Amamos a Dios amando al prójimo

Desde hace tres domingos vemos que los que confrontan con Jesús y quieren quitárselo de en medio salen mal parados. El domingo pasado no les fue nada bien a los discípulos de los fariseos que, que junto con un grupo de herodianos le pusieron en aprietos preguntándole sobre si había que pagar tributo al César.

Hoy no se andan en chiquitas los dirigentes y lo enfrenta un peso pesado, todo un doctor de la Ley que, si de algo sabía, era justamente de ese mamotreto de normas que, con sus 248 preceptos y 365 prohibiciones, era imposible de cumplir, de conocer y de saber qué de todo ello era importante y esencial y qué secundario.

No era una cuestión tonta, ni una pregunta boba. Seguramente que el propio doctor tenía sus dudas al respecto. Ese, como digo, mamotreto de preceptos y prohibiciones los clasificaban en los que eran fáciles de cumplir, considerados menores, y los difíciles, tenidos por grandes. Entendían que estos últimos, por difíciles, eran los importantes y que los fáciles no tenían mayor relevancia.

Y, como peleaba a mano descubierta con todo un doctor, Jesús echa mano de las mismas armas del adversario: la Ley. Como la del domingo pasado, también la de hoy es una pregunta cargada de veneno. Lo que pretenden es dejar en evidencia a Jesús y demostrar que no sabe interpretar esa Ley y, por tanto, no es alguien en quien la gente pueda confiar y creer.

Algunos estudiosos apuntan que ya entre los mismos dirigentes religiosos de Israel había división de opiniones sobre este tema. No había acuerdo sobre cuál de las más de seiscientas disposiciones era la más importante. Así, dicen, se llegó a establecer, en orden importancia de mayor a menor toda una jerarquía.

Estando ante un doctor Jesús echa mano de la Escritura que el técnico conoce bien y cita el libro del Deuteronomio, que señala que el amor a Dios, a quien hay que amar con todo el corazón, con todas las fuerzas y con toda el alma, que los judíos en la recitación del Shemá Israel recitaban todos los días, es el más mandamiento principal y primero.

Pero, pegado de él, y en el mismo grado de importancia, y para que el doctor lo entendiera bien, añade un segundo mandamiento, también fundamentado en la Escritura, esta vez en el libro del Levítico que dice “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18) Y le hace ver al sabiondo doctor que en estos dos mandamientos se recoge todo lo esencial de la Ley y de los profetas. Quedó noqueado el doctor.

Hoy nosotros podemos hacernos una pregunta muy sencilla que podría ser: de los diez mandamientos ¿cuál es el principal y primero que los creyentes y seguidores de Jesús tenemos que cumplir?

Si examinamos los diez, sin mayor dificultad nos daremos cuenta de que todos ellos refieren al amor a Dios y a los demás en igual grado de importancia. En la lista primero va Dios y después nosotros; pero también aquí aplica eso de que el orden los factores no altera el producto. También para nosotros los diez mandamientos y todas los otros preceptos y normativas que la Iglesia ha ido añadiendo con el tiempo se reducen a los mismos dos que Jesús explicó al doctor: amar a Dios, amando al prójimo. Esto tiene hasta un encanto muy interesando pues son muchos los que, sin saber que aman a Dios, lo aman amando al prójimo desde la solidaridad, el respeto de sus derechos la acogida al emigrante etc, etc, etc.

Al añadir un segundo mandamiento al primero lo que Jesús busca es evitar reducir el amor a Dios al ámbito religioso, en forma de sumisión y obediencia, desconectado de la referencia al prójimo.

Finalmente, como seguidores de Jesús que somos, mirémonos en él. Es para nosotros el modelo perfecto del cumplidor de la ley. En todo hace la voluntad del Padre porque lo ama sobre todas cosas, con toda el alma y con todo el corazón, y, porque lo ama así, ama también a todos hasta las últimas consecuencias dejando la vida en la cruz y resucitando para garantizar la vida a todos también.

Cierro con un pensamiento de San Agustín que viene como anillo al dedo en este domingo. Dice el santo de Hipona: “el amor a Dios es lo primero que hay que recomendar, pero el amor al prójimo es lo primero que hay que practicar”.

DEVOLVED A DIOS LO QUE ES SUYO Y DAD AL CÉSAR SÓLO LO QUE LE PERTENECE

En este domingo, en el que unidos a toda la Iglesia, celebramos la Jornada mundial de oración y solidaridad con las misiones, el popular, y ya tradicional, domingo del Domund, tenemos muy presentes en nuestras eucaristías a ese inmenso ejército de hombres y mujeres, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que en la acción misionera por el mundo han encontrado el sentido de sus vidas y se han mostrado desde el principio dispuestos a ir donde el Espíritu les ha conducido diciendo: “Aquí estoy, envíame”, como reza el lema de la jornada de este año.

