Dios es Todopoderoso porque se humanizó

No he podido evitar al meditar el evangelio de este miércoles de la IV semana de Pascua, hacerme la pregunta que mucha se hace de que, si Dios es tan poderoso, como confesamos en el credo, y como desde niños nos enseñaron, cómo permite el mal, como no impedido la tragedia humana y matado al covid19 antes de que hiciera tanto daño? ¿Será que no lo es tanto? ¿Será que tampoco es tan bueno como decimos que es?

Este evangelio de Juan que hoy se ha proclamado en las misas de las parroquias me hace ver, tal vez sin pretenderlo expresamente, que hay en él mucha luz sobre este asunto. Después de todo, como se narra en el pasaje, Jesús, gritando, alzando la voz, dice que “ha venido al mundo como luz” de manera que quien cree en él no se ve atormentado por las tinieblas. Y creo que ciertamente sobre este problema del mal que a muchos les dificulta ilusionarse con la fe y el seguimiento de Jesús, ofrece hoy buena y mucha luz.

Lo que Jesús plantea, en el fondo, es que el verdadero poder de Dios, donde Dios se ha manifestado como todopoderoso, como omnipotente, es cuando decidió humanizarse, venir a este mundo y adentrarse en nuestra pequeñez y fragilidad. Eso, sólo lo puede hacer alguien que es realmente poderoso. Pablo en la carta a los cristianos de la ciudad de Filipo les dice que: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”. (Flp 2,6-11)

O sea que Dios es realmente omnipotente al abajarse hasta nosotros y manifestarse en la debilidad humana. Dios es Todopoderoso al renunciar a su condición de superhumano y aceptar nuestras limitaciones y hacerse uno más con nosotros y como nosotros.

Quien se encuentra con Jesús, se encuentra y ve a Dios porque Jesús y el Padre, que es quien le ha enviado, son una misma cosa. Aplicando nuestra lógica a esta cuestión, otra conclusión a la que podríamos llegar es que, si el verdadero poder de Dios está en su humanización, también entonces nosotros, en la medida en que sigamos en nuestros límites humanos, somos poderosos como Él porque, como bien sabemos, hemos sido creados a su imagen y semejanza. Sobrepasar nuestros límites humanos nos deshumaniza de tal manera que nos hace perder la semejanza con Dios que es donde está la belleza humana. Y hoy, en estos tiempos que corren, la deshumanización parece que campa por sus fueros.

Por tanto, también nosotros, como Dios, somos todopoderosos en la medida en que sigamos siendo plenamente humanos y no deshumanicemos.

Dios a todos nos quiere pastores

Cuando la curva descendente de la cincuentena pascual se acelera, dejamos atrás las apariciones del crucificado que resucitó al tercer día a sus discípulos y nos enfilamos hacia la fiesta de la Ascensión y de Pentecostés que celebraremos el 16 y el 23 del próximo mes de mayo respectivamente.

Este domingo es el cuarto de pascua y, cada año en este día, nos centramos en la figura de Jesús Pastor bueno. Es el domingo del Buen Pastor. Cuando hoy nos preguntamos quienes son pastores, quienes tienen encomendado el cuidado y la atención de un rebaño enseguida pensamos en los curas que están al frente de parroquias, colegios etc.

Puede que hoy, a las nuevas generaciones la figura de las ovejas y del pastor no les sea muy familiar. De tan urbanos que nos hemos vuelto, las escenas que tienen que ver con la vida rural son escasas y dicen poco. Pero no era así en los tiempos de Jesús.

En aquel entonces abundaban por las aldeas las escenas de pastores que guiaban sus rebaños por las veredas a buenos pastos. Para el pueblo de Israel el mismo Dios es pastor. El salmo 79 canta en su inicio: “Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño; tú que te sientas sobre querubines, resplandece ante Efraín, Benjamín y Manasés; despierta tu poder y ven a salvarnos”. Dios pastor sacó al pueblo de la esclavitud de Egipto y lo condujo por el desierto hasta la Tierra de Canaán. No es extraño que Dios escogiera también a un muchacho cuidador de ovejas, David, para que pastoreara como rey a su pueblo y lo pusiera al frente de un reino fuerte y poderoso.

Aquella gente sabía distinguir los pastores buenos de los que eran descuidados, y hasta malos porque desatendían sus ovejas al no ser los dueños. Jesús en el evangelio de este cuarto domingo de pascua se presenta a sí mismo como el Buen Pastor. 

Al presentarse así no se da autobombo. Distingue claramente un pastor bueno de otro que no lo es. La nota diferenciadora de un pastor bueno de otro que no lo es está en la manera de conducir el rebaño. El pastor bueno da la vida por sus ovejas porque las siente y las quiere como suyas. Al pastor asalariado, en cambio, las ovejas no le importan mucho; después de todo no son suyas. Cuando ve que los lobos merodean el rebaño sale huyendo porque no quiere arriesgar su vida y le trae sin cuidado la suerte de las ovejas. El pastor bueno las protege y cuida y arriesga su vida hasta que ahuyenta el peligro.

