Un ciego de otra pasta

EL evangelio de este domingo es toda una catequesis. A quienes nos ciega la rutina, la indiferencia, la frialdad religiosa y la mediocridad de nuestra fe, Jesús quiere abrirnos los ojos, quiere que reaccionemos, que veamos las cosas de manera diferente, que nos sacudamos de esa indiferencia y frialdad, de esa mediocridad, y nos decidamos a seguirle.

Bartimeo es ciego, es decir, vive en la tiniebla, en la oscuridad, no puede conocer la verdad, ni a Jesús. Bartimeo está sentado, inmóvil, su vida no tiene nada de novedad, nada de atractivo, es un dependiente, en realidad, no puede vivir su vida en una dimensión verdaderamente humana. Está apostado al borde del camino, es un excluido, un marginado, no puede caminar por el sendero de la vida, por la ruta de Jesús.

Nuestra vida se puede parecer mucho a la de Bartimeo. Podemos ser cristianos ciegos, porque se nos pagó la fe, viviendo en la comodidad de una fe a la que ya estamos acostumbrados. Es como si fuéramos cristianos situados fuera del camino de Jesús. Bartimeo, al oír que Jesús le llama suelta el manto, dio un salto y a ciegas, guiado solo por el sonido, se acercó al Maestro a quien gritando acaba de confesar como Hijo de David.

Si es verdad que mucho son parecemos a Bartimeo, entonces tenemos que pensar que no todo en nuestra vida está perdido. Bartimeo tiene fe en Jesús y sabe que puede hacer algo para devolverle la vista, la vida. Por eso gritó, su grito es expresión de su fe.

Curado de su ceguera, este hombre, nuevo, y ya otro, siguió los pasos de Jesús. Ni siquiera, recoge el texto que fue primero a su casa, a presentarse con sus nuevos ojos ante los suyos.

Jesús pasa cerca de nosotros y podemos reaccionar. Podemos gritar como Bartimeo, “Jesús ten piedad de mi”, quiero vivir una vida más auténtica. Necesito sacudirme, tirar lejos todo lo que me impide seguir tus pasos, todo lo que me estorba, como a Bartimeo le estorbaba el manto.

Si en verdad deseamos vivir nuestra vida de una manera nueva podremos experimentar lo que experimentó este ciego del pasaje en su encuentro con Jesús: era un mendigo ciego, pero no era tonto; sabía que ese tal Jesús podía hacer algo porque su vida cambiara. Cuando Jesús le pregunta qué desea que haga por él no le pide una limosna, que eso era lo que hacía siempre, apostado al borde del camino en aquella encrucijada de senderos que iban de Jericó a Jerusalén. Le dice que quiere ver, le pide luz, y, al entrar en contacto con Jesús, recupera la vista. Estaba sentado al borde del camino, paralizado, y ahora sigue a Jesús por el camino.

Llevamos tres domingos mirando de frente la ceguera de los discípulos de Jesús, que mientras les anuncia por tres veces su pasión, ellos andan en otra onda ocupados por rivalizar entre ellos y disputarse en el reino de Jesús los principales puestos. Bartimeo parece que era de otra pasta. Los discípulos pueden seguir a Jesús porque no tienen problema con sus ojos, pero no le entienden nada porque tienen el problema en su y no entienden el mensaje de Jesús. Realmente están ellos más ciegos que Bartimeo, también están al borde del camino.

Nuestra historia se parece mucho a la de Bartimeo, también nuestros ojos se oscurecen y nos dejan en oscuridad. Sabemos que sólo Jesús puede devolvernos la vista y hacer que sigamos tras sus pasos.

EL PROBLEMA DE LOS RICOS

La Palabra de este domingo es de contrastes. Se nos presentan tres posturas bien distintas: la de Salomón, que pone la sabiduría por encima del oro, la plata y las piedras preciosas; la del joven rico, insatisfecho con la vida correcta que lleva pero que le sabe a poco y antepone su riqueza a la propuesta de Jesús, y la de los discípulos, que en boca de Pedro le dicen a su Maestro que ellos, sin parecerse en nada a Salomón, tampoco están aferrados a su pobreza porque han renunciado a todo para seguirlo.

Quiero centrarme en el pasaje del evangelio. Arrodillándose ante Jesús, como para cortarle el paso que llevaba hacia Jerusalén, le presenta una inquietud que no le deja tranquilo desde hace ya tiempo. Necesita que le oriente, que le dé un poco de luz en este momento de su vida en el que está atormentado porque busca algo más. No puede contentarse con cómo es, ni con lo que hace. La sabe a poco.

Sospecha que no basta para salvarse, para alcanzar la vida eterna, cumplir lo que está mandado. Eso lo hace desde niño y no le sirve de mucho, ni le hace sentirse bien, ni tampoco feliz.

