Vida eterna al alcance de la mano

En esta España, “camisa blanca de mi esperanza, a veces madre y siempre madrastra”, como canta Ana Belén, escrita por su pareja Víctor Manuel, el pasado domingo celebramos la fiesta Santiago Apóstol, patrón de quienes estamos en este pedazo de tierra de la piel de toro.

La liturgia correspondiente al domingo XVII del tiempo ordinario cedió su preeminencia a la del apóstol y no se proclamó el evangelio de Juan que correspondía. Jesús, conmovido por la enorme multitud de gente que veían sus ojos, dio de comer con dos peces y unos panes a todo ese mogollón de gente que tenía en frente y sació su hambre. El de este domingo es su continuación. La gente que se ha saciado gratis de pan y peces busca a Jesús para que les siga alimentando y saciando su hambre.

Estaremos todos de acuerdo en que para un humano las dos necesidades más básicas que deben ser cubiertas son la salud y la alimentación. Y, tratándose de gente en precariedad que no tienen cómo cubrir ni una ni otra, ambas necesidades son una urgencia perentoria.

Cuando rezamos la oración del Padrenuestro pedimos: “danos hoy nuestro pan de cada día”. En esta plegaria no se pide otra cosa trabajo para poder llevar cada día a la casa el pan limpio con el que alimentar a la familia. De lo que se trata es de estar sanos para vivir de la mejor manera posible. Y para ello es necesario alimentarnos suficientemente bien. Todos sabemos que una deficiente alimentación genera enfermedades.

Jesús se da cuentas que lo buscan por ese interés tan humano y natural y no se lo reprocha en absoluto, pero les dice que vivir es más que comer y tener salud. Vivir es ser felices, aunque para ello es preciso tener cubiertas esas necesidades básicas.

Les dice que no se conformen con ese pan, que después de todo es transitorio, que aspiren a otro que da vida eterna, vida plena. Este otro alimento quien lo da es el Hijo del hombre, es él mismo.

Generalmente, cuando oímos hablar de vida eterna, pensamos en la otra vida, la que viviremos en el cielo después de salir de este mundo. No son pocos los que tienen dificultad para creer en esta otra vida. Creo que en la cabeza de Jesús está algo más sencillo que todo eso. Vida eterna es, por ejemplo, sentirse bien con los demás, querer bien y ser bien queridos, gozar la compañía de los amigos, tener alegría. Sencillamente, ser felices.

Cuando aquí abajo en la tierra vivimos así, al estilo de Jesús, el hambre y la sed se satisfacen por añadidura, una añadidura que a veces proviene de la solidaridad de los amigos, de la gente buena, de los <<santos de la puerta de al lado>>.

Este nuevo estilo de vida que se centra en lo esencial viene de la fe y se hace realidad en el seguimiento a Jesús.

La gente, pues, no busca al Maestro sólo por el interés de seguir alimentados de gratis. Tiene un sincero deseo de hacer lo que Dios quiere para disfrutar ya la vida eterna aquí abajo, anticipo de la que continuará en las alturas. Y Jesús les dice que lo que Dios quiere es que crean en él, que acojan ese don del Padre que es él mismo. Todo lo demás, vendrá por añadidura.

Creyendo en Jesús, siguiendo sus pasos, la vida eterna, la vida plena, la vida feliz la tenemos alcance de la mano, a ras de suelo, sin esperar a que nos llegue la hora de cruzar las nubes y entrar en el cielo.

De este pan de vida eterna seguiremos hablando los dos próximos domingos.

Cuestión de equilibrio

El evangelio de este domingo empalma con el de la semana pasada. Jesús envió a los discípulos en misión porque la mies es mucho y se necesitan muchos brazos para ecahr una mano. Fueron de dos en dos y volvieron entusiasmados y con necesidad de contar y compartir la experiencia tenida.

El evangelista Marcos muestra la preocupación de Jesús por sus discípulos. Jesús quiere que descansen. Pero la gente no se lo permite porque era grande el interés que tenían en conocer más de Jesús y su novedad. Esta urgencia de la gente era tal que, como señala el evangelio, no tenían chance ni de comer.

El enorme interés de la gente, que de todas las aldeas lo andaban buscando, por estar con Jesús queda claro. Dice el texto que eran tantos los que iban y venían en su busca que no tenían tiempo ni para comer. 

Tal vez en otras circunstancias Jesús hubiera reaccionado de manera diferente y le hubiera dicho a Pedro que se adentrara en las aguas del lago para ir a otros lugares y alejarse del tumulto. Esta vez accede a la demanda dándose cuenta de qué es lo que tiene que hacer en vista de lo que la gente demanda.

Regresan los discípulos de la misión que Jesús les encomendó. Se ve que les impactó mucho la experiencia y necesitaban compartirle al Maestro lo vivido. Seguramente que lo más impacto causó a los discípulos fue constatar la enorme necesidad que la gente tenía de escuchar una palabra nueva, un mensaje nuevo, diferente al que estaban acostumbrados a oír de sus dirigentes religiosos y que no lograba ilusionarles ni alegrarles la vida.