Por ellos oramos en este domingo, y con ellos nos hacemos solidarios para que puedan realizar su acción evangelizadora sin la precariedad con la que habitualmente se da en estas tierras de misión.

La Palabra de este domingo tiene bemoles. Los fariseos han escuchado las parábolas de Jesús, las que vimos en los tres últimos domingos y saben que Jesús apunta a ellos. Son ellos el hijo que no fue a trabajar a la viña, son ellos los labradores homicidas y los invitados al banquete que se negaron a asistir porque andaban en sus asuntos y en sus cosas.

Sienten la urgencia de encontrar, aunque sea apañando, una acusación firme contra Jesús para quitarlo de en medio. Intentan acorralarle y ponerle una trampa decisiva con una pregunta chantajista. Unos emisarios, discípulos, acompañados de personas de otro pelaje, los herodianos, son enviados para sorprenderle. Con una adulación grotesca le dicen “Maestro”, un ´termino que usaban los que no sabían quién er Jesús en realidad, porque los que bien lo conocían le decían Señor.

La pregunta que, por encargo de sus jefes, le plantean, además de tramposa, va cargada de veneno y está muy, pero que muy bien pensada. Si había que pagar impuestos al César o no había que hacerlo no era una cuestión tonta. Este era un asunto siempre polémico en tierra de Jesús, tierra ocupado por el imperio.

Quienes eran partidarios de pagar el tributo eran tenidos por colaboracionistas, estaban en contra se enfrentaban a la represión de la soldadesca romana. Quienes pensaban que no se debía pagar ningún tributo al ocupador del territorio, que sólo es de Dios, acabaría como acabó aquel Judas que se alzó en armas contra el invasor. Nada, <<palo si bogas y palo sino bogas>>.

La actitud de Jesús ante ellos desnuda sus perversas y crueles intenciones. Y la respuesta que les da les deja la boca cerrada. En algún sitio he leído que la frase tal como ha llegado a nosotros: “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” habría que traducirla por: <<dad al César lo que le tocas y devolved a Dios lo que es suyo”. Así cuadro mejor.

La hemos interpretado no muy correctamente. Pareciera que el evangelio insinúa que debe haber algo así como reparto de poderes: al césar gestionar el ámbito de lo material, y Dios lo que se refiere al espíritu. Esto así no tiene sentido. El ser humano se vería sometido a dos señores: al césar, que personifica del poder político, y a Dios, a quien corresponde el poder religioso y espiritual de nuestras vidas.

No, la respuesta de Jesús apunta en otra dirección. El hombre, imagen del Creador, ha de reconocer a Dios como su único Señor. Tal vez si cambiamos, como dice el título de esta reflexión el orden de los factores nos cuadra mejor. Si a Dios le devolvemos lo que es suyo, que es la vida de sus hijos, la vida de los pobres, al césar le daremos solamente lo que le pertenece. Si a Dios le damos lo que es suyo, hasta el césar, de buena gana, aceptaría lo que considera que le corresponde. Así el mundo andaría mejor.

Por fin es viernes

¡Cómo anhelamos que llegue el viernes en la tarde para tener por delante el fin de semana en el que podemos hacer todo lo que nos agrada, desde dormir más hasta disponer de más tiempo de ocio y diversión, estar con la familia, aunque ahora, por la pandemia estamos tan imposibilitados de poner fiesta en nuestra vida!

El que se pasa la semana metido y ocupado de lleno en sus jornadas laborales intensas suspira por la tarde del viernes. Así veía Jesús a su gente. Sometida a un trabajo, muchas veces agotador, el sábado era el día de descanso que aguardaban como los agricultores esperan el agua de mayo. Pero lo que colmaba el baso de su deseo de alegría y fiesta eran las bodas y ser invitados a ellas. La máximo expresión de una fiesta era eran las bodas y ser invitados a ellas les daba una gran satisfacción.

En el evangelio de hoy Jesús nos ofrece una tercera parábola con la que responde, junto con las dos de los pasados domingos, al cuestionamiento de su autoridad que los jefes, sacerdotes y los ancianos del pueblo le han hecho en el templo de Jerusalén después de haber sacado a latigazos a los vendedores por convertir la casa de Dios en un mercado. Ingenioso en la creación de sus parábolas sacadas de lo que a diario veía a su alrededor, Jesús nos presenta a Dios como un rey que quiere celebrar con toda solemnidad la boda de su hijo. A esta boda todos están invitados, incluso aquellos que no calificarían para sentarse a la mesa. Como todas las bodas también ésta se centraba en un banquete, el banquete del Reino. Solamente pone una condición ir ataviados con un vestido de fiesta.