Jesús, dice el texto, le mira con cariño. Se admira de que este joven, no debía hacer muchos como él, no se contente con cumplir las disposiciones legales que obligan a todo judío.

Tal vez esa mirada de cariño hacia el joven es porque Jesús se ilusiona con él y hasta lo imagina formando parte del grupo que le sigue a todas partes. Por eso le propone cambiar la lógica, la manera de enfocar su vida. Le viene a decir que, si el cumplimiento a cabalidad de las normas no le deja satisfecho, se meta en una aventura audaz. Que se libere de las riquezas y sus bienes, que en el fondo son la causa de su insatisfacción, y que lo venda todo, lo dé a los pobres y sigan juntos el camino que da plenitud y sentido a la vida.

Si se libera de toda esa carga, que tanto le pesa en la conciencia, sentirá alivio porque experimentará que ayudar a los demás, a los pobres, a los que no tienen lo suficiente para vivir con dignidad, le dará una satisfacción tan enorme que para él será como una sorpresa nunca vivida hasta entonces.

El joven no se entusiasmó con la propuesta de Jesús y no hizo tampoco mucho caso a su mirada cariñosa. Se fue triste y apesadumbrado porque sintió que no podía con ella porque era muy rico, y que nunca llegaría a saborear la alegría que da la libertad y el poder andar ligero de peso en la vida. A este joven el dinero le empobreció tanto que le arrebató la alegría. Muchos piensan que tener dinero es una gran suerte; este evangelio de hoy me pone a pensar que tal vez sea un enorme problema. Y, después de todo, tampoco se trata de renunciar sino de elegir bien, lo mejor.

Para Jesús la conclusión es bastante clara, el acceso de los ricos a la vida eterna se hace tan difícil como ver pasar la enormidad de un camello por la estrechez de la cabeza de una aguja.

Otra enseñanza que nos deja este evangelio es que no se puede pretender seguir a Jesús sin dejar de ser rico. Jesús dirá en otro momento que no se puede servir a Dios y al dinero. El rico que quiera ser seguidor de Jesús debe dejar de ser rico haciéndose solidario compartiendo sus bienes y riquezas.

Traigo aquí a colación un pensamiento agustiniano que viene como anilla al dedo. Escribió el santo de Hipona: “las posesiones superfluas de los ricos son las necesidades de los pobres. Almacenar cosas superfluas es una forma de robar”.

No es de los nuestros

Sorprende la terquedad de los apóstoles. Aunque, bueno, no tanto; que seguramente en su lugar nosotros hubiéramos actuado exactamente como ellos. Siguen sin entender a Jesús como Mesías tal y como él se presenta. Hemos visto que no les entra en sus cabales que la grandeza de una persona esté en la pequeñez del servicio a los insignificantes y a los que no cuentan para nada. No entienden que la pretensión de ocupar los primeros puestos no cuadra con la propuesta de Jesús.

También este domingo vemos que siguen ofuscados y sin entender nada de nada. No aceptan que a uno que han visto echar un demonio en nombre de Jesús se le permita hacerlo sin que pertenezca a su grupo, sin ser de ellos. Por eso lo descalifican y desautorizan.

Les parece inaceptable que, como ellos, ese individuo haya liberado a otra persona de lo que le tenía cautivo y atormentado y le impedía vivir su vida de manera sencillamente humana, que es lo que Dios quiere para cada uno de sus hijos.

En el fondo era una cuestión de celos. Estos mismos celos que supuraba la piel de Juan por ese ajeno al grupo que fue capaz de hacer el mismo bien que ellos, los hemos visto en la primera lectura que sintió Josué, que quiso prohibir a Eldad y Medad hacer profecía en el pueblo.

Se ve que Juan era impulsivo; tal vez por eso Jesús, a él y a su hermano, los llamó <<hijos del trueno>>. Jesús no elogia la reacción de Juan porque no coincide con su lógica. La de Jesús es que, quien hace bien y bueno a otros no puede ser reprochado, ni demonizado. No podemos andar por la vida viendo por todos los lados adversarios y contrarios simplemente porque no son, ni de nuestro grupo, ni como nosotros.

Por muy diferente que sea una persona, si en su manera de actuar coincide conmigo haciendo el bien ayudando a construir juntos un mundo mejor, está a favor de lo que promueve Jesús, sin importar para nada, absolutamente para nada, que tenga otras creencias, y siga otra religión. Todo el que hace bien está a favor de lo que propone y promueve Jesús.

Los celos nos juegan muy malas pasadas en la vida porque nos impiden ver el bien que hacen los demás y, aún sin darnos cuenta, refuerzan en nosotros la convicción errónea de que tenemos el copyright de la verdad y de lo correcto. Y, por ende, sólo nuestra religión es la verdadera y la única buena que agrada a Dios. No olvidemos que ninguna religión salva por sí misma. Quien salva es Dios que es todo misericordia.