Jesús quiere estar con ellos a solas en un lugar tranquilo para compartir lo vivido, pero la urgencia es tal que la gente se les adelanta y frustra esos planes sosiego, descanso y compartir. Ese mogollón de gente le hace ver que están como ovejas si pastor, a la deriva, sin nadie que, les muestre un camino en el que se sientan seguros. Ser en la vida como una oveja que no tiene pastor, ni rumbo, ni quien le marque el camino es una verdura urgencia que no puede aplazarse a un momento mejor. Importa más atender eso necesidad que tomarte tu tiempo de descanso. Deja por tanto Jesús a un lado su legítimo derecho al descanso y a estar con sus discípulos y se puso a enseñarles con calma. 

A Jesús nunca le molesta la gente. Hoy tenemos que dejarnos molestar por el hermano que nos necesita y que tiene una urgencia. A Él le mueve la compasión porque siente que están como ovejas sin pastor y que es necesario coger las cosas con calma y enseñar sin prisas, sin decir: no tengo tiempo, tengo mucho que hacer, me están esperando en otro lugar.

Este evangelio, a quienes tenemos la responsabilidad de pastorear el rebaño nos interpela. Nos tenemos que preguntar si sentimos compasión de la gente, o si, por el contrario, tratamos, aún de manera cortes, de quitárnosla de encima cuando nos piden un poco de nuestro tiempo para escucharlos.

Pero también interpela, por ejemplo, a todos los padres de familia que son los pastores a quienes Dios ha encomendado el pequeño rebaño del hogar. Muchos ven con pesar que también sus hijos andan como ovejas sin pastor y que ellos, ni siquiera tienen tiempo para encauzar o enderezar el camino. También en este escenario la compasión juega un papel importante y todos debemos tenerlo muy presente.

Dejar de lado nuestro legítimo derecho a descansar dando prioridad a la necesidad de quienes tenemos al lado, es lo que tenemos que hacer y lo que nos pide Jesús en el evangelio de este domingo.

Todo esto no quita que también dediquemos tiempo a la alegría y al compartir. Nos pasa que creemos que ser cristianos es dedicar sólo tiempo a las celebraciones, a las reuniones de grupo para estudiar temas y crecer en la fe y nos olvidamos de que también ser seguidores de Jesús implica habilitar espacios para el descanso, la fiesta y la alegría. 

A este respecto San Agustín escribió: <<Un grupo de cristianos es un grupo de personas que rezan juntas, pero también conversan juntas. Ríen en común y se intercambian favores. Están bromeando juntas, y juntas están en serio. Están a veces en desacuerdo, pero sin animosidad, como se está a veces con uno mismo, utilizando ese desacuerdo para reforzar siempre el acuerdo habitual.

Aprenden algo unos de otros o lo enseñan unos a otros. Echan de menos, con pena, a los ausentes. Acogen con alegría a los que llegan. Hacen manifestaciones de este u otro tipo: chispas del corazón de los que se aman, expresadas en el rostro, en la lengua, en los ojos, en mil gestos de ternura».

Después de todo, es cuestión de equilibrio. Debemos hacer un buen uso del tiempo. Porque tiempo hay, o debemos disponerlo, para todo: para afanarnos y para pasarlo bien en fraternidad. Pienso en nuestra comunidad parroquial. No sé si por el miedo al coronavirus, hemos dejado de lado espacio para divertirnos, para compartir, para la alegría. La fatiga pandémica nos ha dejado sin alegría y las mascarillas ocultan nuestra sonrisa.

No desistir

Lo que deseamos con afán lo buscamos con empeño si perseveramos en el intento. Creo que es lo que le pasaba a Jesús. Se admiró, lo vimos el domingo pasado, de la fe de dos personas que pusieron en él toda la confianza porque se sentían seguras pensando en su urgencia.

Una era el jefe de la sinagoga, que tenía una hija en las últimas y, confiaba tanto en Jesús que le ruega que haga algo por ella, poca cosa, simplemente imponerle las manos. La otra, una mujer que llevaba doce años cargando sobre sus espaldas una enfermedad que le producía dolor y vergüenza y, además, le había dejado arruinada porque se gastó todo en médicos que no dieron con la solución.

No fue, realmente Jesús quien curó a la mujer y devolvió a la vida a la niña, que tenía de edad los mismos doce años que llevaba la mujer cargando la vergüenza de la impureza de sus hemorragias menstruales. Fue la fe de ambos la que hizo que las cosas cambiaran y que, lo que parecía imposible se hiciera realidad “porque para Dios no hay nada imposible”.

La fe en Jesús llevó a ambos a perseverar en su empeño confiados en que el Maestro no se resiste a nada que tenga que ver con la vida porque así es, compasivo, misericordioso y sensible al dolor de los que sufren.