Así es Dios con nosotros, nos quiere sentados a su mesa en la que hay, como dice el profeta Isaías en la primera lectura: “un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos”. Es el propio Dios el que pone todo su empeño y esmero en preparar semejante mesa porque no quiere que nuestra vida sea tribulación permanente, sino dicha eterna.

A esta boda, a esta fiesta de la vida, estamos todos invitados, pero no estamos obligados a asistir y podemos declina la invitación. Es del todo insensato no aceptar semejante invitación, pero somos libres y la podemos rechazar. Hoy son cada vez menos los que se interesan por esta oferta de Dios y se desconectan de lo religioso. Pero no es Dios el que está en crisis

Rehuimos su invitación cuando, en lugar de escoger la alegría de la fiesta a la que Dios nos invita, preferimos seguir en << nuestras cosas y asuntos>>, que creemos más importantes  que la boda. Y, aunque muchos declinan la invitación, Dios no desiste, perdura y se empeña en buscar a todos. Por ello envía a sus criados a salir a los cruces de los caminos para que todos entiendan que es realmente insensato no sentarse a la mesa en la que van a saborear los mejores manjares probados y los mejores vinos jamás catados.

Toda persona que se siente atraído por el bien, que siente profundos deseos de amar y de hacer que este mundo sea mejor y en él haya más justicia, está invitado y, aunque no sea de los nuestros, ni de nuestro creo y religión, lleva puesto el traje de fiesta y acoge de buen grado la invitación.

Pero no todos podrán entrar sin ese atavío. También los pobres, humildes y sencillos tienen que ataviarse con un vestido de fiesta. Precisamente, a los ojos del que invita, su pobreza, humildad y sencillez es el mejor traje de fiesta. Estar revestidos de Cristo, aunque no sintonicemos con lo religioso de la fe católica debe ser nuestro ropaje para esa fiesta.

Mientras peregrinamos por este mundo, que a menudo llamamos valle de lágrimas, y estamos sometidos a la experiencia del dolor -pensemos en el Covid 19 y su estela de colaterales pandemias que arrastra, como el desempleo, la crisis económica etc-, Dios nos prepara ese gran banquete final en el que no habrá espacio para el dolor y el sufrimiento. El que no se va a colar a esa gran fiesta es el coronavirus. No nos quedemos reducidos a nuestras cosas, a nuestros intereses y encerrados en ellos ni echemos a un lado la invitación que Dios nos hace a la fiesta de la vida, no sea que nos confinen en el grupo de los que fueron llamados, pero no escogidos.

El Padrenuestro todo un estilo de vida

Impresiona a los discípulos ver cómo oraba Jesús, con qué intensidad y grado de concentración se recogía en muchos momentos del día y en no pocas noches. Estaba claro para ellos que semejante concentración e intensidad sólo puede darse en quien se siente en presencia de su Padre.

Y querían orar también así, querían disfrutarlo y experimentar el mismo gozo que veían entusiasmaba a su maestro. Por eso le piden que les enseñe a orar de esa manera. Lo lógico hubiera sido que la iniciativa surgiera de Jesús que era su Maestro. Sin embargo, son ellos los que le piden que les enseñe a orar así.

Jesús no respondió a su petición diciéndoles que ellos no podían orar como él, con la misma intensidad y con el mismo grado de concentración, que también hubiera sido normal pues no estaban preparados. Al acceder a su petición les está diciendo que también ellos pueden aspirar a orar de esa manera nueva que ven en él.

De entrada, comienza diciéndoles que, si quieren orar como él ora, lo primero y esencial que deben hacer es sentir que están en la presencia de uno que es Padre, padre bueno y misericordioso. Esa es la condición <<sine qua non>>. Si no se parte de ese punto la oración no es oración como la suya, nunca lo sería.

El Padrenuestro mas que una formula oracional es la confesión de todo un estilo de vida para quienes desean seguir los pasos de Jesús. Hay que partir de ver y contemplar a Dios como Padre y, en consecuencia, santificar su nombre, glorificarlo y honrarlo cumpliendo su voluntad en la tierra de la misma manera que en el cielo la cumplen los ángeles y los santos que ya participan de la vida plena.

A partir de ahí es que su Reino se extiende y viene hasta nosotros y crece haciendo que el mundo se parezca cada día más al que Él creó bueno para que todos lo podamos disfrutar y ser felices en él.

Hacer un mundo mejor cada día requiere nuestro trabajo y colaboración porque todos tenemos que arrimar el hombre y aportar nuestro granito de arena. Por eso le pedimos que no nos falte el pan necesario para poder trabajar y sostener la familia con nuestro propio esfuerzo y hacer que el mundo sea realmente mejor al final de cada jornada.

Pero, claro, humanos como somos, llenos de fragilidades, y que no somos de mucha garantía porque no aseguramos ni santificar su nombre ni trabar por esa anhelada mejoría de la casa común, tenemos que pedir perdón por nuestros errores, pues la debilidad nos lleva a caer en la tentación que a menudo afrontamos en condición de la hostilidad que nos viene del mundo.

