sea en verdad Santa y dejémonos santificar en la celebración de los principales misterios de nuestra fe.

Estamos a tiro de siete días para concluir tiempo cuaresmal e iniciar la Semana llamada Semana Santa, también conocida en muchos sitios, como Semana Mayor. Mayor porque en ella concentramos la celebración de los principales misterios que dan sentido a nuestra fe: la muerte y resurrección de Jesús para redimirnos del pecado y darnos esperanza de vida para siempre.

Bueno es que en estos días que quedan a la caminata cuaresmal apuremos el paso si es que todavía quedamos a kilómetros de la meta, que es la Pascua. No olvidemos que, si la cuaresma no termina en Pascua, de nada nos habrá servido haber iniciado la andadura el miércoles de ceniza.

A acelerar y alargar la zancada en este camino para estar listos y cruzar la meta y celebrar como se merece la fiesta, y como necesitamos celebrarla, estos grandes misterios de nuestra fe, nos ayudará traer al frente el sentido de la liturgia de los días en que se centrará nuestra celebración.

Comencemos por el Domingo de Ramos, también llamado, Domingo de Pasión. Como ocurriera aquel día por las calles de Jerusalén, también nosotros con el signo de los ramos, levantamos la voz para decir <<Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor>>. Y le llamamos a este domingo también <<de Pasión>>, para que ya desde este primer día de la semana pongamos fija nuestra mirada en la cruz con el relato de la pasión nos ofrece el evangelista Lucas. De lo que se trata es de centrar nuestra atención en la Cruz, que hasta la hora de la vigilia del sábado centrará nuestra atención.

Para celebrar la fiesta de Pascua, palabra que bien sabemos significa paso, paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, importa mucho que nos esforcemos por vivir a tope las liturgias del <<Triduo Pascual>>.

Este triduo es como una fiesta que se celebra a lo largo de tres días. Inicia con la misa del Jueves Santo, o de la Cena del Señor, día en que agradecemos a Jesús de Nazaret la institución del sacramento de la eucaristía. Amor fraterno, caridad, solidaridad y servicio son las palabras claves de este día.

El Viernes Santo recordamos la muerte de Jesús en la cruz para salvarnos del pecado y darnos la vida eterna. Se lee solemnemente la pasión de Cristo en la liturgia de la Adoración De la Cruz. Este es el único día en el que la Iglesia no celebra la eucaristía. Quiero decir que la celebración de este día no es misa en si, ya que en la eucaristía celebramos la muerte y resurrección de Jesús, acontecida al tercer día.

El viernes nos centramos, pues, en la muerte. Esta celebración es como una misa de dos días de duración. El viernes celebramos la muerte y la noche del sábado su gloriosa resurrección.

El culmen de todo es justamente la noche de la Vigilia Pascual. Los creyentes con lámparas encendidas expresamos que estamos vigilantes y a atentos a la espera de que el crucificado vuelva a vida y venza a la muerte.

Esta noche, no sólo celebramos con el grito del ¡ALELUYA! el paso que Jesús dio de la muerte a la vida al resucitar, celebramos, o al menos debemos celebrar, que también nosotros, con Él, damos el paso a una vida nueva, o renovada, que no debemos dejar morir, ni envejecer para que la alegría de la Pascua que no acaba permanezca en el corazón de cada uno de nosotros. La luz del cirio Pascual, que representa a Cristo resucitado, sea la que alumbre el camino de nuestras vidas en estos tiempos de incertidumbre en el mundo.