Tal vez, animado por ello, Jesús va a su pueblo, a su gente, con el deseo de hacerles partícipes de la grandeza de la fe y deseando que también su gente, con los que se había criado, y creció, llegaran a lo que otros ya habían llegado. Quería a cercarlos también a ellos a Dios.

Pero no le salieron bien las cosas. Decepcionante, muy decepcionante, debió resultarle a la actitud de sus compañeros de aldea. No fue bien recibido, ni siquiera por sus parientes, nadie salió a su encuentro, nadie le sacó a la entrada de Nazaret a los enfermos para que los curara, como hacían en otras aldeas.

Y cuando llegó el sábado se fue a la sinagoga para encontrarse con los suyos. Allí empezó a hablar de las cosas que hablaba, de Dios, de la bondad de los corazones, de que seamos hermanos, en fin, de todo aquello que sirve a los pobres para ver la vida con un poco de esperanza. 

Su reacción, tras escucharlo, fue de asombro y admiración, pero también de desconfianza. Admiración por la belleza de su elocuencia y desconfianza porque, después de todo es uno como ellos, el hijo del carpintero y carpintero también. Además, aunque muchas de las cosas que decía les atraía, pero no les resultaba fácil aceptarlas porque se dan cuenta que su compueblano ha cambiado mucho en su manera de pensar desde cuando dejó la aldea y se fue por esos mundos de al lado.

Jesús se desencantó, pero este desencanto no le lleva ni al desaliento ni al desánimo. Concluye el relato de Marcos señalando que Jesús se sorprendió de su falta de fe y que no pudo hacer ningún milagro, que tan sólo curó a algunos enfermos y se marchó a los otros pueblos a seguir, erre que erre, con su misión de anunciar la Buena Nueva a todo el que quiera acogerla.

Es esta parte del final del pasaje la que más me pone a pensar a mí. Dicen que estamos entrando, al menos en este lado del océano en la quinta ola del Covid. La llamada <<fatiga pandémica>> a todos nos está pasando factura, al menos a mí si. Y nos sentimos desganados, algunos a punto de tirar la toalla, como los boxeadores que están cercanos a caer de bruces en la lona del cuadrilátero. Se nos pide que no bajemos la guardia y que sigamos atentos con todas las precauciones aconsejadas para esquivar este puñetero virus que ha cambiado tantas veces de cara que ya ni lo reconocemos.

Jesús, siguió con lo suyo, aunque su gente, y su propia familia no le acogieron. No aprovecharon la oportunidad de abrirse y acercarse a Dios. Se llevó la oportunidad a otras aldeas y a otras gentes que si la acogiesen.

Nadie, o muy poca gente, supongo, consiguió, en su primer intento, el sí de la persona a la que quería conquistar para soñar juntos un futuro en pareja. Sé de más de uno, y de una, que la persistencia lo llevó al éxito porque <<tanto va el cántaro a la fuente>> que al final se rompe>>. Y ceden las resistencias.Sí, la clave de alcanzar lo soñado está en la persistencia, no en desistir.

Tres jueves hay en el año..

…Que relucen como el sol: Jueves Santo, Corpus Cristi y el día de la Ascensión. Así canturreaba mi padre este dicho, que hoy ya no tiene mucho sentido por que desde hace ya no pocos años esta fiesta, que en el calendario litúrgico está marcada para el pasado jueves, se ha trasladado al domingo.

Yo a esta fiesta le tengo un aprecio especial pues ese día en mi pueblo, como siempre ha sido costumbre, por primera vez comulgué. De eso hace ya seis décadas, pero hoy todavía lo siguen haciendo en este día.

De todos modos, celebrar en domingo una fiesta que se debe celebrar en jueves no es tan relevante. Además, cuando contamos cuarenta días partir de la resurrección, siempre caería en jueves el acontecimiento de la subida de Jesús a los cielos una vez concluida su misión entre nosotros. De todos modos, tampoco se trata de cuarenta días calendarios. El 40 tiene en la Biblia un significado que nos habla de plenitud: el diluvio duró 40 días y 40 noches; la marcha de los israelitas por el desierto, 40 años; el ayuno de Jesús en el desierto después de recibir el bautismo de Juan también dicen los evangelistas que duró 40 días. 

En el caso de la fiesta de hoy, digamos que Jesús, tras resucitar, debió permanecer en la tierra el tiempo suficiente hasta que sus discípulos quedaran listos para ponerse manos a la obra y empezar a realizar la misión de llevar por todos los rincones del mundo la Buena Noticia que él les había compartido, que fue la misión que les encomendó. Seguramente fueron bastantes días más que esos cuarenta así que no hay problema en que la Ascensión, en vez de celebrarla en jueves, la celebremos en domingo.

Retornando al cielo y sentándose a la derecha del Padre es como Jesús culmina su tarea, tarea bien cumplida. Pero no es sólo misión cumplida, no. La Ascensión del Señor es para nosotros una fiesta que nos habla mucho de esperanza. El cielo, de no haber sido porque Jesús, permanecería cerrado y no tendríamos pasaporte ni salvoconducto para entrar a él. Jesús lo abrió de par en par para que también nosotros podamos ocupar la morada que nos dijo que tenemos reservada porque su nueva tarea ahora es hacernos sitio para que podamos estar también nosotros con él junto al Padre.