Este estilo de vida que recoge en lo esencial la oración del Padrenuestro que Jesús enseñó a sus discípulos y que nosotros rezamos, muchas veces de manera tan rutinaria que nuestra mente divaga por el espacio mientras pronunciamos sus palabras, lo cierra Jesús, que conoce nuestra vulnerabilidad, con una petición al Padre rogándole que a pesar de nuestra pequeñez nos libre de todo mal que merecería nuestra condición de pecadores.

Para evitar que mi mente se vaya por otros mundos mientras rezo esta oración del Padrenuestro a mi me da resultado orarlo cambiando las palabras del texto por las mías, pero asegurándome de decir lo mismo. Eso me ayuda a evitar la distracción y gozar la plegaria. Lo recomiendo.

¿Nuestra viña da buenos frutos?

En este domingo Jesús nos cuenta una segunda parábola que también se centra en la viña. El nuevo Pueblo De Dios pensamos que somos nosotros los que formamos la Iglesia, heredera de aquella viña que maltrataron los primeros arrendatarios y que fue traspasada a los seguidores de Jesús.

La viña, apuntó Jesús el domingo pasado, sería entregada a los publicanos y prostitutas que adelantarían a los dirigentes religiosos en el camino al Reino de Dios porque entregan los frutos a su tiempo y no se los quedan en propiedad.

El problema no está en la viña sino en los trabajadores, que se niegan a entregar la parte de los frutos que corresponden al dueño.

Dios no puede hacer por nosotros nos dejó la viña en buena condición para producir, la rodeó con una cerca para darle seguridad: Ese amor debe ser correspondido dando uvas, es decir, frutos de justicia, de amor a los hermanos, y no agrazones, injusticias, pleitos, asesinatos, divisiones.

La tierra de la viña es buena y tiene un gran potencial. Si no da buenos frutos no es por la tierra sino por los que la trabajan, que no se comportan adecuadamente y se apropian de las uvas recogidas en la vendimia.

Creemos que esta parábola no va con nosotros porque va dirigida a los dirigentes religiosos y nosotros somos gente del montón, no somos de los que están arriba en la Iglesia. Pero sí va con nosotros porque somos de los viñadores que la tienen que trabajar. Aún de manera inconsciente actuamos como los viñadores que retienen la cosecha y no le dan al dueño la parte que le corresponde.

Nos parecemos a los viñadores de la parábola si no hacemos caso a Jesús y lo rechazamos, lo matamos, al vivir un estilo de vida ajeno y contrario al que nos propone. Así nuestra vida, en vez de dar buenos frutos de justicia, de una familia en armonía, de una comunidad en estado de auténtica fraternidad, lo que da son agrazones.

Debemos poner nuestro empeño sencillamente en ser correctos en nuestra forma de vivir porque Dios ha hecho por nosotros lo máximo, ha cuidado de nosotros y se ha ocupado de manera que no podía hacer más, nos dio a su propio Hijo, el único heredero. No se trata solo de corresponder su entrega absoluta, se trata de dar buenas uvas porque también es eso lo que nos conviene a nosotros, lo que es bueno para nosotros.

La experiencia de Dios con su pueblo no es satisfactoria, ni para él ni para el pueblo que pagó las consecuencias de sus errores e infidelidades. Dios no se sintió correspondido. Esta parábola es como un resumen de la historia de esa relación. El pueblo de Israel ha sido ingrato y así seguramente nos sentimos también nosotros con Él. Es también la historia de la relación de Dios con nosotros

Pensamos que, al quitarse a los primeros destinatarios la gestión de la viña, quienes formamos la Iglesia somos los que la hemos heredado. Habría que preguntarse si Dios está satisfecho con nuestra gestión o está pensando en volver a arrendarla a otros viñadores.

Y la manera de saber si Dios sigue confiando en nosotros para que su viña dé buenas uvas, es ver si nosotros estamos dando los frutos que da la viña en la que tenemos que trabajar y que él, no lo olvidemos, legítimo propietario, espera.

Las uvas que a Dios le corresponden no son otras que las de poder presentar como ofrenda en sus manos un mundo más justo, sencillamente más humano y esto, en honor a la verdad no es lo que tenemos en nuestras manos ahora mismo. A nuestra viña le podemos poner nombres más concretos, por ejemplo, la familia, la comunidad, la relación con los vecinos, etc. Si en la familia no damos frutos de armonía, si en la comunidad no damos frutos de fraternidad, sino con nuestros vecinos no damos frutos de solidaridad, es como si estuviéramos matando al heredero para quedarnos con la propiedad de Dios. Algunos se preguntan si no serán señales de que Dios está pensando en arrendar a otras personas su viña la creciente descristianización y abandono de nuestros templos. ¿Será que está surgiendo una Iglesia nueva sin las formas religiosas que hasta ahora han predominado y que no han servido mucho para hacer mejor este mundo?