Debemos cuidar los celos porque son siempre mezquinos y perversos porque nos impiden ver el lado bueno del otro y nos imposibilitan la necesaria tolerancia que nos enriquece con la diversidad.

La tolerancia es más que simple cortesía. Cuando escuchamos con atención al diferente nos abrimos a la posibilidad de enriquecernos con su manera de entender la vida que, <<aunque no sea de los nuestros>> puede ayudarnos a mejorar la nuestra.

Muchas otras enseñanzas nos propone Jesús en el evangelio de este domingo. Nos dice que sin recompensa no queda nadie que dé a beber un vaso de agua a quien tiene sed y que escandalizar a un pequeño es como quedar sin derecho a la vida.  Después de todo, escandalizar no es otra cosa que ir por la vida poniendo trampas a ver quién cae.

Sería bueno que hoy nos hiciéramos algunas preguntas: ¿dejamos a fuera, excluimos a quienes no son de los nuestros? ¿Nos creemos los buenos de la película? ¿Damos valor y ponemos en práctica pequeños gestos de solidaridad y misericordia como dar de beber un base de agua a alguien que tiene sed? ¿Voy por la vida poniendo trampas?

Ponerse de último y ser el primero

Para Jesús debía ser desesperante ver que sus discípulos, por más que él se lo explicaba, no entendían nada, o no querían entender, -que bien sabemos que no hay peor ciego que el que no quiere ver-.

El domingo pasado, después de responder Pedro a la pregunta de Jesús de quién era él para ellos, se da cuenta que la cosa no marcha bien y que debe poner más empeño en explicárselo mejor, o de manera más clara, para que puedan comprender. En el evangelio de este domingo vemos que pasa exactamente lo mismo.

No sólo Pedro no lograba entender el mesianismo de Jesús. Tampoco sus discípulos. Todo esto debió llevar al Maestro a poner un mayor empeño en instruir con calma a sus discípulos evitando las molestias de la gente.

Quiere que entiendan, de una vez por todas, que su mesianismo no es como ellos se lo imaginan. E insiste en que él va a sufrir, va a morir, pero resucitará. Fue este el segundo anuncio de su pasión y resurrección.

Ellos, judíos al fin, siguen sin entender, tal vez porque ni atención le prestan pues andan navegando por otros espacios siderales. Estaban en otra onda. Siguen pensando que seguir a Jesús, ellos que lo han dejado todo para estar con él, les reportará grandes beneficios, prestigio y poder. No piensan, ni anhelan otra cosa.

Ni siquiera son unánimes a la hora de imaginar el tipo de mesianismo de Jesús y discuten. Jesús se da cuenta y les pregunta por la disputa. Seguramente, temiendo que les diera a ellos el mismo reproche que a Pedro, a quien llamó Satanás porque estaba haciendo su papel, no se atrevían a contarle nada.

En el fondo los apóstoles tienen pánico al acontecimiento central del Evangelio que anuncia Jesús. Jesús intuye que el tema de la discusión no era un asunto menor, sino algo que afectaba a lo esencial de su proyecto.

Por eso les dice que quien quiere ser su seguidor no puede pretender ni aspirar al poder, ni ocupar los primeros puestos. Lo esencial, lo que de verdad da grandeza, es el servicio a los demás. La manera de ocupar el primer puesto es colocarse de último en la fila dando siempre prioridad a los demás. Ya lo dijo en otra ocasión: “los últimos serán los primeros y los primeros últimos”.

Entender así la propuesta de Jesús hoy resulta tan contradictorio como lo fue para Pedro y sus colegas pensar en un mesías maltratado, fracasado, violentado y muerto.

Y ponerse de último es hacerse uno niño, hacerse proyecto por realizar, capaz de crecer, de tomar forma y llegar a ocupar los primeros puestos que ocupan los que sirven. Jesús, al poner a un niño en el centro y abrazarlo no nos está invitando simplemente a ser cariñosos con los pequeños.

Los niños eran irrelevantes en la familia y en la sociedad. Y Jesús resalta que quien acoge a un irrelevante le acoge a él, y por ende a Dios. Este gesto de Jesús poniendo en el centro del grupo a un niño lo podemos mirar como una denuncia y una reivindicación a nuestra sociedad de hoy que excluye y margina a los menores abusando de su debilidad e indefensión. Pensemos, por ejemplo, en el trabajo infantil o en las víctimas de pederastia.

Poniendo al niño en el centro y abrazándolo, Jesús nos enseña que la gente vale por el mero hecho de ser, de ser un ser humano, no por su relevancia ni por su prestigio.

En definitiva, la Palabra de este domingo nos dice que, para creer en Jesús y seguirle, dos cosas son esenciales y nunca las debemos olvidar. Una es que hay que ponerse de último para estar adelante porque va de último el que sirve y así llega, a los ojos de Dios, a los primeros lugares nunca pretendidos. Y la otra, poner nuestra mirada en los pequeños, en los que no son importantes ni tienen relevancia.