Ver así las cosas cambia mucho la perspectiva. Nuestra vida, que es para siempre, es decir, que ni siquiera se acabará cuando finalicen nuestros días en el peregrinaje de este mundo, la vamos a vivir a plenitud, no durante 40 días, ni cuarenta años, ni cuarenta nada; no, la vamos a vivir eternamente, para siempre. Yo no sé vosotros, amables lectores, pero yo no quisiera vivir eternamente la vida peregrinando en este mundo sorteando pandemias y cada dos por tres ponerme vacunas para que ningún virus acabe conmigo. Yo quiero vivir la vida plena en el cielo y ocupar la suite que Jesús me tendrá preparada. Y, como Jesús es gente de palabra, la cumple.

Pero, en lo que ese día llega, que tampoco hay prisa, tenemos que poner los pies y la mirada en la tierra, no quedarnos bociabiertos mirando al cielo. Debemos dar continuidad con nuestro trabajo a la misión que inició Jesús al humanizarse y descender del cielo. Esa misión es la que encomendó a sus discípulos. También Pedro y los demás están ya ocupando su sitio; nosotros aquí seguimos en la tierra y a nosotros nos toca recibir el testigo de esta carrera de relevos. Debemos poner todo nuestro empeño en que la acción misionera siga su curso. Esa es ahora nuestra tarea. 

Nos dice Marcos que los discípulos no perdieron su tiempo, “salieron a predicar por todas partes”. Y dice que les acompañaba el Señor, ahora con su nueva forma de presencia, y que hacían, con su predicación y el testimonio de su vida, muchas cosas en favor de la gente. Así el mundo se empezó a humanizar un poco más cada día. Ahora es nuestro turno.

Dios es Todopoderoso porque se humanizó

No he podido evitar al meditar el evangelio de este miércoles de la IV semana de Pascua, hacerme la pregunta que mucha se hace de que, si Dios es tan poderoso, como confesamos en el credo, y como desde niños nos enseñaron, cómo permite el mal, como no impedido la tragedia humana y matado al covid19 antes de que hiciera tanto daño? ¿Será que no lo es tanto? ¿Será que tampoco es tan bueno como decimos que es?

Este evangelio de Juan que hoy se ha proclamado en las misas de las parroquias me hace ver, tal vez sin pretenderlo expresamente, que hay en él mucha luz sobre este asunto. Después de todo, como se narra en el pasaje, Jesús, gritando, alzando la voz, dice que “ha venido al mundo como luz” de manera que quien cree en él no se ve atormentado por las tinieblas. Y creo que ciertamente sobre este problema del mal que a muchos les dificulta ilusionarse con la fe y el seguimiento de Jesús, ofrece hoy buena y mucha luz.

Lo que Jesús plantea, en el fondo, es que el verdadero poder de Dios, donde Dios se ha manifestado como todopoderoso, como omnipotente, es cuando decidió humanizarse, venir a este mundo y adentrarse en nuestra pequeñez y fragilidad. Eso, sólo lo puede hacer alguien que es realmente poderoso. Pablo en la carta a los cristianos de la ciudad de Filipo les dice que: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”. (Flp 2,6-11)

O sea que Dios es realmente omnipotente al abajarse hasta nosotros y manifestarse en la debilidad humana. Dios es Todopoderoso al renunciar a su condición de superhumano y aceptar nuestras limitaciones y hacerse uno más con nosotros y como nosotros.

Quien se encuentra con Jesús, se encuentra y ve a Dios porque Jesús y el Padre, que es quien le ha enviado, son una misma cosa. Aplicando nuestra lógica a esta cuestión, otra conclusión a la que podríamos llegar es que, si el verdadero poder de Dios está en su humanización, también entonces nosotros, en la medida en que sigamos en nuestros límites humanos, somos poderosos como Él porque, como bien sabemos, hemos sido creados a su imagen y semejanza. Sobrepasar nuestros límites humanos nos deshumaniza de tal manera que nos hace perder la semejanza con Dios que es donde está la belleza humana. Y hoy, en estos tiempos que corren, la deshumanización parece que campa por sus fueros.

Por tanto, también nosotros, como Dios, somos todopoderosos en la medida en que sigamos siendo plenamente humanos y no deshumanicemos.

Dios a todos nos quiere pastores

Cuando la curva descendente de la cincuentena pascual se acelera, dejamos atrás las apariciones del crucificado que resucitó al tercer día a sus discípulos y nos enfilamos hacia la fiesta de la Ascensión y de Pentecostés que celebraremos el 16 y el 23 del próximo mes de mayo respectivamente.