Lo políticamente correcto

La parábola que narra Jesús este domingo en el evangelio apunta directo a cada uno de nosotros.  Nos habla la parábola del padre que tiene dos hijos a los que pide vayan a la viña a trabajar y uno le dice <<sí, pero no>>, y el otro le dice <<no, pero sí>>, y, finalmente, va a la viña y se pone manos a la obra. En esto consiste hacer la voluntad del Padre.

Jesús acaba de entrar triunfalmente en Jerusalén siendo aclamado por las multitudes. En el templo, del que ha expulsado a los vendedores porque la casa de su Padre es casa de oración y no un mercado, se enfrenta con los dirigentes religiosos que le piden explicaciones y razón por la autoridad que se arroga.

Este texto me ha puesto a pensar en que hoy abunda en muchas personas la actitud de proceder y de hablar según lo que ya llamamos lo <<políticamente correcto>>. También solemos decir que muchos <<no tienen ni dicho malo, ni hecho bueno>>; es decir, que una cosa es lo que aparentan y otra lo que son.

Todo esto Jesús lo dice mirando fijamente a los ojos a los dirigentes religiosos, esos de los que ya advirtió a la gente que su grado de falsedad a los ojos de Dios era tal que hicieran lo que decían, pero no hicieran lo que hacían (Mt 23,3).

Cuando cada día rezamos la oración del Padre Nuestro decimos: “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. De eso se trata, de hacer la voluntad del Padre porque, siendo como es un Padre bueno que quiere lo mejor para cada uno de sus hijos, aunque refunfuñemos, y hasta tardemos en ir a trabajar a su viña, que es la nuestra también, conviene hacerlo porque es lo correcto.

Lo que siempre debemos evitar, y tal vez sea en lo que a menudo más caemos, es que le damos a nuestra vida una apariencia de bondad falsa; que a Dios le digamos a todo que sí y luego resulte ser que no.

<<Obras son amores, y no buenas razones>>, y es verdad. Dios es bueno, pero no es ni tonto ni pendejo. No es fácil engañarlo porque no todo es lo que parece a primera vista. Las apariencias engañan, y mucho.

Este pasaje del evangelio nos interpela y nos pone frente al espejo para mirarnos hasta con un exceso de sinceridad y ver qué perfil de los dos hijos de esta historia es el que nos cuadra y retrata mejor.

De manera bien gráfica Jesús, por si esos dirigentes religiosos no quieren darse por enterados, dice que, en esta carrera hacia la vida eterna, hacia la salvación, quienes van primero y adelante son los publicanos y las prostitutas. Ya lo dijo domingo pasado al apuntar que “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”.

¿Será que las mujeres que se ganaban la vida hasta ahora en los burdeles clausurados por causa de la pandemia van por delante en ese camino hacia el cielo porque, a pesar de vivir una vida que no consideramos correcta, en lo esencial cumplen la voluntad de Dios porque son buena gente?

En uno de sus comentarios a este evangelio José Antonio Pagola recoge el testimonio de una prostituta que participa en unos encuentros en los que se hable de Jesús coordinados por unas religiosas oblatas: “ahora, cuando llego a casa después del trabajo, me lavo con agua muy caliente para arrancar de mi piel la suciedad y después le rezo a este Jesús porque él sí me entiende y sabe mucho de mi sufrimiento […] Jesús, quiero cambiar de vida, guíame, porque tú solo conoces mi futuro».” Dios mira la vida de sus hijos con ojos de misericordia y no con nuestra, a veces, mezquina moralidad.

Un Dios sorprendente y sin lógica

El Dios que nos presenta Jesús es siempre sorprendente, tanto que parece no ajustarse a lógica alguna. ¿Quién contrata un trabajador cuando la jornada ya declina y que sólo va a poder trabajar una hora y, encima, le paga lo mismo que a quienes aguantaron el sol de todo el día y produjeron muchísimo más que estos últimos?

Sí, este Dios así, no tiene lógica. No paga según producción y rendimiento. Ni siquiera actúa con la suficiente astucia para ahorrarse la protesta de los que más trabajaron. Se la hubiera ahorrado si inicia el pago comenzando por los primeros para que, con el salario en el bolsillo se fueran a su casa y no armaran el alboroto que debieron liar al ver lo que vieron.

Sin duda la de Dios, que es un Padre misericordioso, no funciona como la lógica nuestra que, trata de ajustarse a criterios de justicia e igualdad.