El pastor que es bueno conoce bien a sus ovejas porque es cercano a ellas y se preocupa, incluso, por aquellas ovejas que, aunque no están en su redil, las quiero con él para que estén a buen recaudo.

La Palabra de este domingo nos interpela a todos, no sólo a los curas responsables de las parroquias que conforman una iglesia local que llamamos diócesis. A ser pastores, en mayor o menor medida somos todos. Lo son unos padres a quienes Dios les ha confiado el cuidado de un pequeño rebaño que son sus hijos por quienes también dan la vida y cuidan y protegen para que crezcan fuertes y sanos.

Pastores son también los maestros que conducen el rebaño de sus alumnos. Puede que algunos no sean buenos pastores al estilo de Jesús, porque se limitan a trasladar unos conocimientos a los estudiantes, pero desatienden sus responsabilidades como educadores. Pastores son también, por ejemplo, los médicos que atienden a sus pacientes amenazados por el lobo de la enfermedad y el quebranto y les devuelven la vida en riesgo que padecen.

Pastores son, deberían ser, también los políticos y dirigentes de la sociedad. Sus ovejas son los ciudadanos y su responsabilidad es conducirlos a buenos pastos para que haya paz y la vida fluya con alegría y sin miedo. Lamentablemente, lo que vemos en los medios no habla bien de estos pastores.

No hay otra manera de ser pastores buenos que parecernos en el desempeño de esta misión a Jesús, el Buen Pastor. Desvivirse por las ovejas que tenemos encomendadas, protegerlas y cuidarlas de los lobos que las acechan hoy, ser cercanos a ellas y conocerlas tan bien que hasta sobran las palabras y tener una actitud de acogida y respeto hacia las que no están todavía en el redil en el que todos caben es la forma de ejercer nuestro pastoreo al estilo de Jesús y ser, como él buenos pastores.

Alegría y paz

Todos los segundos domingos de Pascua el evangelio nos presenta dos apariciones de Jesús a sus discípulos tras la resurrección, que se producen en el transcurso de ocho días. Las dos acontecen en el primer día de la semana, lo que hoy nosotros llamamos domingo, que es el día del Señor.

Para quien está turbado, y triste, en una profunda desesperanza, no hay mejor medicina que recibir paz, alegría y razones para creer. 

Es lo que hace Jesús al salir al encuentro de los amigos que le han acompañado por tres años recorriendo con él las aldeas de Galilea y escuchando de su voz enseñanzas que les hacían ver la vida con otros ojos y con más ilusión. Ellos estaban y abatidos y en un desencanto tan grande qué no saben qué hacer. 

A Jesús le apena el miedo que sus discípulos tienen a lo que los judíos puedan hacer con ellos simplemente por ser seguidores suyos. Están con las puertas cerradas, pero el corazón lo tienen abierto, a ver si la promesa de la resurrección el crucificado la cumplía. 

El que ama mucho, como Jesús, hace cosas que parecen, y son, humanamente imposibles, atraviesa puertas y muros y levanta el ánimo de los decaídos amigos. De hecho, dos dejaron ya el grupo viendo que aquel en quien había puesto todas sus esperanzas no daba señales de vida y retornaban, seguramente avergonzados, a su pueblo, a su vida de antes de entusiasmarse con la propuesta de Jesús.

Tampoco Tomás, víctima de desencanto, está con el grupo. Se ha ido, como Cleofás y su compañero, a retomar su vida vieja. Ha desistido. Pero, así como a los de Emaús les ardía el corazón cuando ese extraño pasajero que se les unió camino de regreso a su pueblo les comentaba lo que del crucificado decían las escrituras, algo le ardía también a El en el suyo sintiéndose fuera del grupo con el que había convivido a diario.

Tal vez por eso, el mellizo, a los ocho días, estaba con ellos otra vez. Le cuentan que Jesús está vivo y se les ha aparecido. Pienso que Jesús sintió profundo pesar por la ausencia de Tomás y quiso retornar otra vez para que no quedara su amigo sin el don de la fe. Bien sabía Jesús que la fe de los suyos sólo sería firme si se sustentaba en la experiencia de encuentro con él y que Tomás necesitaba certificar lo que le cuentan para llegar a ella.

Jesús, que contó aquella parábola del pastor que tenía cien ovejas y, al perdérsele una, dejó las noventa y nueve y se fue tras la que se había alejado, que salió al encuentro de los desertores que dejaban Jerusalén y se retornaban a Emaús, es el que a los ocho días de presentarse ante sus discípulos llenándolos de alegría y de paz, nota y lamenta la ausencia de una de sus ovejas y no estaba dispuesto a perderla. Vuelve a presentarse a los ocho días para recuperarla y también participe de la misma paz y alegría que cambió la vida de sus compañeros.