Este domingo es el cuarto de pascua y, cada año en este día, nos centramos en la figura de Jesús Pastor bueno. Es el domingo del Buen Pastor. Cuando hoy nos preguntamos quienes son pastores, quienes tienen encomendado el cuidado y la atención de un rebaño enseguida pensamos en los curas que están al frente de parroquias, colegios etc.

Puede que hoy, a las nuevas generaciones la figura de las ovejas y del pastor no les sea muy familiar. De tan urbanos que nos hemos vuelto, las escenas que tienen que ver con la vida rural son escasas y dicen poco. Pero no era así en los tiempos de Jesús.

En aquel entonces abundaban por las aldeas las escenas de pastores que guiaban sus rebaños por las veredas a buenos pastos. Para el pueblo de Israel el mismo Dios es pastor. El salmo 79 canta en su inicio: “Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño; tú que te sientas sobre querubines, resplandece ante Efraín, Benjamín y Manasés; despierta tu poder y ven a salvarnos”. Dios pastor sacó al pueblo de la esclavitud de Egipto y lo condujo por el desierto hasta la Tierra de Canaán. No es extraño que Dios escogiera también a un muchacho cuidador de ovejas, David, para que pastoreara como rey a su pueblo y lo pusiera al frente de un reino fuerte y poderoso.

Aquella gente sabía distinguir los pastores buenos de los que eran descuidados, y hasta malos porque desatendían sus ovejas al no ser los dueños. Jesús en el evangelio de este cuarto domingo de pascua se presenta a sí mismo como el Buen Pastor. 

Al presentarse así no se da autobombo. Distingue claramente un pastor bueno de otro que no lo es. La nota diferenciadora de un pastor bueno de otro que no lo es está en la manera de conducir el rebaño. El pastor bueno da la vida por sus ovejas porque las siente y las quiere como suyas. Al pastor asalariado, en cambio, las ovejas no le importan mucho; después de todo no son suyas. Cuando ve que los lobos merodean el rebaño sale huyendo porque no quiere arriesgar su vida y le trae sin cuidado la suerte de las ovejas. El pastor bueno las protege y cuida y arriesga su vida hasta que ahuyenta el peligro.

El pastor que es bueno conoce bien a sus ovejas porque es cercano a ellas y se preocupa, incluso, por aquellas ovejas que, aunque no están en su redil, las quiero con él para que estén a buen recaudo.

La Palabra de este domingo nos interpela a todos, no sólo a los curas responsables de las parroquias que conforman una iglesia local que llamamos diócesis. A ser pastores, en mayor o menor medida somos todos. Lo son unos padres a quienes Dios les ha confiado el cuidado de un pequeño rebaño que son sus hijos por quienes también dan la vida y cuidan y protegen para que crezcan fuertes y sanos.

Pastores son también los maestros que conducen el rebaño de sus alumnos. Puede que algunos no sean buenos pastores al estilo de Jesús, porque se limitan a trasladar unos conocimientos a los estudiantes, pero desatienden sus responsabilidades como educadores. Pastores son también, por ejemplo, los médicos que atienden a sus pacientes amenazados por el lobo de la enfermedad y el quebranto y les devuelven la vida en riesgo que padecen.

Pastores son, deberían ser, también los políticos y dirigentes de la sociedad. Sus ovejas son los ciudadanos y su responsabilidad es conducirlos a buenos pastos para que haya paz y la vida fluya con alegría y sin miedo. Lamentablemente, lo que vemos en los medios no habla bien de estos pastores.

No hay otra manera de ser pastores buenos que parecernos en el desempeño de esta misión a Jesús, el Buen Pastor. Desvivirse por las ovejas que tenemos encomendadas, protegerlas y cuidarlas de los lobos que las acechan hoy, ser cercanos a ellas y conocerlas tan bien que hasta sobran las palabras y tener una actitud de acogida y respeto hacia las que no están todavía en el redil en el que todos caben es la forma de ejercer nuestro pastoreo al estilo de Jesús y ser, como él buenos pastores.

Alegría y paz

Todos los segundos domingos de Pascua el evangelio nos presenta dos apariciones de Jesús a sus discípulos tras la resurrección, que se producen en el transcurso de ocho días. Las dos acontecen en el primer día de la semana, lo que hoy nosotros llamamos domingo, que es el día del Señor.

Para quien está turbado, y triste, en una profunda desesperanza, no hay mejor medicina que recibir paz, alegría y razones para creer. 

Es lo que hace Jesús al salir al encuentro de los amigos que le han acompañado por tres años recorriendo con él las aldeas de Galilea y escuchando de su voz enseñanzas que les hacían ver la vida con otros ojos y con más ilusión. Ellos estaban y abatidos y en un desencanto tan grande qué no saben qué hacer. 

A Jesús le apena el miedo que sus discípulos tienen a lo que los judíos puedan hacer con ellos simplemente por ser seguidores suyos. Están con las puertas cerradas, pero el corazón lo tienen abierto, a ver si la promesa de la resurrección el crucificado la cumplía. 