Pero, en esta sociedad nuestra tan competitiva hasta a un creyente se le hace difícil de aceptar esta propuesta de Jesús. Tal vez nos tranquiliza ver que, si eso mismo pasó a los discípulos, nada tiene de extraordinario que nos pase a nosotros.

¿Mesías o Hijo del hombre?

El evangelio de hoy nos permite intuir que hasta el mismo Jesús se sentiría sorprendido consigo mismo y, entre al rechazo de unos y la acogida de otros, podría preguntarse si estaba haciendo lo correcto, si estaba en el buen camino y si debía continuar con su tarea.

Que Jesús era un personaje controversial y polémico no es necesario explicarlo mucho. El evangelio está lleno de escenas que muestran episodios en los que sorprende a unos y otros y no deja a nadie indiferente. A unos sorprende por su buen hacer curando enfermos, liberando personas que estaban sometidos por enfermedades mentales, dadno esperanza; pero a otros enrabieta porque ven su conducta fuera de la ley y de lo que se consideraba normal y permitido. Entre estos otros estaban los dirigentes religiosos, escribas, fariseos, y hasta una parte de su núcleo familiar.

Tal vez por todo esto hace un sondeo o, según se mire un examen, a sus discípulos para ver qué piensa la gente de él y, muy particularmente, qué piensan de él ellos, que están cada día con él y deben conocerlo mejor que nadie, mejor que <<la gente>>. Le interesa saber si ellos piensan de él lo que piensa la gente del montón o tienen una idea distinta y más certera.

Pienso que hubiera sido interesante que el pasaje recogiera también el pensamiento, no sólo de Pedro, que parece hablar en nombre del grupo, sino de los otros once compañeros. Ver si coincidían en decir que era el Mesías y si lo entendían como tal e la misma manera.

Aprovecha Jesús la ocasión para testificar ante ellos lo que él piensa de sí mismo. Parece que se trata de poner todo en su sitio: qué piensa la gente, qué pienses sus discípulos y qué piensa él mismo de sí. Y, Lo que él dice de sí mismo difiere mucho de lo que confiesa Pedro, como se ve en el desenlace del episodio. Jesús no se define como Mesías, sino como Hijo del hombre, que ni es lo mismo ni es igual porque no tiene la misma interpretación ni el mismo alcance.

Viene a decir Jesús que para ser realmente el Mesías que redime y libera tiene que pasar primero por ser Hijo del hombre, es decir, experimentar en carne propia lo que todo hombre experimenta: sufrimiento, pesar, dolor, tristeza…  Su destino es sufrir hasta morir. Pero vencerá la muerte porque retornará a la vida al resucitar. Y es bueno que sea así porque esa es clave de la redención y la clave también de nuestra esperanza de vida.

Esta manera de entenderse Jesús a sí mismo como Hijo del hombre choca y se contradice con lo dicho por Pedro. Son incompatibles ser el Hijo del hombre, tal como lo entiende Jesús y el Mesías tal como lo conciben Pedro y los otros once porque un Mesías debe dar muestras de fuerza y no de debilidad dejándose apalear hasta la muerte. ¿Dónde se ha visto semejante cosa?

El enojo de Jesús no es pequeño. Tanto se enoja que, enrabietado, le dice con toda franqueza a Pedro que se está poniendo en el mismísimo papel que Satanás desempeñó en el desierto cuando a ese océano de arena le condujo el Espíritu tras recibir el bautismo de Juan. Le dice que se retire, que se aparte de él, que se ponga tras él.

Ya, como vemos en el pasaje, la cosa no queda sólo entre los discípulos y Jesús. Llama a la gente para hablarle con la misma franqueza y dejarles diáfanamente claro que para ser el Mesías hay que ser primero Hijo del hombre. Por eso dice que “el que quiera seguirme, niéguese a si mismo, cargue con su cruz y me siga.” Y esto es así porque “el que quiera salvar su vida la perderá; quien la pierda por mi y por la Buena Noticia, la salvará”.

A nosotros también nos pregunta hoy Jesús ¿quién soy yo para vosotros? No se trata de decir lo que ya sabemos, que es el Mesías enviado por Dios para salvar al mundo. Se trata de ver si para decir que creemos en él, seguimos su camino, dejamos de pensar en nosotros mismos, y abrimos nuestro corazón a los demás, que eso es negarse. Se trata de cargar la cruz que nos toca cargar en la vida y, con esa cruz arriba de nuestros hombros seguimos su ruta. Así también nosotros somos hijos de hombre. Nos vamos desviviendo en la vida, que eso es perder para ganar.