Como he comenzado esta reflexión reitero que quien está turbado lo que necesita es paz y quien esta triste, alegría y quien está sin esperanza, razones para la fe. Necesitaban paz en sus corazones y Jesús, dice el texto, repitió esa mágica expresión en tres ocasiones. Cuando se reunió con ellos para la Última Cena les advirtió que estarían tristes dentro de poco, pero que su tristeza se convertiría en alegría. “Vosotros ahora estáis tristes; pero os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y nadie os la quitará” (Jn 16,22)

Tomás ha llegado a nosotros como el hombre a quien se le resiste la fe. Este relato nos dice que, para creer en Jesús, para creer en Dios, hay que tocarlo, hay que acercase tanto, tanto, que podamos introducir nuestros dedos en su costado y en sus llagas.

Comentando este pasaje dice San Agustín: “Cristo quiso que quedasen en sus carnes las cicatrices para eliminar del corazón de los hombres la herida de la incredulidad, que las señales de las heridas curasen las verdaderas heridas”.

Quien se acerca a Jesús, tanto como para palpar sus cicatrices, no puede menos que decir, como Tomás, el mellizo, Señor y Dios mío.

Desvirse es morir y resucitar

A nuestra peregrinación cuaresmal le quedan pocas jornadas. Tal vez, cuando hace ya varias semanas iniciamos nuestra andadura, nos lo tomamos con calma pensando que la Pascua quedaba lejos y teníamos mucho tiempo por delante. 

Y puede que hayamos descuidado algunas tareas que seguimos teniendo pendientes. Como la de ir dejando por el camino el lastre que no debemos cargar a nuestras espaldas para dar con Jesús el paso a una vida renovada, una vida con ilusión nueva, con pilas nuevas y recargadas.

Se nos hará difícil resucitar, pasar a una vida nueva, si primero no morimos, si no damos muerte y clavamos en nuestra cruz todo aquello que no merece la pena tener vida porque nos impide vivir la bienaventuranza que Dios desea para todos. Deberíamos, por ejemplo, crucificar eso que se viene llamando desde hace meses <<fatiga pandémica>> porque nos está dejando secos, sin energía, sin alegría, sin ilusión, y, tal vez, hasta sin esperanza.

El mensaje de la Palabra de este quinto domingo de cuaresma va, me parece, en esa dirección. Jeremías nos dice que Dios nos ama tanto que, aunque no somos fieles, ni leales, ni cumplimos los acuerdos, hace con nosotros una alianza nueva distinta a la vieja. La novedad de esta alianza es que la meterá en nuestro pecho y quedará escrita en nuestros corazones. Menos mal que Dios no recuerda nuestros fallos y aguanta su ira.

Pero, la cuestión es si a Dios le dejaremos hacer eso en nosotros, es decir, si le dejaremos que meta en nuestro pecho y en nuestro corazón su propuesta de pactar una alianza de amistad que nos beneficia más a nosotros que a Él mismo. 

Ojalá que el camino cuaresmal recorrido hasta hoy nos haya hecho sentir un poco como los griegos, seguramente paganos, pero que sin duda estaban fuertemente atraídos por todos lo que han oído de Jesús, que llegaron a Jerusalén, y que tenían fuertes deseos de conocerlo.

No se atreven a ir directamente a Jesús, necesitan intermediarios que le conozcan y los conduzcan hasta él. Andrés y Felipe se lo dicen a Jesús y éste no dedica ni un solo minuto a dar explicaciones, ni programas.

Va directo al asunto. No se anda con tapujos. A esos griegos paganos les habla con una claridad que debía asustar a cualquiera. Consciente del momento que vive, y con la muerte pisándole los talones, señala que el grano de trigo para dar cosecha y garantizar el pan de la mesa, debe caer en tierra y pudrirse, morir.

Y a quienes quieran seguir sus pasos, tanto si son griegos, paganos, o judíos, les dice que quien se ame a sí mismo se perderá, pero quien se desvive, se entierra, se aborrece a sí mismo, se guarda para la vida eterna. Eso es pasar de la muerte a la vida, eso es resucitar.

Ojalá nos pareciéramos a los griegos del evangelio de este domingo y en nosotros se diera ese interés genuino por conocer a Jesús, por encontrarnos con él y seguir sus pasos, convencidos de que nuestro futuro, nuestra esperanza, nuestra vida, pasa también por el fracaso de la cruz del mundo.

¿Este enterramiento que deberemos hacer para que nuestra vida dé mucho fruto será nuestra tarea pendiente? 

Nos acercamos a los días que llamamos Semana Santa, que para mí mejor sería llamarla Semana Grande, o Semana Mayor. En estos días pondremos fija nuestra mirada en el crucificado. La cruz fue el signo de su desvivimiento y debería ser también el nuestro. En tanto en cuanto servimos Jesús está con nosotros. No podemos servir si estamos aferrados a nosotros mismos, a nuestra vida, a nuestros intereses. Ahí perdemos la vida; pero si nos desapegamos la conservamos, aunque parezca muerte y fracaso.