El que ama mucho, como Jesús, hace cosas que parecen, y son, humanamente imposibles, atraviesa puertas y muros y levanta el ánimo de los decaídos amigos. De hecho, dos dejaron ya el grupo viendo que aquel en quien había puesto todas sus esperanzas no daba señales de vida y retornaban, seguramente avergonzados, a su pueblo, a su vida de antes de entusiasmarse con la propuesta de Jesús.

Tampoco Tomás, víctima de desencanto, está con el grupo. Se ha ido, como Cleofás y su compañero, a retomar su vida vieja. Ha desistido. Pero, así como a los de Emaús les ardía el corazón cuando ese extraño pasajero que se les unió camino de regreso a su pueblo les comentaba lo que del crucificado decían las escrituras, algo le ardía también a El en el suyo sintiéndose fuera del grupo con el que había convivido a diario.

Tal vez por eso, el mellizo, a los ocho días, estaba con ellos otra vez. Le cuentan que Jesús está vivo y se les ha aparecido. Pienso que Jesús sintió profundo pesar por la ausencia de Tomás y quiso retornar otra vez para que no quedara su amigo sin el don de la fe. Bien sabía Jesús que la fe de los suyos sólo sería firme si se sustentaba en la experiencia de encuentro con él y que Tomás necesitaba certificar lo que le cuentan para llegar a ella.

Jesús, que contó aquella parábola del pastor que tenía cien ovejas y, al perdérsele una, dejó las noventa y nueve y se fue tras la que se había alejado, que salió al encuentro de los desertores que dejaban Jerusalén y se retornaban a Emaús, es el que a los ocho días de presentarse ante sus discípulos llenándolos de alegría y de paz, nota y lamenta la ausencia de una de sus ovejas y no estaba dispuesto a perderla. Vuelve a presentarse a los ocho días para recuperarla y también participe de la misma paz y alegría que cambió la vida de sus compañeros.

Como he comenzado esta reflexión reitero que quien está turbado lo que necesita es paz y quien esta triste, alegría y quien está sin esperanza, razones para la fe. Necesitaban paz en sus corazones y Jesús, dice el texto, repitió esa mágica expresión en tres ocasiones. Cuando se reunió con ellos para la Última Cena les advirtió que estarían tristes dentro de poco, pero que su tristeza se convertiría en alegría. “Vosotros ahora estáis tristes; pero os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y nadie os la quitará” (Jn 16,22)

Tomás ha llegado a nosotros como el hombre a quien se le resiste la fe. Este relato nos dice que, para creer en Jesús, para creer en Dios, hay que tocarlo, hay que acercase tanto, tanto, que podamos introducir nuestros dedos en su costado y en sus llagas.

Comentando este pasaje dice San Agustín: “Cristo quiso que quedasen en sus carnes las cicatrices para eliminar del corazón de los hombres la herida de la incredulidad, que las señales de las heridas curasen las verdaderas heridas”.

Quien se acerca a Jesús, tanto como para palpar sus cicatrices, no puede menos que decir, como Tomás, el mellizo, Señor y Dios mío.

Desvirse es morir y resucitar

A nuestra peregrinación cuaresmal le quedan pocas jornadas. Tal vez, cuando hace ya varias semanas iniciamos nuestra andadura, nos lo tomamos con calma pensando que la Pascua quedaba lejos y teníamos mucho tiempo por delante. 

Y puede que hayamos descuidado algunas tareas que seguimos teniendo pendientes. Como la de ir dejando por el camino el lastre que no debemos cargar a nuestras espaldas para dar con Jesús el paso a una vida renovada, una vida con ilusión nueva, con pilas nuevas y recargadas.

Se nos hará difícil resucitar, pasar a una vida nueva, si primero no morimos, si no damos muerte y clavamos en nuestra cruz todo aquello que no merece la pena tener vida porque nos impide vivir la bienaventuranza que Dios desea para todos. Deberíamos, por ejemplo, crucificar eso que se viene llamando desde hace meses <<fatiga pandémica>> porque nos está dejando secos, sin energía, sin alegría, sin ilusión, y, tal vez, hasta sin esperanza.

El mensaje de la Palabra de este quinto domingo de cuaresma va, me parece, en esa dirección. Jeremías nos dice que Dios nos ama tanto que, aunque no somos fieles, ni leales, ni cumplimos los acuerdos, hace con nosotros una alianza nueva distinta a la vieja. La novedad de esta alianza es que la meterá en nuestro pecho y quedará escrita en nuestros corazones. Menos mal que Dios no recuerda nuestros fallos y aguanta su ira.

Pero, la cuestión es si a Dios le dejaremos hacer eso en nosotros, es decir, si le dejaremos que meta en nuestro pecho y en nuestro corazón su propuesta de pactar una alianza de amistad que nos beneficia más a nosotros que a Él mismo. 

Ojalá que el camino cuaresmal recorrido hasta hoy nos haya hecho sentir un poco como los griegos, seguramente paganos, pero que sin duda estaban fuertemente atraídos por todos lo que han oído de Jesús, que llegaron a Jerusalén, y que tenían fuertes deseos de conocerlo.