La diferencia entre las dos lógicas está en que Dios no mira el trabajo, ni el rendimiento, eso que llamamos productividad, sino la necesidad del trabajador que, viendo pasar las horas del día se angustia al ver que no podrá llevar esa noche un pan limpio a casa, a menos que robe, y entonces ya no estará limpio, ni será honrado.

Esa debía ser una escena muy común en tiempo de Jesús. Muchos de esos trabajadores que se juntaban en la plaza de la aldea seguramente en tiempo tuvieron su propia pequeña tierra que trabajándola arduamente les ayudaba a sostener con dificultad su familia.

Eran tan pobres que cualquier accidente en la familia, enfermedad de alguien, por ejemplo, les dejaba a la intemperie y no tenían otra salida que vender esa poquita tierra y convertirse en simples jornaleros. Seguramente algunos de los que habla Jesús en la parábola de este evangelio trabajaron las mismas tierras que antaño fueron suyas. Otros, para atender alguna urgencia, también familiar, acudieron a los prestamistas y se endeudaron hasta no poder pagar y acabaron entregando la tierra para saldar la deuda.

Esta es la diferencia de la lógica de Dios con la nuestra. A ese dueño de la finca no le preocupaba su cosecha, le preocupaba ver esos padres de familia que esa noche dirían a sus hijos que se apretaran el estómago hasta el día siguiente con la esperanza de una mejor suerte.

La lógica de Dios no es ni la justicia, como nosotros la entendemos, ni la igualdad. La lógica de Dios es la misericordia. Por eso no mide todo por los méritos sino la necesidad que todos tenemos de vivir con dignidad.

Si nuestra salvación dependiera de nuestros méritos, difícilmente reuniríamos capital suficiente para adquirirla. Por eso dice San Agustín, más o menos con palabras parecidas a estas: <<la vida eterna sólo la podemos perder, porque ganarla es un don gratuito de Dios>>

Y qué humana y mejor sería nuestra vida mientras peregrinamos en este mundo, si entre nosotros nos ajustáramos a la lógica de Dios y no a la nuestra. El salario de una jornada de trabajo de 8 horas de un obrero con cinco hijos que alimentar y criar sería mayor que el de otro compañero que sólo tiene dos bocas a las que llevar pan. La igualdad no la podemos confundir con la equidad. No a todos se nos tiene que dar lo mismo porque no todos estamos necesitados de lo mismo.

Yo debería ser feliz si tengo lo necesario para vivir y no debería quejarme si a otro le dan más porque más necesita. Ambos estaríamos felices. Termina Jesús la parábola con una moraleja que debemos tener muy en cuenta: los últimos serán primeros y los primeros últimos. Casi nada.

Setenta veces siempre

Sigue Jesús catequizando a sus discípulos para que aprendan las cosas que nunca deben olvidar y que siempre deben tener muy presentes para ser un grupo bien unido, una comunidad. Después de todo, ellos quedarán al frente de la Iglesia, que debe ser comunidad de hermanos.

El pasado domingo les decía que para mantener el grupo bien compacto y hermanado es necesario ejercitar eso que se llama corrección fraterna, que es atraer al grupo con persuasión y ternura, de buenas maneras y sin exabruptos, al hermano que por alguna razón se ha apartado.

Hoy su catequesis se centra en el tema del perdón. Ya antes había dicho que quien quiera ser de los suyos tiene que amar a los enemigos. Al proponer semejante cosa pareciera que Jesús se ha pasado un montón de pueblos. Se nos hace, a primera vista tan imposible e inalcanzable eso de amar al enemigo que perdonar al hermano nos parece una cosa de menor exigencia.

Yo, pensándolo bien, pienso que, en realidad, es más fácil perdonar y dejar a un lado de nuestra vida a un adversario, que perdonar setenta veces siete al que vive con nosotros día y noche. El perdón en lo eternamente cotidiano al hermano con el que vivo se me hace a mi mucho más complicado que el amor al contrario. Después de todo, una elemental forma de amar al enemigo es no desearle ningún mal, ningún daño; y es no es nada del otro mundo.

La pregunta que Pedro le hace a Jesús no es tonta, ni está demás. Sabe que Jesús en cuestiones como esta siempre pone lejos la mirada y se pasa tres pueblos más allá de lo que marca la Ley, que ponía límites al perdón y lo dejaba en cuatro. Pedro va más lejos y pregunta si con siete bastará.

La respuesta de Jesús es contundente y seguramente dejó boquiabierto al discípulo, que no se esperaba esto de setenta veces siete, que es lo mismo que decir, siempre, absoluta mente siempre, setenta veces siempre.

No es que Jesús se puso a exagerar a lo loco. La expresión setenta veces siete está recogida ya en el libro del Génesis, en el llamado “canto de venganza” de Lamec, que era un legendario héroe del desierto. Este canto decía: “Si la venganza de Caín valía por siete, la de Lamec valdrá por setenta y siete” (Gn 4,23-24). A esta mentalidad de la venganza, que no tenía límites, instalada en el corazón de los judíos Jesús propone un perdón sin límites.