Aprovechemos estos días y completemos nuestras tareas pendientes, que, de seguro, son varias.

Dios no sabe hacer otra cosa que amar

Con el cuarto domingo de cuaresma entramos ya en la recta final de nuestra andadura hacia la pascua. La Palabra hoy nos va a decir que Dios es todo amor, de principio a fin. En realidad, pareciera que no sabe hacer otra cosa. Siempre me pregunto qué tendremos nosotros que valiendo tan poco nos quiere tanto. Y, como no encuentro respuesta, suelo resignarme diciendo que será cosa de Él, que es así, rico y abundante en misericordia como nos dice Pablo en la segunda lectura.

A veces pensamos que, como <<Dios es amor>>, amar no le cuesta mucho. Pues no. Le cuesta, le tiene que costar. El segundo libro de las Crónicas que se proclama este domingo pone sobre el tapete las múltiples infidelidades e ingratitudes del pueblo que Dios hizo suyo y al que le envió profetas y mensajeros para que enderezara su conducta. Pero, nada de nada. No hicieron caso, “se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas”.

Y la ira de Dios subió de tono con sobrados motivos y el pueblo quedó en manos de los caldeos que destruyeron todo lo habido y por haber.  Los que se salvaron de esa pandemia caldea y quedaron vivos fueron llevados cautivos a Babilonia y convertidos en esclavos.

Pero Dios, que, reitero, no sabe hacer otra cosa que amar, sintió profundo dolor por su gente y llenó de sentimiento de misericordia el corazón de Ciro, rey de Persia, para que devolviera al pueblo su libertad y le permitiera el retorno a su tierra. Hasta se comprometió a edificarle una casa para que fuera también la casa del pueblo.

Me gustaría ver la cara que pondría Nicodemo al escuchar a Jesús decir que Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que nadie perezca, sino que todos tengan vida plena. ¿Qué clase de Dios entrega a su propio Hijo y lo deja morir en la cruz? 

Jesús es el gran regalo de Dios a nosotros, incluso un gran regalo para quienes ni siquiera creen en él, de la misma manera que la liberación y el retorno a su tierra fue el regalo que Dios hizo a ese pueblo sin que lo mereciera. Viendo a su gente en esclavitud y sin libertad, la salida de Babilonia y el retorno a Jerusalén era la única alternativa que tenía Dios en su mano porque <<no sabe hacer otra cosa que amar>>.

Dios envió a su Hijo para enderezar los tortuosos caminos de sus hijos, no como juez que viene a condenar sino a dar vida, vida eterna, de la que no se acaba porque <<no sabe hacer otra cosa que amar>>.

¡Qué suerte la nuestra de tener un Dios que todo lo hace por amor, y nada por otra razón! Por amor se aguanta la rabia y la ira contra su pueblo y contra nosotros, que no sé si en lealtad ganamos a la gente de aquel Israel. Por amor a nosotros cuando estábamos muertos por el pecado nos devolvió la vida con la resurrección de Jesús. Y, como <<no sabe hacer otra cosa que amar>>, nos ama tal y como somos, cargados de defectos, capaces de genialidades y de barbaridades.

Y porque <<no sabe hacer otra cosa que amar>> Dios quiere que todos tengamos vida, y vida en plenitud, pero en nuestra mano está acoger esa vida o rechazarla. Preferir las tinieblas del mundo a la luz de Jesús es escoger el camino equivocado que nos aleja de la luz. Dios quiere lo mejor para nosotros porque es un Padre bueno, pero deja la decisión en nuestras manos. 

Es cuestión de escoger la tiniebla o la luz. Nos jugamos la vida en la toma de esta decisión.

Somos templo de Dios

Nuestra andadura cuaresmal entra ya en la tercera semana. En esta peregrinación nos hemos encontrado con Jesús sometido a la prueba de la tentación en el desierto, -prueba superada-; lo hemos visto subir al monte y decirle a Dios que tiene miedo porque su vida se está poniendo cada día más complicada y transfigurarse ante Pedro, Santiago y Juan, que no entienden nada de nada y quedan llenos de pánico, -prueba superada-.

Jesús baja del monte, sigue con su miedo hacia Jerusalén, pero el Padre le ha dicho que no tema, que es su Hijo amado, a quien los pedros, juanes y santiagos tenemos que escuchar y seguir para que nuestra caminata termine en pascua y no se quede en la cruz del Calvario.

Hoy cambiamos de evangelista, nos pasamos a Juan. Vamos a encontrarnos con un Jesús un tanto enrabietado por ver lo que ve en el templo, que es la casa del Padre, convertida en un mercado y que merece más respeto. Sube a Jerusalén porque, como buen judío, no quiere perderse la fiesta de pascua. Lo que ve en el templo le disgusta y, con la fuerza profética que le caracteriza, necesita denunciarlo, ponerlo en evidencia y revelarse.