No se atreven a ir directamente a Jesús, necesitan intermediarios que le conozcan y los conduzcan hasta él. Andrés y Felipe se lo dicen a Jesús y éste no dedica ni un solo minuto a dar explicaciones, ni programas.

Va directo al asunto. No se anda con tapujos. A esos griegos paganos les habla con una claridad que debía asustar a cualquiera. Consciente del momento que vive, y con la muerte pisándole los talones, señala que el grano de trigo para dar cosecha y garantizar el pan de la mesa, debe caer en tierra y pudrirse, morir.

Y a quienes quieran seguir sus pasos, tanto si son griegos, paganos, o judíos, les dice que quien se ame a sí mismo se perderá, pero quien se desvive, se entierra, se aborrece a sí mismo, se guarda para la vida eterna. Eso es pasar de la muerte a la vida, eso es resucitar.

Ojalá nos pareciéramos a los griegos del evangelio de este domingo y en nosotros se diera ese interés genuino por conocer a Jesús, por encontrarnos con él y seguir sus pasos, convencidos de que nuestro futuro, nuestra esperanza, nuestra vida, pasa también por el fracaso de la cruz del mundo.

¿Este enterramiento que deberemos hacer para que nuestra vida dé mucho fruto será nuestra tarea pendiente? 

Nos acercamos a los días que llamamos Semana Santa, que para mí mejor sería llamarla Semana Grande, o Semana Mayor. En estos días pondremos fija nuestra mirada en el crucificado. La cruz fue el signo de su desvivimiento y debería ser también el nuestro. En tanto en cuanto servimos Jesús está con nosotros. No podemos servir si estamos aferrados a nosotros mismos, a nuestra vida, a nuestros intereses. Ahí perdemos la vida; pero si nos desapegamos la conservamos, aunque parezca muerte y fracaso.

Aprovechemos estos días y completemos nuestras tareas pendientes, que, de seguro, son varias.

Dios no sabe hacer otra cosa que amar

Con el cuarto domingo de cuaresma entramos ya en la recta final de nuestra andadura hacia la pascua. La Palabra hoy nos va a decir que Dios es todo amor, de principio a fin. En realidad, pareciera que no sabe hacer otra cosa. Siempre me pregunto qué tendremos nosotros que valiendo tan poco nos quiere tanto. Y, como no encuentro respuesta, suelo resignarme diciendo que será cosa de Él, que es así, rico y abundante en misericordia como nos dice Pablo en la segunda lectura.

A veces pensamos que, como <<Dios es amor>>, amar no le cuesta mucho. Pues no. Le cuesta, le tiene que costar. El segundo libro de las Crónicas que se proclama este domingo pone sobre el tapete las múltiples infidelidades e ingratitudes del pueblo que Dios hizo suyo y al que le envió profetas y mensajeros para que enderezara su conducta. Pero, nada de nada. No hicieron caso, “se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas”.

Y la ira de Dios subió de tono con sobrados motivos y el pueblo quedó en manos de los caldeos que destruyeron todo lo habido y por haber.  Los que se salvaron de esa pandemia caldea y quedaron vivos fueron llevados cautivos a Babilonia y convertidos en esclavos.

Pero Dios, que, reitero, no sabe hacer otra cosa que amar, sintió profundo dolor por su gente y llenó de sentimiento de misericordia el corazón de Ciro, rey de Persia, para que devolviera al pueblo su libertad y le permitiera el retorno a su tierra. Hasta se comprometió a edificarle una casa para que fuera también la casa del pueblo.

Me gustaría ver la cara que pondría Nicodemo al escuchar a Jesús decir que Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que nadie perezca, sino que todos tengan vida plena. ¿Qué clase de Dios entrega a su propio Hijo y lo deja morir en la cruz? 

Jesús es el gran regalo de Dios a nosotros, incluso un gran regalo para quienes ni siquiera creen en él, de la misma manera que la liberación y el retorno a su tierra fue el regalo que Dios hizo a ese pueblo sin que lo mereciera. Viendo a su gente en esclavitud y sin libertad, la salida de Babilonia y el retorno a Jerusalén era la única alternativa que tenía Dios en su mano porque <<no sabe hacer otra cosa que amar>>.

Dios envió a su Hijo para enderezar los tortuosos caminos de sus hijos, no como juez que viene a condenar sino a dar vida, vida eterna, de la que no se acaba porque <<no sabe hacer otra cosa que amar>>.

¡Qué suerte la nuestra de tener un Dios que todo lo hace por amor, y nada por otra razón! Por amor se aguanta la rabia y la ira contra su pueblo y contra nosotros, que no sé si en lealtad ganamos a la gente de aquel Israel. Por amor a nosotros cuando estábamos muertos por el pecado nos devolvió la vida con la resurrección de Jesús. Y, como <<no sabe hacer otra cosa que amar>>, nos ama tal y como somos, cargados de defectos, capaces de genialidades y de barbaridades.