Vida eterna al alcance de la mano

En esta España, “camisa blanca de mi esperanza, a veces madre y siempre madrastra”, como canta Ana Belén, escrita por su pareja Víctor Manuel, el pasado domingo celebramos la fiesta Santiago Apóstol, patrón de quienes estamos en este pedazo de tierra de la piel de toro.

La liturgia correspondiente al domingo XVII del tiempo ordinario cedió su preeminencia a la del apóstol y no se proclamó el evangelio de Juan que correspondía. Jesús, conmovido por la enorme multitud de gente que veían sus ojos, dio de comer con dos peces y unos panes a todo ese mogollón de gente que tenía en frente y sació su hambre. El de este domingo es su continuación. La gente que se ha saciado gratis de pan y peces busca a Jesús para que les siga alimentando y saciando su hambre.

Estaremos todos de acuerdo en que para un humano las dos necesidades más básicas que deben ser cubiertas son la salud y la alimentación. Y, tratándose de gente en precariedad que no tienen cómo cubrir ni una ni otra, ambas necesidades son una urgencia perentoria.

Cuando rezamos la oración del Padrenuestro pedimos: “danos hoy nuestro pan de cada día”. En esta plegaria no se pide otra cosa trabajo para poder llevar cada día a la casa el pan limpio con el que alimentar a la familia. De lo que se trata es de estar sanos para vivir de la mejor manera posible. Y para ello es necesario alimentarnos suficientemente bien. Todos sabemos que una deficiente alimentación genera enfermedades.

Jesús se da cuentas que lo buscan por ese interés tan humano y natural y no se lo reprocha en absoluto, pero les dice que vivir es más que comer y tener salud. Vivir es ser felices, aunque para ello es preciso tener cubiertas esas necesidades básicas.

Les dice que no se conformen con ese pan, que después de todo es transitorio, que aspiren a otro que da vida eterna, vida plena. Este otro alimento quien lo da es el Hijo del hombre, es él mismo.

Generalmente, cuando oímos hablar de vida eterna, pensamos en la otra vida, la que viviremos en el cielo después de salir de este mundo. No son pocos los que tienen dificultad para creer en esta otra vida. Creo que en la cabeza de Jesús está algo más sencillo que todo eso. Vida eterna es, por ejemplo, sentirse bien con los demás, querer bien y ser bien queridos, gozar la compañía de los amigos, tener alegría. Sencillamente, ser felices.

Cuando aquí abajo en la tierra vivimos así, al estilo de Jesús, el hambre y la sed se satisfacen por añadidura, una añadidura que a veces proviene de la solidaridad de los amigos, de la gente buena, de los <<santos de la puerta de al lado>>.

Este nuevo estilo de vida que se centra en lo esencial viene de la fe y se hace realidad en el seguimiento a Jesús.

La gente, pues, no busca al Maestro sólo por el interés de seguir alimentados de gratis. Tiene un sincero deseo de hacer lo que Dios quiere para disfrutar ya la vida eterna aquí abajo, anticipo de la que continuará en las alturas. Y Jesús les dice que lo que Dios quiere es que crean en él, que acojan ese don del Padre que es él mismo. Todo lo demás, vendrá por añadidura.

Creyendo en Jesús, siguiendo sus pasos, la vida eterna, la vida plena, la vida feliz la tenemos alcance de la mano, a ras de suelo, sin esperar a que nos llegue la hora de cruzar las nubes y entrar en el cielo.

De este pan de vida eterna seguiremos hablando los dos próximos domingos.

Cuestión de equilibrio

El evangelio de este domingo empalma con el de la semana pasada. Jesús envió a los discípulos en misión porque la mies es mucho y se necesitan muchos brazos para ecahr una mano. Fueron de dos en dos y volvieron entusiasmados y con necesidad de contar y compartir la experiencia tenida.

El evangelista Marcos muestra la preocupación de Jesús por sus discípulos. Jesús quiere que descansen. Pero la gente no se lo permite porque era grande el interés que tenían en conocer más de Jesús y su novedad. Esta urgencia de la gente era tal que, como señala el evangelio, no tenían chance ni de comer.

El enorme interés de la gente, que de todas las aldeas lo andaban buscando, por estar con Jesús queda claro. Dice el texto que eran tantos los que iban y venían en su busca que no tenían tiempo ni para comer. 

Tal vez en otras circunstancias Jesús hubiera reaccionado de manera diferente y le hubiera dicho a Pedro que se adentrara en las aguas del lago para ir a otros lugares y alejarse del tumulto. Esta vez accede a la demanda dándose cuenta de qué es lo que tiene que hacer en vista de lo que la gente demanda.

Regresan los discípulos de la misión que Jesús les encomendó. Se ve que les impactó mucho la experiencia y necesitaban compartirle al Maestro lo vivido. Seguramente que lo más impacto causó a los discípulos fue constatar la enorme necesidad que la gente tenía de escuchar una palabra nueva, un mensaje nuevo, diferente al que estaban acostumbrados a oír de sus dirigentes religiosos y que no lograba ilusionarles ni alegrarles la vida.