Conviene tener en cuenta que los judíos apoyaban su fe en dos pilares sagrados: la Ley y el templo. Templo y Ley lo eran todo para ellos construir una sociedad justa. En el templo se daba culto a Dios y se le ofrecían sacrificios.

Lo que ven los ojos de Jesús y por lo que le entra el arrebato es que esos dos pilares que sostenían la fe del pueblo habían sido carcomidos por el legalismo y por intereses económicos egoístas y perversos. Por eso reaccionó como lo hizo.

Este conocido relato de la expulsión de los vendedores del templo y de los cambistas de dinero debió llamar mucho la atención a los hombres y mujeres de aquel tiempo. Pero eso la denuncia de Jesús como una grave falta de respeto contra Dios en su casa tenía su lógica. Sólo había un templo y la gente acudía a él desde distintos lugares, algunos de ellos muy distantes. Resultaba harto difícil hacer estos trayectos cargando con los animales que serían ofrendados para el sacrificio. Era mejor comprarlos en el templo. Y muchos tenían que cambiar sus monedas por la divisa oficial del lugar sagrado por lo que también había cambistas para ese menester. Ciertamente este sistema devino en muchos abusos y en mucha corruptela.

El templo había llegado a tal nivel de degradación que ya no se ajustaba a la idea que Dios tenía de él, ni a la función que debía cumplir. Su finalidad religiosa originaria había quedado diluida y desfigurada.

La acción de Jesús provoca reacciones airadas de los dirigentes religiosos. Le preguntan con qué autoridad hace eso y Jesús responde diciendo que él es el Nuevo Templo de Dios, un templo que se construirá en apenas tres días cuando resucite después de su enterramiento.

Jesús es el nuevo punto de encuentro del ser humano con Dios. Ya el hombre no necesita ofrecer a Dios ningún otro sacrificio que no sea la celebración de la muerte y resurrección de Jesús. El templo ya no tiene que hacer el papel de mercado para comprar los animales para el sacrificio, ni el banco para el cambio de moneda. El templo tiene que ser la comunidad en la que Jesús, muerto y resucitado, ocupa el centro de nuestras vidas. Creados a imagen y semejanza de Dios, Jesús nos enseña que el ser humano es el lugar donde se aloja Dios porque lo que se le hace a uno de sus pequeños se le hace a Él, que en ellos habita.

No podemos evitar que el evangelio de este tercer domingo de cuaresma nos lleve a plantearnos si algo de este mercantilismo, denunciado y enfrentado proféticamente por Jesús, queda aún en nuestros templos y nuestra Iglesia. Hoy necesitamos devolver a nuestros templos su sacralidad haciendo de ellos lugares de fraternidad, de encuentro con Dios, y con aquellos con quienes compartimos la fe y la esperanza, lugares de oración. Cuando sean lugares de acogida fraterna serán lugar sagrado.

También sería bueno que, siendo auténticos seguidores de Jesús que ponen un empeño grande en vivir como él vivió, seamos templos suyos de manera que quienes entren en contacto con nosotros sientan que atraviesan las puertas de un territorio sagrado.

Y una última cuestión: si cada uno de nosotros es templo de Dios, ¿qué hacemos con este templo? ¿qué uso le damos? Ahí queda.

Entre alimañas y ángeles

Los acontecimientos importantes que marcan nuestra vida, la celebración de una boda, por ejemplo, los preparamos con esmero y con todo detalle para que salga bien y quede bien grabado en la memoria de los que inician una ilusionante aventura que esperan tenga largo recorrido.

Esto vale para entender bien este tiempo de cuaresma que iniciamos el pasado miércoles, una andadura que nos debe llevar al mayor de todos los acontecimientos con los que un ser humano se puede encontrar en su vida creyente: la Pascua, <<la madre de todas las fiestas de la Iglesia>>. Por eso, para celebrarlo bien hay que prepararla como se merece.

Y para eso disponemos de esta cuarentena de días que debemos aprovechar para dar, con Jesús, y como Jesús, un paso crucial en nuestras vidas. El de Jesús fue paso de la muerte en la cruz a la vida al levantarse al tercer día de su sepultura y volver a la vida venciendo la muerte. Ese paso abrió para nosotros la puerta grande de la esperanza. 

Por donde se va una res se va la manada, dicen en algunos lugares. Por donde pasó Jesús de la muerte a la vida, pasaremos nosotros, una vez terminado nuestro peregrinaje en este mundo, a la vida plena que aquí siempre la vivimos escasa y precaria. Porque él dio ese paso nos abrió el boquete para que nosotros, que somos su manada, también nos colemos. Este es el gran acontecimiento que tenemos que preparar en esta cuarentena de días, y en verdad que es un acontecimiento que supera toda grandeza humana.