Pienso, por ejemplo, en muchos matrimonios rotos, justamente porque el perdón tuvo sus límites y no llegó hasta el infinito. El “hasta aquí hemos llegado” fue más condicionante que el perdón y desbarató el proyecto de vida en pareja.

Si en verdad queremos ser seguidores de Jesús, debemos perdonar, setenta veces siempre, nunca debemos dejar de hacerlo porque Dios nunca se cansa de perdonarnos a nosotros. Y, además, es la única manera de asegurarnos el derecho a ser perdonados. Porque Dios nos perdona debemos perdonar ya que, además, siempre recibimos más perdón que el que tenemos que dar al hermano porque siempre ofendemos más veces que las que somos ofendidos.

Así las cosas, perdonar implica tomar conciencia de que no hay nada que perdonar porque el que me ha ofendido y ha pecado contra mi, seguramente, no lo ha hecho de manera plenamente consciente, y menos deseando hacerme daño. Jesús perdona en la cruz porque ve que los que han exigido y apoyado su crucifixión y clamado por su muerte no sabían lo que hacían. Siempre me ha llamado la atención esta actitud de Jesús. No pide al Padre que perdone a los que le matan simplemente porque tiene un corazón bondadoso repleto de misericordia. Pide que sean perdonados porque no saben la injusticia que están cometiendo  e ignoran también lo que tamaño crimen va a desencadenar en cuestión de horas cuando venza la muerte y vuelva a la vida.

Dejarse seducir no basta

Ser cristiano de verdad no consiste tanto en adscribirnos o asumir unas normas o doctrinas religiosas de un tal Jesús, que, dicho sea de paso, dejó pocas o casi ninguna norma y tampoco se prodigó en doctrinas. Ser cristiano implica entrar en una relación personal tan intensa con él, que, como Jeremías, según vemos en la primera lectura del banquete del pan de la Palabra de este domingo, uno sucumbe a su poder seductor y queda atrapado en sus encantos.

El grado de seducción en el que quedamos libremente conectados a Jesús será la medida de nuestra identidad cristiana. Si en el encuentro con él quedamos seducidos nuestra vida cambia de signo y ya no tiene vuelta de hoja. Es muy difícil seguir con entusiasmo y alegría el rastro de Jesús sin haber quedado antes embelesados por su belleza.

Sin pasión por Jesús, podemos empeñarnos en seguir su ruta, pero lo haremos a trancas y a barrancas y con cierta desgana y pocas garantías de perseverancia, y desde la lejanía. El camino se nos hará eterno e insoportable en muchos momentos.

Es lo que el evangelio de este domingo nos muestra que le pasó a Pedro. El domingo pasado Simón fue quien sedujo a Jesús con su confesión de fe y, además de tranquilizarlo porque estaba en crisis al ver que su misión encontraba más resistencias que apoyos, al decirle que para él que era el Mesías, el Hijo de Dios, le entusiasmó tanto que hasta el nombre le cambió anunciándole que él sería la piedra sobre la que descansaría su grupo de seguidores.

Hoy a Jesús todo el gozo se le va al fondo del pozo, al ver que esa piedra no parece tan firme ni tan consistente pues a las primeras de cambio ya no es lo que parecía. Animado por esa confesión del que hasta esos días se llamaba Simón, empieza a hablar con toda claridad al grupo advirtiendo, y anunciando, la suerte que le esperaba en Jerusalén a él y a los que escogieran su camino y siguieran sus pasos.

Simón empieza a ejercer de Pedro y se lleva al maestro a parte para reprocharle esas palabras que para cualquier mente cuerda son inaceptables. Alguien en quien ha puesto la esperanza de una vida mejor no puede correr esa fatal suerte de la que habla.

Pedro hace el papel que Satanás en el desierto que se empeñó en sacar al recién bautizado por Juan de su misión y camino con sus tentaciones, Jesús le dice que no se entrometa en su ruta, ni quiera cambiar el signo de la misión que el Padre le ha encomendado. Le dice que se ponga detrás de él y no delante porque es él quien marca el sendero.

Y dice a todos que quien esté decidido a seguirle debe renunciar a sí mismo, cargar con su cruz y seguirle. Eso no lo puede hacer sino alguien que haya queda seducido y atraído fuertemente por Jesús y que, como el profeta Jeremías, exclama: me sedujiste, Señor y me dejó seducir”.

Bien seducido por Jesús tiene que estar quien se muestra disponible a perder su vida para ganarla. Perder la vida es desvivirse por el hermano y hacerlo porque a ello nos lleva el atractivo de Jesús y su Palabra de vida.