Jesús quiere estar con ellos a solas en un lugar tranquilo para compartir lo vivido, pero la urgencia es tal que la gente se les adelanta y frustra esos planes sosiego, descanso y compartir. Ese mogollón de gente le hace ver que están como ovejas si pastor, a la deriva, sin nadie que, les muestre un camino en el que se sientan seguros. Ser en la vida como una oveja que no tiene pastor, ni rumbo, ni quien le marque el camino es una verdura urgencia que no puede aplazarse a un momento mejor. Importa más atender eso necesidad que tomarte tu tiempo de descanso. Deja por tanto Jesús a un lado su legítimo derecho al descanso y a estar con sus discípulos y se puso a enseñarles con calma. 

A Jesús nunca le molesta la gente. Hoy tenemos que dejarnos molestar por el hermano que nos necesita y que tiene una urgencia. A Él le mueve la compasión porque siente que están como ovejas sin pastor y que es necesario coger las cosas con calma y enseñar sin prisas, sin decir: no tengo tiempo, tengo mucho que hacer, me están esperando en otro lugar.

Este evangelio, a quienes tenemos la responsabilidad de pastorear el rebaño nos interpela. Nos tenemos que preguntar si sentimos compasión de la gente, o si, por el contrario, tratamos, aún de manera cortes, de quitárnosla de encima cuando nos piden un poco de nuestro tiempo para escucharlos.

Pero también interpela, por ejemplo, a todos los padres de familia que son los pastores a quienes Dios ha encomendado el pequeño rebaño del hogar. Muchos ven con pesar que también sus hijos andan como ovejas sin pastor y que ellos, ni siquiera tienen tiempo para encauzar o enderezar el camino. También en este escenario la compasión juega un papel importante y todos debemos tenerlo muy presente.

Dejar de lado nuestro legítimo derecho a descansar dando prioridad a la necesidad de quienes tenemos al lado, es lo que tenemos que hacer y lo que nos pide Jesús en el evangelio de este domingo.

Todo esto no quita que también dediquemos tiempo a la alegría y al compartir. Nos pasa que creemos que ser cristianos es dedicar sólo tiempo a las celebraciones, a las reuniones de grupo para estudiar temas y crecer en la fe y nos olvidamos de que también ser seguidores de Jesús implica habilitar espacios para el descanso, la fiesta y la alegría. 

A este respecto San Agustín escribió: <<Un grupo de cristianos es un grupo de personas que rezan juntas, pero también conversan juntas. Ríen en común y se intercambian favores. Están bromeando juntas, y juntas están en serio. Están a veces en desacuerdo, pero sin animosidad, como se está a veces con uno mismo, utilizando ese desacuerdo para reforzar siempre el acuerdo habitual.

Aprenden algo unos de otros o lo enseñan unos a otros. Echan de menos, con pena, a los ausentes. Acogen con alegría a los que llegan. Hacen manifestaciones de este u otro tipo: chispas del corazón de los que se aman, expresadas en el rostro, en la lengua, en los ojos, en mil gestos de ternura».

Después de todo, es cuestión de equilibrio. Debemos hacer un buen uso del tiempo. Porque tiempo hay, o debemos disponerlo, para todo: para afanarnos y para pasarlo bien en fraternidad. Pienso en nuestra comunidad parroquial. No sé si por el miedo al coronavirus, hemos dejado de lado espacio para divertirnos, para compartir, para la alegría. La fatiga pandémica nos ha dejado sin alegría y las mascarillas ocultan nuestra sonrisa.

No desistir

Lo que deseamos con afán lo buscamos con empeño si perseveramos en el intento. Creo que es lo que le pasaba a Jesús. Se admiró, lo vimos el domingo pasado, de la fe de dos personas que pusieron en él toda la confianza porque se sentían seguras pensando en su urgencia.

Una era el jefe de la sinagoga, que tenía una hija en las últimas y, confiaba tanto en Jesús que le ruega que haga algo por ella, poca cosa, simplemente imponerle las manos. La otra, una mujer que llevaba doce años cargando sobre sus espaldas una enfermedad que le producía dolor y vergüenza y, además, le había dejado arruinada porque se gastó todo en médicos que no dieron con la solución.

No fue, realmente Jesús quien curó a la mujer y devolvió a la vida a la niña, que tenía de edad los mismos doce años que llevaba la mujer cargando la vergüenza de la impureza de sus hemorragias menstruales. Fue la fe de ambos la que hizo que las cosas cambiaran y que, lo que parecía imposible se hiciera realidad “porque para Dios no hay nada imposible”.