Y porque <<no sabe hacer otra cosa que amar>> Dios quiere que todos tengamos vida, y vida en plenitud, pero en nuestra mano está acoger esa vida o rechazarla. Preferir las tinieblas del mundo a la luz de Jesús es escoger el camino equivocado que nos aleja de la luz. Dios quiere lo mejor para nosotros porque es un Padre bueno, pero deja la decisión en nuestras manos. 

Es cuestión de escoger la tiniebla o la luz. Nos jugamos la vida en la toma de esta decisión.

Somos templo de Dios

Nuestra andadura cuaresmal entra ya en la tercera semana. En esta peregrinación nos hemos encontrado con Jesús sometido a la prueba de la tentación en el desierto, -prueba superada-; lo hemos visto subir al monte y decirle a Dios que tiene miedo porque su vida se está poniendo cada día más complicada y transfigurarse ante Pedro, Santiago y Juan, que no entienden nada de nada y quedan llenos de pánico, -prueba superada-.

Jesús baja del monte, sigue con su miedo hacia Jerusalén, pero el Padre le ha dicho que no tema, que es su Hijo amado, a quien los pedros, juanes y santiagos tenemos que escuchar y seguir para que nuestra caminata termine en pascua y no se quede en la cruz del Calvario.

Hoy cambiamos de evangelista, nos pasamos a Juan. Vamos a encontrarnos con un Jesús un tanto enrabietado por ver lo que ve en el templo, que es la casa del Padre, convertida en un mercado y que merece más respeto. Sube a Jerusalén porque, como buen judío, no quiere perderse la fiesta de pascua. Lo que ve en el templo le disgusta y, con la fuerza profética que le caracteriza, necesita denunciarlo, ponerlo en evidencia y revelarse.

Conviene tener en cuenta que los judíos apoyaban su fe en dos pilares sagrados: la Ley y el templo. Templo y Ley lo eran todo para ellos construir una sociedad justa. En el templo se daba culto a Dios y se le ofrecían sacrificios.

Lo que ven los ojos de Jesús y por lo que le entra el arrebato es que esos dos pilares que sostenían la fe del pueblo habían sido carcomidos por el legalismo y por intereses económicos egoístas y perversos. Por eso reaccionó como lo hizo.

Este conocido relato de la expulsión de los vendedores del templo y de los cambistas de dinero debió llamar mucho la atención a los hombres y mujeres de aquel tiempo. Pero eso la denuncia de Jesús como una grave falta de respeto contra Dios en su casa tenía su lógica. Sólo había un templo y la gente acudía a él desde distintos lugares, algunos de ellos muy distantes. Resultaba harto difícil hacer estos trayectos cargando con los animales que serían ofrendados para el sacrificio. Era mejor comprarlos en el templo. Y muchos tenían que cambiar sus monedas por la divisa oficial del lugar sagrado por lo que también había cambistas para ese menester. Ciertamente este sistema devino en muchos abusos y en mucha corruptela.

El templo había llegado a tal nivel de degradación que ya no se ajustaba a la idea que Dios tenía de él, ni a la función que debía cumplir. Su finalidad religiosa originaria había quedado diluida y desfigurada.

La acción de Jesús provoca reacciones airadas de los dirigentes religiosos. Le preguntan con qué autoridad hace eso y Jesús responde diciendo que él es el Nuevo Templo de Dios, un templo que se construirá en apenas tres días cuando resucite después de su enterramiento.

Jesús es el nuevo punto de encuentro del ser humano con Dios. Ya el hombre no necesita ofrecer a Dios ningún otro sacrificio que no sea la celebración de la muerte y resurrección de Jesús. El templo ya no tiene que hacer el papel de mercado para comprar los animales para el sacrificio, ni el banco para el cambio de moneda. El templo tiene que ser la comunidad en la que Jesús, muerto y resucitado, ocupa el centro de nuestras vidas. Creados a imagen y semejanza de Dios, Jesús nos enseña que el ser humano es el lugar donde se aloja Dios porque lo que se le hace a uno de sus pequeños se le hace a Él, que en ellos habita.

No podemos evitar que el evangelio de este tercer domingo de cuaresma nos lleve a plantearnos si algo de este mercantilismo, denunciado y enfrentado proféticamente por Jesús, queda aún en nuestros templos y nuestra Iglesia. Hoy necesitamos devolver a nuestros templos su sacralidad haciendo de ellos lugares de fraternidad, de encuentro con Dios, y con aquellos con quienes compartimos la fe y la esperanza, lugares de oración. Cuando sean lugares de acogida fraterna serán lugar sagrado.

También sería bueno que, siendo auténticos seguidores de Jesús que ponen un empeño grande en vivir como él vivió, seamos templos suyos de manera que quienes entren en contacto con nosotros sientan que atraviesan las puertas de un territorio sagrado.

Y una última cuestión: si cada uno de nosotros es templo de Dios, ¿qué hacemos con este templo? ¿qué uso le damos? Ahí queda.