A partir de este marco de referencia, domingo a domingo vamos a acompañar a Jesús en su cuaresma particular, que deberá también ser la nuestra. Cada año, el primer domingo de este tiempo se nos presenta el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Conducido por el Espíritu Santo, Jesús con su cabeza hecha un lío porque, tras la experiencia del bautismo, no acierta a entender el alcance de lo que se oyó en ese momento: “tú eres mi hijo amado, mi predilecto”, va al desierto a tratar de aclararse el coco y ver qué debe hacer con su vida. Se toma el tiempo suficiente, cuarenta días para alcanzar la lucidez que aún no tiene y aclarar el cacao mental que lo aturde.

Y no tuvo fácil su proceso de discernimiento. El desierto del que nos habla la Sagrada Escritura es mucho más que un escenario geográfico. Es un lugar de prueba, hace frío en la noche y calor durante las horas de sol. Cuando en la vida tenemos que tomar una decisión debemos sopesar los pros y los contras que prevemos puedan cruzarse en nuestro camino para no equivocarnos.

Los pros de Jesús tuvieron que ver con la propuesta del Padre que le encomendaba la misión de cambiar las cosas de este mundo, convocar a una conversión profunda para que lo bueno se fuera imponiendo a lo negativo y malo y anunciar un Evangelio, una Buena Nueva que llevara a los hombres la esperanza. Unos ángeles, emisarios de Dios, le asistían para que no desfalleciera en el empeño.

Las contras le vinieron de un personaje que no tenía otro propósito que disuadirle para desistir de la tarea. En su carné de identidad pone que se llama Satanás y tiene unas huestes que están de su lado y a su servicio trabajando para él, las alimañas, con las que Jesús tiene que enfrentarse y lidiar.

Entre ángeles y alimañas anda el juego, entre lo que es bueno y lo que no lo es, aunque lo parezca. Satanás le tienta para que se olvide de la propuesta. El relato de Marcos, como si lo hacen los evangelistas Lucas y Mateo, no explicita en qué consistieron las tentaciones de Jesús. Se limita a decir que fue tentado. No se salió con la suya Satanás porque Jesús, según señala el evangelista, con su cabeza bien amueblada tras la cuarentena del desierto, una vez que Juan estaba en la cárcel “se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio”. 

Nosotros, para librarnos, para no caer en las tentadoras propuestas del adversario de Dios, tenemos el recurso de la conversión y de la fe en el evangelio en el que debemos creer y seguir. Satanás es un virus contra el que no hay más vacuna que llevarnos de la propuesta de Jesús.Jesús resistió al tentador y lo venció. Nosotros también podemos hacerlo. Pero tanto para Jesús, como para nosotros, el desierto, nuestra vida, es como una encrucijada en la que debemos tomar una opción: escuchar los cantos de sirena de las alimañas o dejarnos servir por los ángeles.

Cuaresma en cuarentena

La Cuaresma es una caminata que tiene un punto de partida que en el calendario está marcado por el miércoles de ceniza, pero que básicamente tiene que ver con el momento de vida en el que cada uno se encuentra en este preciso instante.

Partimos, pues, de nuestra realidad y emprendemos un camino que nos debe conducir a eso que se llama Pascua, dispuestos a dar un paso que debería ser crucial en nuestra vida para que algo nuevo surja cuando crucemos la meta. Se trata de pasar, no de pasar siendo un pasota; se trata de pasar del pecado a la gracia, de la muerte, porque muerte es una vida anodina, rutinaria y aburrida, a una vida más alegre y entusiasta. 

Una pregunta deberíamos hacernos: para pasar de lo viejo a una vida renovada, ¿qué pasos debo dar en este camino cuaresmal?

Para esta caminata de cuarenta días debemos cargar una mochila con pertrechos que nos ayuden a sobrellevar las dificultades de la travesía. Jesús en el evangelio de este miércoles de ceniza nos propone cargar en nuestra mochila cuaresmal tres pertrechos o nutrientes, o <<bocatas>> que nos permitirán mantener vivas las fuerzas para llegar a la meta que es la pascua, la vida renovada.

El primer bocata se llama LIMOSNA. De lo que se trata es de superar la enfermiza tendencia que tenemos muchas veces a encerrarnos en nosotros y aislarlos de los demás, a creer que el mundo empieza y termina en nuestro reducido territorio. La práctica de la limosna, hecha solidaridad, me permite salir de mi mismo y abrir la sensibilidad de mi corazón al necesitado que tengo a la vuelta de la esquina a dos palmos de mi nariz y que muchas veces no veo como no veía al mendigo Lázaro el rico que lo tenía a su puerta todos los días.

Otra pregunta se impone aquí: ¿qué signos concretos de solidaridad puedo poner en práctica a mi alrededor para que abrirme al hermano, acudir en su auxilio y liberarme de mi prisión?