La fe en Jesús llevó a ambos a perseverar en su empeño confiados en que el Maestro no se resiste a nada que tenga que ver con la vida porque así es, compasivo, misericordioso y sensible al dolor de los que sufren.

Tal vez, animado por ello, Jesús va a su pueblo, a su gente, con el deseo de hacerles partícipes de la grandeza de la fe y deseando que también su gente, con los que se había criado, y creció, llegaran a lo que otros ya habían llegado. Quería a cercarlos también a ellos a Dios.

Pero no le salieron bien las cosas. Decepcionante, muy decepcionante, debió resultarle a la actitud de sus compañeros de aldea. No fue bien recibido, ni siquiera por sus parientes, nadie salió a su encuentro, nadie le sacó a la entrada de Nazaret a los enfermos para que los curara, como hacían en otras aldeas.

Y cuando llegó el sábado se fue a la sinagoga para encontrarse con los suyos. Allí empezó a hablar de las cosas que hablaba, de Dios, de la bondad de los corazones, de que seamos hermanos, en fin, de todo aquello que sirve a los pobres para ver la vida con un poco de esperanza. 

Su reacción, tras escucharlo, fue de asombro y admiración, pero también de desconfianza. Admiración por la belleza de su elocuencia y desconfianza porque, después de todo es uno como ellos, el hijo del carpintero y carpintero también. Además, aunque muchas de las cosas que decía les atraía, pero no les resultaba fácil aceptarlas porque se dan cuenta que su compueblano ha cambiado mucho en su manera de pensar desde cuando dejó la aldea y se fue por esos mundos de al lado.

Jesús se desencantó, pero este desencanto no le lleva ni al desaliento ni al desánimo. Concluye el relato de Marcos señalando que Jesús se sorprendió de su falta de fe y que no pudo hacer ningún milagro, que tan sólo curó a algunos enfermos y se marchó a los otros pueblos a seguir, erre que erre, con su misión de anunciar la Buena Nueva a todo el que quiera acogerla.

Es esta parte del final del pasaje la que más me pone a pensar a mí. Dicen que estamos entrando, al menos en este lado del océano en la quinta ola del Covid. La llamada <<fatiga pandémica>> a todos nos está pasando factura, al menos a mí si. Y nos sentimos desganados, algunos a punto de tirar la toalla, como los boxeadores que están cercanos a caer de bruces en la lona del cuadrilátero. Se nos pide que no bajemos la guardia y que sigamos atentos con todas las precauciones aconsejadas para esquivar este puñetero virus que ha cambiado tantas veces de cara que ya ni lo reconocemos.

Jesús, siguió con lo suyo, aunque su gente, y su propia familia no le acogieron. No aprovecharon la oportunidad de abrirse y acercarse a Dios. Se llevó la oportunidad a otras aldeas y a otras gentes que si la acogiesen.

Nadie, o muy poca gente, supongo, consiguió, en su primer intento, el sí de la persona a la que quería conquistar para soñar juntos un futuro en pareja. Sé de más de uno, y de una, que la persistencia lo llevó al éxito porque <<tanto va el cántaro a la fuente>> que al final se rompe>>. Y ceden las resistencias.Sí, la clave de alcanzar lo soñado está en la persistencia, no en desistir.

Tres jueves hay en el año..

…Que relucen como el sol: Jueves Santo, Corpus Cristi y el día de la Ascensión. Así canturreaba mi padre este dicho, que hoy ya no tiene mucho sentido por que desde hace ya no pocos años esta fiesta, que en el calendario litúrgico está marcada para el pasado jueves, se ha trasladado al domingo.

Yo a esta fiesta le tengo un aprecio especial pues ese día en mi pueblo, como siempre ha sido costumbre, por primera vez comulgué. De eso hace ya seis décadas, pero hoy todavía lo siguen haciendo en este día.

De todos modos, celebrar en domingo una fiesta que se debe celebrar en jueves no es tan relevante. Además, cuando contamos cuarenta días partir de la resurrección, siempre caería en jueves el acontecimiento de la subida de Jesús a los cielos una vez concluida su misión entre nosotros. De todos modos, tampoco se trata de cuarenta días calendarios. El 40 tiene en la Biblia un significado que nos habla de plenitud: el diluvio duró 40 días y 40 noches; la marcha de los israelitas por el desierto, 40 años; el ayuno de Jesús en el desierto después de recibir el bautismo de Juan también dicen los evangelistas que duró 40 días. 

En el caso de la fiesta de hoy, digamos que Jesús, tras resucitar, debió permanecer en la tierra el tiempo suficiente hasta que sus discípulos quedaran listos para ponerse manos a la obra y empezar a realizar la misión de llevar por todos los rincones del mundo la Buena Noticia que él les había compartido, que fue la misión que les encomendó. Seguramente fueron bastantes días más que esos cuarenta así que no hay problema en que la Ascensión, en vez de celebrarla en jueves, la celebremos en domingo.