Pongamos un ejemplo: sin seducción no hay éxito en una relación de pareja. Si la seducción remite o se enfría con el tiempo el amor va diluyéndose y puede quedar en nada. Eso probablemente le pasó a Pedro, que, seducido por Jesús, confiesa que es el Hijo de Dios y el nuevo David que va a devolver el esplendor a Israel. Al ver que anuncia algo tan inaceptable como lo que en Jerusalén le acontecerá ya no parece sentirse tan atraído y se lo echa en cara.

La seducción no basta, pero sin ella no podemos hacernos seguidores de Jesús. La seducción, como el amor,  hay que alimentarlo constantemente y restaurarla cuando flaquea para que persista y crezca.

Jesús pide a Pedro que se ponga detrás de él, que no quiera ponerse al frente y cambiarle el paso ni apartarlo del camino; y a quienes pretenden seguirle pide que den preferencia en su vida a los demás, renunciar a su propia seguridad y ponerse de último en la fila. Y seguir su rastro cargando la cruz de cada día que se hace más pesada cuando en esa cruz se amontonan el dolor y el sufrimiento de los demás. Cuando hacemos eso buscamos el bien de los otros dejando para oto momento el nuestro. Eso es salvar la vida por perderla, porque se va dejando jirones de ella por el camino de nuestra particular historia. Lo demás es perderla.

Y yo, ¿quién digo que soy?

Meditando el evangelio de este XXI domingo del tiempo ordinario no he podido dejar de pensar, salvadas las distancias de lugar y de tiempo, en el parecido de Jesús con el popular, y conocido en España por todos, doctor Simón, el epidemiólogo que pone todos los días su cara a las malas noticias que nos actualizan la escalada de infecciones del Covid 19 en nuestra piel de toro. En su última comparecencia este hombre, denostado por muchos y reconocido también por muchos, tanto que algunos se han tatuado su nombre y su figura en alguna parte visible de su anatomía, dijo: <<no vamos bien>>.

Eso mismo, imagino yo es lo que pensaba Jesús, sobre su misión. Se sentía frustrado y su misión la veía en una profunda crisis por el creciente rechazo y resistencia de los destinatarios de su mensaje.

Después de satisfacer con unos panes y unos peces el hambre de miles de personas que le seguían, se va dando cuenta que toda esa gente, en realidad, por lo que le siguen no es por lo que él representa ni porque sintonicen con su mensaje por el que va trasladando a esos sencillos y pobres hombres de las aldeas la gran propuesta de una vida nueva de Dios Padre para todos.

No, tal vez le siguen porque Jesús ha resuelto su problema inmediato. En ese pan y esos peces, misericordiosamente multiplicados hasta sobrar, el Galileo hizo lo que pretenden hacer hoy las autoridades con el llamado Ingreso Mínimo Vital (IMV), esa prestación social pensada para reducir el riesgo de pobreza y exclusión social de quienes viven solos o en unidades familiares sin suficientes recursos. A eso se le dice: pan para hoy, pero hambre para mañana.

Por eso Jesús, que ve con claridad su horizonte incierto y oscuro pregunta a sus discípulos qué piensa realmente la gente de él, cómo lo ven. Las explicaciones que le dan tienen para Jesús su lógica y las entiende a la perfección.

Pero no le basta con eso, hace una segunda pregunta a sus discípulos, a esos que le deben conocer mejor porque con Él pasan el día y la noche, bueno, no todas, porque algunas, él pasaba en vigilia mientras ellos dormían. Para Jesús era de singular importancia lo que ellos dijeran de él, ahí vería si también a ellos les basta y les sobra con los panes y peces que quitan las telarañas del estómago.

Pedro habla en nombre del grupo y tranquiliza a Jesús con su respuesta. Le dice: para nosotros “tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. O sea, tú eres mucho más que el limpiador de telarañas simplemente poniendo abundante pan y pescado en la mesa en la  mesa de los hambrientos. Tú eres el esperado, el que va a llenar de esperanza nuestro infortunio.

Me pregunto si yo, en el papel de Pedro, soy capaz de dar esa misma respuesta a la pregunta de Jesús. Y creo que sí, aunque también cruzo los dedos porque tengo la seguridad de que, como Pedro, le he fallado y le seguiré fallando en mi seguimiento. Un día, como a Pedro también Jesús me preguntará: fulano de tal ¿me amas? Y lo hará por tres veces y hasta por más; y yo, avergonzado, pensaré en la infinidad de veces que le fallé. Y sorprendentemente él seguirá renovándome su confianza pidiéndome el favor de que pastoree sus ovejas.

A la pregunta con que abría el titulo esta entrada respondo que yo soy quien, simplemente, trata de confesar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el que tiene la respuestas nuestras necesidades, que quiero seguir sus pasos aunque le falle con frecuencia. Esto es lo que puedo decir de mí mismo.