También en esta mochila Jesús nos pide meter el pertrecho de la oración. Debemos intensificar nuestra experiencia de encuentro con Dios. Haciéndolo, Dios se hace nuestro compañero de viaje. San Agustín dice que “para orar hay que sentirse mendigo de Dios”. Pero ocurre que también Dios, por ser Padre bueno, se hace mendigo porque necesita de nosotros para disfrutar su paternidad. Sin nuestra cercanía Dios no sería un padre feliz del todo.

Y de nuevo también aquí procede preguntarnos cada uno si nos sentimos mendigos de Dios y si satisfacemos la mendicidad que Dios hace de nosotros, o le negamos ese derecho que tiene.

El tercer pertrecho es ayunar, que no consiste en dejar de comer, que de eso se encargan los dietistas y médicos que nos ponen a régimen. Ayunar es privarme voluntariamente de todo aquello que me aleja de los demás, de la comunidad, de Dios y hasta de mí mismo. Por eso ayunar es reencontrarme con lo esencial en mi vida.

¿De qué tengo que privarme para gozar la cercanía de Dios, de la familia, de la comunidad y ser más feliz conmigo mismo? es la pregunta que debe sesudamente ponerme a encontrar respuestas.

En definitiva, en el camino cuaresmal debo ir soltando lastre, dejar atrás lo que ya se ha hecho viejo en mi vida y tratar de pasar a una vida nueva, como quien empieza una nueva caminata, pero contando con la ventaja de una no pequeña experiencia acumulada con el tiempo.

Nuestra mochila, cargada tan solo con limosna-solidaridad, oración y ayuno, no es pesada. Es equipaje ligero que nos lleva a una vida nueva que se hace belleza, la belleza de lo sencillo y austero.

Pero, ¿me atreveré a soltar tanto lastre?

Leproso negacionista

EL pasaje del evangelio de este sexto domingo, cada vez que me cruzo con él, me recuerda que mi primer ministerio sacerdotal en la República Dominicana, allá por los últimos años de los setentas, fue un leprosorio atendido por unas religiosas mercedarias de la caridad. Ya las cosas han cambiado mucho y el tal leprosorio es hoy un centro de encuentros y convivencias de grupos y alojamiento para quienes andan buscando a la orilla del mar paz y sosiego en sus ajetreadas vidas.

Mi aterrizaje en la realidad de la exclusión fue abrupto. Lo poco que yo sabía de la lepra fue lo que vi en una película cuando muchacho en el seminario donde nos preparaban para esto de ser curas que se titulaba “la Isla de Molocai”, territorio de Hawai, en la que hoy abundan hoteles de mucho lujo para turistas con dinero. 

Pero así no fue siempre. En los años de la segunda mitad del siglo diecinueve, en Hawai se desató una terrible epidemia de lepra. El pánico, como hoy ocurre con la pandemia del covid, se extendió por todas partes ya que se trata de una enfermedad terrible. Se pudre lentamente el cuerpo del enfermo y se va cayendo a pedazos. No se conocía cura, ni había vacuna.

Las autoridades confinaron en Molokai a unas ocho mil personas contagiadas. Quedó como territorio maldito. Un religioso misionero, el Padre Damián, cuya vida relataba la película, se ofreció al obispo a ir voluntario a la isla para acompañar y atender pastoralmente a los enfermos deportados. En 1885, él también la contrajo a sus 49 años. Falleció el 15 de Abril de 1889. Al P. Damián, hoy beato, siempre lo recordaba mucho cuando iba al leprosorio de Nigua con mi jeep.

No sé si estas severas restricciones contra estos enfermos de lepra están copiadas del libro del Levítico, que se lee en este domingo en la primera lectura. El pasaje del evangelio es una fidelísima copia de lo que decía la ley al respecto. En tiempos de Jesús la lepra excluía de manera brutal a las personas aquejadas de este quebranto. 

A semejante exclusión no había otra manera de reaccionar que con desafíos. El leproso del pasaje actúa de manera irresponsable, como lo hacen hoy muchos de los que se niegan a llevar mascarillas y no respetan las restricciones marcadas por las autoridades. ¿Una forma de negacionismo?

Acercarse a Jesús cuando estaba severamente obligada la <<distancia social>> era un acto de rebeldía, un auténtico desafío y un ejercicio de resistencia. Desafío es que este leproso se acerque a Jesús, sabiendo que no lo puede hacer, y se eche a sus pies, sabiendo que tampoco podía. Pero, necesitaba hacerle ver al Maestro que es injusta semejante forma de exclusión, que él y otros padecen.

Al arrodillarse a los pies de Jesús el leproso reconoce que no hace lo correcto saltándose las normas. Pero también lo podemos leer como una auténtica confesión de fe. No le dice: ten compasión de mi, mira cómo estoy, haz algo por mi. No, le dice simplemente: “si quieres puedes limpiarme”. Si quieres, si es tu deseo y tu voluntad, si te importa un poco mi fealdad, <<puedes limpiarme>>, porque en ti esta el poder de quien da vida. 