Retornando al cielo y sentándose a la derecha del Padre es como Jesús culmina su tarea, tarea bien cumplida. Pero no es sólo misión cumplida, no. La Ascensión del Señor es para nosotros una fiesta que nos habla mucho de esperanza. El cielo, de no haber sido porque Jesús, permanecería cerrado y no tendríamos pasaporte ni salvoconducto para entrar a él. Jesús lo abrió de par en par para que también nosotros podamos ocupar la morada que nos dijo que tenemos reservada porque su nueva tarea ahora es hacernos sitio para que podamos estar también nosotros con él junto al Padre.

Ver así las cosas cambia mucho la perspectiva. Nuestra vida, que es para siempre, es decir, que ni siquiera se acabará cuando finalicen nuestros días en el peregrinaje de este mundo, la vamos a vivir a plenitud, no durante 40 días, ni cuarenta años, ni cuarenta nada; no, la vamos a vivir eternamente, para siempre. Yo no sé vosotros, amables lectores, pero yo no quisiera vivir eternamente la vida peregrinando en este mundo sorteando pandemias y cada dos por tres ponerme vacunas para que ningún virus acabe conmigo. Yo quiero vivir la vida plena en el cielo y ocupar la suite que Jesús me tendrá preparada. Y, como Jesús es gente de palabra, la cumple.

Pero, en lo que ese día llega, que tampoco hay prisa, tenemos que poner los pies y la mirada en la tierra, no quedarnos bociabiertos mirando al cielo. Debemos dar continuidad con nuestro trabajo a la misión que inició Jesús al humanizarse y descender del cielo. Esa misión es la que encomendó a sus discípulos. También Pedro y los demás están ya ocupando su sitio; nosotros aquí seguimos en la tierra y a nosotros nos toca recibir el testigo de esta carrera de relevos. Debemos poner todo nuestro empeño en que la acción misionera siga su curso. Esa es ahora nuestra tarea. 

Nos dice Marcos que los discípulos no perdieron su tiempo, “salieron a predicar por todas partes”. Y dice que les acompañaba el Señor, ahora con su nueva forma de presencia, y que hacían, con su predicación y el testimonio de su vida, muchas cosas en favor de la gente. Así el mundo se empezó a humanizar un poco más cada día. Ahora es nuestro turno.

Dios es Todopoderoso porque se humanizó

No he podido evitar al meditar el evangelio de este miércoles de la IV semana de Pascua, hacerme la pregunta que mucha se hace de que, si Dios es tan poderoso, como confesamos en el credo, y como desde niños nos enseñaron, cómo permite el mal, como no impedido la tragedia humana y matado al covid19 antes de que hiciera tanto daño? ¿Será que no lo es tanto? ¿Será que tampoco es tan bueno como decimos que es?

Este evangelio de Juan que hoy se ha proclamado en las misas de las parroquias me hace ver, tal vez sin pretenderlo expresamente, que hay en él mucha luz sobre este asunto. Después de todo, como se narra en el pasaje, Jesús, gritando, alzando la voz, dice que “ha venido al mundo como luz” de manera que quien cree en él no se ve atormentado por las tinieblas. Y creo que ciertamente sobre este problema del mal que a muchos les dificulta ilusionarse con la fe y el seguimiento de Jesús, ofrece hoy buena y mucha luz.

Lo que Jesús plantea, en el fondo, es que el verdadero poder de Dios, donde Dios se ha manifestado como todopoderoso, como omnipotente, es cuando decidió humanizarse, venir a este mundo y adentrarse en nuestra pequeñez y fragilidad. Eso, sólo lo puede hacer alguien que es realmente poderoso. Pablo en la carta a los cristianos de la ciudad de Filipo les dice que: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”. (Flp 2,6-11)

O sea que Dios es realmente omnipotente al abajarse hasta nosotros y manifestarse en la debilidad humana. Dios es Todopoderoso al renunciar a su condición de superhumano y aceptar nuestras limitaciones y hacerse uno más con nosotros y como nosotros.

Quien se encuentra con Jesús, se encuentra y ve a Dios porque Jesús y el Padre, que es quien le ha enviado, son una misma cosa. Aplicando nuestra lógica a esta cuestión, otra conclusión a la que podríamos llegar es que, si el verdadero poder de Dios está en su humanización, también entonces nosotros, en la medida en que sigamos en nuestros límites humanos, somos poderosos como Él porque, como bien sabemos, hemos sido creados a su imagen y semejanza. Sobrepasar nuestros límites humanos nos deshumaniza de tal manera que nos hace perder la semejanza con Dios que es donde está la belleza humana. Y hoy, en estos tiempos que corren, la deshumanización parece que campa por sus fueros.

Por tanto, también nosotros, como Dios, somos todopoderosos en la medida en que sigamos siendo plenamente humanos y no deshumanicemos.