La de este leproso me parece una genial forma de buscar la complicidad de Jesús. Y lo consigue, se atrevió a tocarlo. Ni Jesús, ni el padre Damián llevaban mascarilla, ni guardaron la distancia social ni se lavaron las manos con hidrogel desinfectante. Un corazón compasivo da para eso.

Jesús y el leproso nos enseñan que no es Dios quien excluye a nadie, son nuestro sistema, nuestras leyes y nuestra manera de mirar al que oculta lo vergonzoso de su vida, llámese o no lepra, los que confinan en la periferia a los leprosos de hoy y de siempre. Por tanto, en el nombre de Dios a nadie podemos excluir. Nuestra complicidad debe darse, no con el que excluye, sino con el que queda al margen, en la periferia.

La exclusión tiene hoy muchos rostros, uno de ellos que a mi me parece particularmente peligroso, se llama <<normalidad>>. Normalizar la exclusión no tiene nada de cristiano.

Fatiga pandémica

En este quinto domingo del Tiempo Ordinario el evangelio sigue donde quedó la semana pasada. Jesús, al salir de la sinagoga se va con los cuatro primeros discípulos, que ya andaban con él a la casa de Simón que tenía en cama a su suegra enferma.

Al igual que curó en la sinagoga al hombre que estaba poseído de un espíritu malo, cura también a esta mujer, se le acerca, la toma de la mano, y desaparece la fiebre que la tenía postrada.

Dice el pasaje que se incorporó y se puso a servirles. Liberada de la enfermedad que la tenía en cama, la suegra de Simón actúa de inmediato como una auténtica seguidora, discípula de Jesús, y se hace servidora.

Como ya era el atardecer del sábado y se podían hacer actividades y trabajos porque ya no regía el confinamiento que ordenaba la Ley, la gente llevó hasta Jesús a muchos enfermos y también a otros que estaban poseídos por espíritus malos, que hoy serían los que cargan alguna enfermedad mental. Dice el texto que prácticamente toda la ciudad se “agolpaba a la puerta” de la casa. Y Jesús curó a muchos de sus enfermedades y liberó a los que tenían la mente quebrantada.

Este papel que hizo Jesús en cumplimiento de su misión me ha puesto a pensar que ese mismo es el papelazo que desempeñan en estos tiempos de pandemia, con los hospitales, abarrotados de enfermos contagiados por el covid y las ucis a punto de colapsar, los médicos, enfermeras y demás personal sanitario que trata de mantener el tipo luchando por la vida contra este virus tan perverso que se está llevando por delante a tanta gente.

Su trabajo y servicio en favor de los enfermos al atardecer de la vida convierte a los hospitales y centros de salud en auténticos santuarios sagrados de la vida, templos en los que Dios está muy presente porque se hace compañero de viaje, tal vez del último viaje, de muchos pacientes con covid. En tiempos de pandemia los hospitales son templos, santuarios, lugares sagrados.

Los textos de hoy y el del domingo pasado vienen a completar lo que era una jornada ordinaria de Jesús: enseña, cura y ora. Muy de madrugada, cuando todavía al sol le faltaba alguna hora para despuntar, Jesús se levantó y fue a un lugar solitario y oró. Necesitaba la oración como el hambriento necesita de pan y el sediento de agua. Quedaba tan conmovido viendo el sufrimiento y dolor de la gente que necesitaba decirle a su Padre que las cosas no podían seguir así, que necesitaba le mantuviera vivas las fuerzas para seguir curando y dando vida a los que la estaban perdiendo.

También Jesús, contemplando tanto sufrimiento estaba en riesgo de sufrir lo que hoy expertos llaman <<fatiga pandémica>> que, según dicen, está generada por estrés del coronavirus. No son pocos los que sufren ya esta fatiga y necesitan desahogarse contando sus tristezas por la reclusión en las cuatro paredes de su casa. Esta fatiga lleva toda la pinta de ser una forma de depresión que los tiene en un estado de melancolía y abatimiento sin atisbo de que estemos en el final del túnel.

Para no dejar que esta fatiga pandémica nos paralice y destruya la vida, debemos hacer lo que Jesús, acudir a la oración, a encontrarnos con Dios y desahogarnos en su presencia.

Tenemos también en quien mirarnos. La primera lectura nos ha recordado la figura de Job. Está en un momento de desgracia, no le encuentra sentido a la vida. Sufre, no sé si fatiga pandémica, en todo caso sí depresión.

Muchos de los enfermos de covid son los jobs de hoy y también lo son sus familiares y gente cercana que no puede abrazarlos, ni tener con ellos la cercanía que tuvo Jesús con la suegra de Simón.

Jesús es para nosotros el referente prefecto de cómo debemos tratar a los que tienen vida precaria por la causa que sea. Cercanía, la que hoy es posible dadas las restricciones existentes, y oración nos ayudarán a salir de esta.